
Para volvernos a tocar, Manja, sin que nada nos estorbe, tendrá que existir otro verano como este, que nos ha agregado a esas ausencias paralelas.
Me desperté con los gritos de tu madre que se quejaba de la comida de los aviones mientras te hacía panecillos, llegó hasta mi departamento el olor a durazno y limón. Un poco más tarde, subí a la terraza para verte, saliste con maletas, novio y parientes que te hablaban de postales y París. Me llevó tiempo entender que ese verano no te vería en la puerta del edificio leyendo una revista o esperando a un amigo para ir al cine, mientras yo compraba cigarrillos dos o tres veces sólo para contemplarte, para llegar al saludo ensayado que me has dado siempre, sin mirarme, y que me bastó para que en la tarde, sabiéndote lejos, no quisiera volver al edificio. Ya al anochecer, volví. Encontré a tu madre hablando de tu viaje con el portero; ahí me entere que viajabas sola, que ibas a estar en Europa por un mes. Esa noche no dormí, sentía mi cuarto vacío y ajeno, como si estuviera acostumbrado a tu presencia en él, a que no sólo me dijeras el “Buenas noches Señor” cuando nos encontrábamos en las escaleras o en el pasillo; sino también un “Buenos días Nestor”, como si hubieras conocido mi nombre y yo estuviera acostumbrado a oírlo de ti, con la misma dulzura con que llamas y besas otros nombres. Te extrañaba como si hubieras estado alguna vez viviendo, durmiendo conmigo.
Era natural que a la mañana siguiente; después de entregar mis ilustraciones al periódico, diera una vuelta en el aeropuerto para buscar tu rostro. Estuve todo el día en los corredores y en las salas de espera, no te encontré, pero creí hallar tus ojos grises en la cara de una chica francesa que me observaba divertida desde un taxi. Esa mirada me dejó llegar al departamento con la ilusión de que te encontraría al día siguiente. No tuve que esperar a que amaneciera. Me dejé hundir fácilmente por mi cansancio y esa noche me soñé lejos, en un vagón de tren, sentado junto a la ventana; había un cielo de mediodía y un campo de flores marchitas. Después de un largo túnel te encontré sentada frente a mí, me mirabas y eso pudo haber sido todo el sueño; una cortina de fosforescencias antecediendo al negro absoluto para despertarme y que el sueño tuviera el mismo final que otros. Pero no desperté, tu mirada gris me seguía. Me preguntaste si faltaba mucho para llegar a Brujas, te contesté que no, que yo también iba para allá, creí que esa era la mejor forma de obligarte a conversar conmigo, y no sólo fue eso, visitamos la catedral, caminamos por las calles y compramos cervezas, regresamos a la estación de tren y te acompañé a Gante donde dijiste que te hospedabas. Bastaron menos de una docena de cervezas para que los dos termináramos remando sobre un sillón diciendo que se trataba de nuestro barco y hablando de geografía. Toqué tus manos para despedirme, para besarte los dedos que olían a cerveza y a un perfume fresco, un aroma dulce que me regresó a mi cama. Me desperté contigo Manja, todavía con tu mano en mis labios, porque pude dibujarte, dibujarme frente a ti.
