miércoles 8 de agosto de 2007

DESTIEMPO


Aquí, en casa, no se lleva la cuenta de los minutos, nunca se sabe que hora es. Se nos tiene prohibido a mis hermanas y a mí darles cuerda a los relojes de la sala, que siempre están detenidos; esto es porque tío Ernesto tiene problemas con el tiempo.

Él tiene miedo de morir y dice que los relojes no cuentan sólo las horas o los minutos; también miden la distancia que se tiene con la muerte. Quizá sí, quizá tío Ernesto tiene razón, pero a mí me gusta oír el ruido que hacen los relojes al darles cuerda; escucharlos en la noche, a oscuras, oír como van al parejo con las voces de los grillos; ritmo contra ritmo, como si fuera una orquesta que dura tocando toda la noche. Me gusta correr más rápido que las manecillas, avanzar hasta volver a estar al parejo con el segundero.

En casa yo soy el único que tiene reloj; Papá me lo dio a escondidas y yo lo guardo entre las piedras de mi pecera. Lo saco
de noche, lo seco, le doy cuerda y lo dejo en mi ventana, cerca de la cabecera de mi cama para oírlo y pensar en su latir igual de quedo que el mío, igual que el de Papá o el de tío Ernesto, aunque no se hablen y sean muy diferentes, a pesar de que tío Ernesto no se quiera dar cuenta de que sus latidos van al mismo tiempo que los de Papá, yo lo sé porque se los he medido; a tío Ernesto cuando se queda dormido conmigo y a Papá cuando me visita en la escuela y me abraza, entonces yo cuento la duración de cada silencio que hay entre latido y sé que son iguales los de Papá y tío Ernesto, a pesar de que Mamá me asegure que los dos no tienen nada en común y que por eso Papá no vive con nosotros; a mi no me pueden engañar, yo sé que se odian porque Papá es relojero, porque tío Ernesto no quiere saber nada que tenga que ver con el tiempo. A Papá le gusta regalar relojes, por eso la sala esta llena de ellos; tío Ernesto ha querido romperlos pero Mamá no lo deja y él se conforma con que estén sin cuerda, como muertos. Papá dice que los relojes no son relojes si no se les da cuerda todos los días, por eso yo soy el único que tiene un reloj en casa y le doy cuerda todas las noches.

Al anochecer, cuando las calles están dormidas y aún no es tan tarde para que salgan los grillos, tío Ernesto llega con un reloj, le da cuerda, lo pone sobre la mesa y lo deja caminar mientras él baja al sótano por un martillo. Después lo golpea hasta hacerlo polvo, luego llora y nosotros nos unimos a él aunque no comprendamos porque tío Ernesto es así.

Pero aún así yo sigo dándole cuerda a mi reloj, y sigo visitando a Papá en su taller lleno de ruido, de tornillos y piezas pequeñas, de manecillas y números de colores, de vidrios y estuches metálicos con grabados de flores, de estrellas, de mariposas y de peces como los míos, como los de Paula que se dejan acariciar cuando ellas les da de comer, cuando hacemos la tarea juntos y yo llevo mi pecera y la dejo junto a la de ella para que platiquen con los míos. Yo le enseño a Paula mi reloj que no le pasa nada en el agua; lo pongo en su pecera y sus peces se acercan y agrandan sus ojos porque se asustan con su reflejo, y nosotros reímos y comemos queso hasta tarde.

Lo difícil es acostumbrarte a estar sin dormir, a pasarte toda la noche pensando en... en Papá, en tío Ernesto y en Paula; buscando grillos para ponérmelos en la oreja y sentir cosquillas.

Ahora que iré al colegio cerca del taller de Papá estaré más tiempo con él, pero voy a extrañar a Paula, y a Turia, Martusa, Filerio y Catarso que son los nombres de sus peces. Ahora que no tengamos tiempo para comer queso por las tardes, quizás me deje de querer, a lo mejor ya no querrá ir a la matiné conmigo los domingos; entonces tendré que ir solo porque ella es mi única amiga y Papá tiene que cuidar sus relojes para que no se detengan, y a mis hermanas no les gusta salir conmigo porque dicen que soy muy niño aunque sólo me lleven por un año. A tío Ernesto no le gusta ir al cine porque le recuerda cuando era niño como yo, y se pone a llorar enmedio de la película y el dueño tiene que irlo a callar o sacarlo a empujones; entonces él me espera afuera mientras llora y come palomitas.