No fue fácil levantarme y salir al periódico, intentar distraerme con un álbum de Escher, de Varo. Anduve de librería en librería hasta que una falsa casualidad me llevó otra vez al aeropuerto. Creo que fue el aire frío que hay en las salas de espera lo que me hizo gritar tu nombre y que la gente siguiera inmutable, entre equipaje y folletos turísticos. Sólo una chica rubia me miraba por el reflejo de una vitrina. Fui a la cafetería y me puse a fumar, la chica rubia se sentó en mi mesa, me pidió un cigarro, tenía acento inglés. Y sus ojos eran también los tuyos Manja. La invité a dar una vuelta por la plaza y a que conociera dos de mis parques preferidos. Ella tenía hambre y a mí el tabaco me había dejado seca la garganta, así que caminamos hasta el supermercado, compré queso, vino nacional y un frasco de mermelada que a ella le gustó, llegamos a mi departamento. El vino nos golpeó de repente; fuimos de un tema a otro, de juego en juego, hasta que los dos sentimos la necesidad de entregarnos a la risa que nos desnudó, nos dejó pegarnos a la cama, formar parte de ella. Y nos matamos con las luces apagadas, la busqué en la oscuridad, siempre te encontré a ti Manja, dentro de sus ojos, de su voz que se iba convirtiendo en un murmullo para perderse en la nada. Ese fue el modo de despedirnos, en silencio, con las manos y los ojos, porque no supimos que hacer con las palabras. No la miré cuando tomó sus cosas para salir de la cama, del departamento, me quedé solo, fumando. Más tarde, cuando las calles también habían anochecido, dormí. Soñé París; que llovía y yo estaba en un puente mirando el río Sena y preguntándome por ti. Cuando acabó la lluvia tú apareciste entre un grupo de turistas que miraban sorprendidos la estatua de Enrique IV. No me reconociste, así que te seguí hasta un pasaje de galerías donde compraste ropa, postales de la torre Eiffel y del hotel Concorde Saint-Lazare. Te pedí me dejaras ayudarte y, creo, lo esperabas porque me diste las bolsas y seguiste caminando sin hablar. Pronto llegamos a tu cuarto de hotel, cerramos las cortinas para que no entrara el sol. Jugamos con tu ropa, a vestirnos, a desvestirnos, y ya desnudos nos contemplamos. Luego nos bañamos, y sé que en ese momento los dos pensábamos en América y su noche debajo del mediodía de París, pensamos en mí, creyendo que realmente dormía; no era así, me miré al espejo, tenía otro rostro y supe que tú habías sido la sonrisa francesa del taxi y la chica inglesa. Preguntaste mi nombre y el mismo juego me llevó a mentirte diciendo que era Arthur. Volvimos a hacer el amor, a meternos en las sábanas y en nosotros, hasta que anocheció y yo desperté en mi cama.
Al mediodía salí a la calle, tus ojos estaban en una italiana que se peleaba con un mapa y que, al final sirvió para taparnos de la lluvia mientras hacíamos el amor en un callejón vacío. Después vino el sueño y con él, tu verdadero rostro en el segundo piso de un autobús cruzando Londres. Ahí también me acerqué a ti con otro nombre y otra cara que sirvió para volverte a tener, para que acariciaras mi boca, mis labios enamorados con tu índice. En mi cama sólo amaneció mi cuerpo cansado y semidesnudo, esperando el mediodía para encontrarte en la tienda del museo y dejarme derrotar por tus senos, tus caderas que en ese momento eran de piel madrileña, tu mirada era la misma.
Dormimos y despertamos cuantas veces fueron necesarias, cambiamos de nombres, de juegos y de ciudades; terminando siempre en una batalla de lenguas, vellos y miradas grises. Pero tuvimos que volvernos a encontrar en Bélgica, tendernos sobre nosotros en un hotel cerca del aeropuerto, tuve que apagar la luz, dejarme vencer por tus labios en mis piernas mientras veía parpadear dos brillos grises. Te miré tomar tus maletas y salir. Seguramente tu avión ya ha partido ahora que fumo solo. Tendré
que despertar y subir a la terraza para verte llegar, dejar que todo siga como siempre, sin que conozcas mi nombre, y que de ti sólo me pertenezca tu saludo. Tendremos que esperar otro verano para que partas, para que volvamos a tenernos sin que nuestros nombres sean necesarios; sólo tus ojos, Manja.
© 2006 Rogelio Chávez.
Me desperté con los gritos de tu madre que se quejaba de la comida de los aviones mientras te hacía panecillos, llegó hasta mi departamento el olor a durazno y limón. Un poco más tarde, subí a la terraza para verte, saliste con maletas, novio y parientes que te hablaban de postales y París. Me llevó tiempo entender que ese verano no te vería en la puerta del edificio leyendo una revista o esperando a un amigo para ir al cine, mientras yo compraba cigarrillos dos o tres veces sólo para contemplarte, para llegar al saludo ensayado que me has dado siempre, sin mirarme, y que me bastó para que en la tarde, sabiéndote lejos, no quisiera volver al edificio. Ya al anochecer, volví. Encontré a tu madre hablando de tu viaje con el portero; ahí me entere que viajabas sola, que ibas a estar en Europa por un mes. Esa noche no dormí, sentía mi cuarto vacío y ajeno, como si estuviera acostumbrado a tu presencia en él, a que no sólo me dijeras el “Buenas noches Señor” cuando nos encontrábamos en las escaleras o en el pasillo; sino también un “Buenos días Nestor”, como si hubieras conocido mi nombre y yo estuviera acostumbrado a oírlo de ti, con la misma dulzura con que llamas y besas otros nombres. Te extrañaba como si hubieras estado alguna vez viviendo, durmiendo conmigo.
Era natural que a la mañana siguiente; después de entregar mis ilustraciones al periódico, diera una vuelta en el aeropuerto para buscar tu rostro. Estuve todo el día en los corredores y en las salas de espera, no te encontré, pero creí hallar tus ojos grises en la cara de una chica francesa que me observaba divertida desde un taxi. Esa mirada me dejó llegar al departamento con la ilusión de que te encontraría al día siguiente. No tuve que esperar a que amaneciera. Me dejé hundir fácilmente por mi cansancio y esa noche me soñé lejos, en un vagón de tren, sentado junto a la ventana; había un cielo de mediodía y un campo de flores marchitas. Después de un largo túnel te encontré sentada frente a mí, me mirabas y eso pudo haber sido todo el sueño; una cortina de fosforescencias antecediendo al negro absoluto para despertarme y que el sueño tuviera el mismo final que otros. Pero no desperté, tu mirada gris me seguía. Me preguntaste si faltaba mucho para llegar a Brujas, te contesté que no, que yo también iba para allá, creí que esa era la mejor forma de obligarte a conversar conmigo, y no sólo fue eso, visitamos la catedral, caminamos por las calles y compramos cervezas, regresamos a la estación de tren y te acompañé a Gante donde dijiste que te hospedabas. Bastaron menos de una docena de cervezas para que los dos termináramos remando sobre un sillón diciendo que se trataba de nuestro barco y hablando de geografía. Toqué tus manos para despedirme, para besarte los dedos que olían a cerveza y a un perfume fresco, un aroma dulce que me regresó a mi cama. Me desperté contigo Manja, todavía con tu mano en mis labios, porque pude dibujarte, dibujarme frente a ti.
No fue fácil levantarme y salir al periódico, intentar distraerme con un álbum de Escher, de Varo. Anduve de librería en librería hasta que una falsa casualidad me llevó otra vez al aeropuerto. Creo que fue el aire frío que hay en las salas de espera lo que me hizo gritar tu nombre y que la gente siguiera inmutable, entre equipaje y folletos turísticos. Sólo una chica rubia me miraba por el reflejo de una vitrina. Fui a la cafetería y me puse a fumar, la chica rubia se sentó en mi mesa, me pidió un cigarro, tenía acento inglés. Y sus ojos eran también los tuyos Manja. La invité a dar una vuelta por la plaza y a que conociera dos de mis parques preferidos. Ella tenía hambre y a mí el tabaco me había dejado seca la garganta, así que caminamos hasta el supermercado, compré queso, vino nacional y un frasco de mermelada que a ella le gustó, llegamos a mi departamento. El vino nos golpeó de repente; fuimos de un tema a otro, de juego en juego, hasta que los dos sentimos la necesidad de entregarnos a la risa que nos desnudó, nos dejó pegarnos a la cama, formar parte de ella. Y nos matamos con las luces apagadas, la busqué en la oscuridad, siempre te encontré a ti Manja, dentro de sus ojos, de su voz que se iba convirtiendo en un murmullo para perderse en la nada. Ese fue el modo de despedirnos, en silencio, con las manos y los ojos, porque no supimos que hacer con las palabras. No la miré cuando tomó sus cosas para salir de la cama, del departamento, me quedé solo, fumando. Más tarde, cuando las calles también habían anochecido, dormí. Soñé París; que llovía y yo estaba en un puente mirando el río Sena y preguntándome por ti. Cuando acabó la lluvia tú apareciste entre un grupo de turistas que miraban sorprendidos la estatua de Enrique IV. No me reconociste, así que te seguí hasta un pasaje de galerías donde compraste ropa, postales de la torre Eiffel y del hotel Concorde Saint-Lazare. Te pedí me dejaras ayudarte y, creo, lo esperabas porque me diste las bolsas y seguiste caminando sin hablar. Pronto llegamos a tu cuarto de hotel, cerramos las cortinas para que no entrara el sol. Jugamos con tu ropa, a vestirnos, a desvestirnos, y ya desnudos nos contemplamos. Luego nos bañamos, y sé que en ese momento los dos pensábamos en América y su noche debajo del mediodía de París, pensamos en mí, creyendo que realmente dormía; no era así, me miré al espejo, tenía otro rostro y supe que tú habías sido la sonrisa francesa del taxi y la chica inglesa. Preguntaste mi nombre y el mismo juego me llevó a mentirte diciendo que era Arthur. Volvimos a hacer el amor, a meternos en las sábanas y en nosotros, hasta que anocheció y yo desperté en mi cama.