Y tal vez tenga que ir al cine o al parque yo solo, mientras Paula piensa que soy un tonto o que soy muy niño como mis hermanas lo piensan.

A tío Ernesto le gusta la idea de que yo tenga la cara igual que hace tres años, dice que es mejor ser niño y no adulto porque todo deja de ser de colores y se vuelve sin luz, gris; uno pierde el olfato que se tiene para encontrar las galletas y la caja de canela. Y al volver del trabajo uno sólo quiere encontrarse con una montaña de lodo y llenarse todo el cuerpo, pero a esa edad se tiene prohibido todo eso.

Cuando Papá abre un reloj dice que el hombre es como su mecanismo complicado y siempre con esa costumbre de irse para delante, aunque existan mecanismos atrasados o que se resisten a avanzar; como tío Ernesto que no quiere darse cuenta que todo el tiempo avanza y, al no quererlo, va gastando la cuerda y que llegará un día en que la rompa. Todos los hombres marchan al par del picapedrero que dice la edad de cada uno.

Entre las cosas que dice Papá y los pensamientos en voz alta de tío Ernesto, a uno no le queda más que mirar a los peces y envidiarlos porque no tienen que preocuparse por el tiempo que vivan, ni si son más pequeños o iguales que las demás especies. Por eso Paula me cae bien, porque a ella también le gustan los peces, los grillos y mi reloj que sigue avanzando aún dentro del agua.

Ahora que yo esté más tiempo fuera de casa tal vez Paula busque otro amigo con una pecera más bonita, con unos ojos más saltones. Tal vez le pase lo que a mis hermanas y se empiece a pintar la cara y se le olvide mi reloj a prueba de agua. A lo mejor el reloj que dice Papá que tenemos todos en el pecho, empiece a correr más rápido que el mío. Entonces sólo quedaría darle cuerda al reloj todas las noches para alcanzar el de ella, o detener todos los relojes como hace tío Ernesto y dejar todo como está; a tío Ernesto menos viejo, a Papá con un ritmo más lento para que no muera pronto y Paula seguiría siendo más como yo que como mis hermanas. Sí, uno no debería cambiar tan rápido, porque se ven las cosas más tristes, como grises; como dice tío Ernesto.

Quizás tenga razón tío Ernesto y el reloj sea un medidor de muertes, a lo mejor Papá está haciendo más rápida la llegada de su muerte sin darse cuenta. A lo mejor Paula se hará más pequeña si atraso los relojes.

Tal vez sea buena idea darle cuerda a los relojes que trae tío Ernesto, y yo tenga que romper el que me dio Papá junto con mi tío, después de haberle dado cuerda y buscar el martillo en el sótano, luego lloraríamos y se nos uniría Mamá y mis hermanas aún sin entender por qué tenemos problemas con el tiempo.

©2005 Rogelio Chávez.

2 comentarios:

Ana Gutierrez dijo...

Ser amigo del tiempo, deja que te lleve por diferentes etapas
a veces eterno, a veces tan corto. En lo queso estoy de acuerdo
es con el tío Ernesto, el reloj es como una vasija llena de agua, que
minuto a minuto va cayendo gota a gota y de ninguna manera cabe la
posibilidad de que alguien la pueda llenar, si no todo lo contrario o se
romperá o llegara a vaciarse….. Muy bueno me gusto….

Anónimo dijo...

Creo que el tiempo creo que es algo que solo le preocupa a los mayores,...Me ha entrado al leerlo pena melancolía.
Y no sé, pero planteas como el hombre se vuelve gris cuando crece
Vivimos en una sociedad de hombres grises como en MOMO pero creo que hay que luchar por ver los colores , la viveza y alegría de la niñez aquí perdida...
Siento mucha pena como si se tratará de un ser querido que se ha ido.
El cuento me sugiere colores ocres negros y grises ....con el solo sonido del reloj y una música de los 5o de fondo... cuando la hay...
No se si te llega algo de lo que te he querido expresar ya que el escritor eres tu.
Gracia por compartir este cuento.
Lo veo más para adultos que niños ya que son conceptos muy profundos...