Al mediodía salí a la calle, tus ojos estaban en una italiana que se peleaba con un mapa y que, al final sirvió para taparnos de la lluvia mientras hacíamos el amor en un callejón vacío. Después vino el sueño y con él, tu verdadero rostro en el segundo piso de un autobús cruzando Londres. Ahí también me acerqué a ti con otro nombre y otra cara que sirvió para volverte a tener, para que acariciaras mi boca, mis labios enamorados con tu índice. En mi cama sólo amaneció mi cuerpo cansado y semidesnudo, esperando el mediodía para encontrarte en la tienda del museo y dejarme derrotar por tus senos, tus caderas que en ese momento eran de piel madrileña, tu mirada era la misma.
Dormimos y despertamos cuantas veces fueron necesarias, cambiamos de nombres, de juegos y de ciudades; terminando siempre en una batalla de lenguas, vellos y miradas grises. Pero tuvimos que volvernos a encontrar en Bélgica, tendernos sobre nosotros en un hotel cerca del aeropuerto, tuve que apagar la luz, dejarme vencer por tus labios en mis piernas mientras veía parpadear dos brillos grises. Te miré tomar tus maletas y salir. Seguramente tu avión ya ha partido ahora que fumo solo. Tendré
que despertar y subir a la terraza para verte llegar, dejar que todo siga como siempre, sin que conozcas mi nombre, y que de ti sólo me pertenezca tu saludo. Tendremos que esperar otro verano para que partas, para que volvamos a tenernos sin que nuestros nombres sean necesarios; sólo tus ojos, Manja.
© 2006 Rogelio Chávez.

3 comentarios:
Manja. MC. Esher. y el queso con mermelada,,, los olores del tabaco ..... mujeres... los ojos de Manja.. me imagino,,belgica,brugge...alguna cuidad que un dia pase,,, me imagino paris,,sus faldas..mas no en le centro de la cuidad misteriosa,, me imgaino millares de aeropuertos... la mirada gris,,cuerpos desnudos,,entregandose,.. me imagino alguien armando una imagen de una bella dama..en varias imagenes,,,mas no me imagino a manja.... ten hermosa supongo ... tan distante y ambulante,,como aveces los pasos que damos.. y cielo ,,la ventana.. el tren..las hormigas que igual no consigues ver .... el poder del tabaco y la falta de unos ojos..... que leer...leerte ..poetas.....o pintores poetas .. mola porque consigo ver esenarios kabrielescos.... rogelianos,, la mixtura e uma maravilha...porra... mm y varo..que es de varo....???... uy...seguire leyendo,,que esto es para e imaginar colores y sabores...
Yo no sé si al cruzarme por las escaleras, me dirás más que buen día...si miraras bien entrado en mis, ojos, sin sabes leer mi alma como lees tus artículos antes de entregarlos...si supieras que espero que me digas que me quede...para buscarte en otros brazos que no son los tuyos...
si solo dijeras...quieres venir a mi guarida?
lo dicho... una delicia leerte...
bonito nombre Manja, suena a magia, y justo ahora que me he convertido en maga :)supongo que no será coincidencia...
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