A Gerardo y Merche que saben de estas cosas.
Me queda la memoria perfumada, me queda esa marca bajo los labios, una cicatriz larga y fina que la navaja de afeitar hace sangrar como una herida nueva. Me queda ese momento breve en que cierro los ojos para que el olor a flor de mi sangre me traiga el recuerdo de un barrio tapizado de jacarandas, la imagen de las tierras perfumadas de mi país y los cielos nocturnos de mis más antiguos miedos.
“No se trata de una cicatriz cualquiera. No señor. Tienes suerte, naciste con herencia; un golpe de campeón”, me decía mi padre mientras lustraba inútilmente sus zapatillas de piel. Casi nunca me hablaba de boxeo pero cuando lo hacia no había forma de pararlo, como si quisiese resolver todos los problemas de la humanidad entre las cuerdas de un ring. “Si a Dios se le hubiera ocurrido darles guantes a Caín y Abel no habría pasado de una nariz rota y seguro no estaríamos tan perdidos”, y frotaba sus viejos guantes como si les fuese a salir un genio que cumpliese todos sus deseos, todos los títulos que hay en el mundo, victorias soñadas entre el calor y el bullicio de la plaza del Zócalo.
“Ex campeón peso gallo de la delegación Juárez y Coyoacán ofrece sus conocimientos pugilísticos, clases de defensa personal, cómodos pagos” decía el letrero que mi padre colgaba en las rejas de la Catedral, junto al cartel de un electricista y el de un profesor de guitarra y solfeo. No le iba nada bien, la gente buscaba un cerrajero o un carpintero que les arreglase las puertas pero no un boxeador. Iban en busca de un albañil que les tapase las goteras del techo y no quien les enseñase a dar golpes por muy cómodas y baratas que fuesen las clases, para eso ya existían los gimnasios de Tepito y la Lagunilla.
De pequeño padecí en carne propia esas duras lecciones de boxeo. Del mismo modo en que los otros niños esperaban temerosos a que llegase la noche, la oscuridad con sus seres terribles, monstruos gigantes que se comían las almas inquietas, yo aguardaba tembloroso a que la tarde trajera al enorme ogro que vivía conmigo. Mi padre, el ogro, me ataba unos guantes enormes y pesados como mi miedo, y después de corregirme la posición de brazos y piernas y recordarme las reglas para un supuesto combate, dejaba caer sobre mí una lluvia de golpes que yo malamente trataba de esquivar, hasta que terminaba bañado de sudor, lágrimas y sangre. Y fue ahí, con las manos presas, inútiles para defenderme y limpiar el llanto, que descubrí un aroma húmedo y denso salir de mi boca, un perfume de jardín y pájaros, como el que se pasea entre los kioscos de las flores. Eran mis labios que sangraban y despedían la misma fragancia que tiene mi barrio en julio, cuando el viento y la lluvia tapizan sus calles con jacarandas y buganvillas.
Pero al anochecer mi padre, aquel enorme ogro que los cuentos de hadas describían muy bien, se transformaba, se volvía el niño que perdido en el bosque descubre en las piedras y los árboles las figuras de sus temores. Cuando a mi padre le envolvía el miedo de la noche sangraba, de sus nudillos fluían unos delgados hilos rojos que iban en aumento conforme entraba la oscuridad por la ventana.
“Es la cabrona de tu madre que no me deja tranquilo” decía con un temblor de voz “va a sacarme el alma por las manos” y me hacía correr las cortinas como si de esta manera pudiera impedir que la noche entrase a casa.
No es para nosotros que la ciudad se extienda y cambie, no es para nosotros que cada día nazca un callejón, un barrio, es para que puedan caber nuestros fantasmas, nuestros temores, es ella quien nos reconstruye urdiéndose a sí misma, todo se mueve constantemente; mercados, carteles, monumentos, todo avanza y al igual que las aguas del río, nunca será posible perdernos por las mismas calles. Solo los mitos y los ritos perduran, nuestras primigenias supersticiones, nuestros miedos; esas creencias flotan en el aire, pasean sobre las cornisas de las casas y a veces caen al suelo, bajan a las calles como una fina lluvia de cenizas. Y se posan en nosotros, en nuestros días, y nos queda por siempre la convicción de que los gatos anuncian la llegada de viajeros, de que los muertos se guían por el olfato, la superstición de que los niños zurdos siempre traen consigo un mal destino, la costumbre de adorar en un mismo altar a dioses paganos, cristos y santos sin saber del todo a quien se le reza, la creencia de que las mujeres muertas en el parto se convierten en mariposas nocturnas o que mezclan su alma con la de la noche y que de ellas nacen estrellas como garras con las que devoran a los que transitan en la oscuridad. A esas almas se les llama Cihuateteos. Pues bien, mi madre era la cihuateteo que cada noche entraba para herir los duros puños de aquel púgil. Y esa sangre no era igual que la de mi boca, no era florido su perfume sino un denso olor a naftalina y maderas. Todavía puedo ver sus manos rojas, rodeadas de “palomas de san Juan” polillas que revoloteaban atraídas por el brillo de la sangre, puedo verlo, grandullón y torpe, envuelto en el pánico, la respiración agitada y con un llanto ahogado que no le dejaba dormir. Por las mañanas amanecía con su rostro de hombre sin miedos, tomaba su letrero y salía rumbo al Zócalo llevando consigo su mayor tesoro, la bolsa de papel mate en la que guardaba migas de pan para las palomas.
Pasamos gran parte de nuestro tiempo buscando, inventando y coleccionando remedios, antídotos mágicos para nuestras tristezas y nuestros miedos. Unos compran en el mercado de Sonora los secretos del amor y la fortuna, adquieren los favores de la Santísima Muerte y envían mensajes amorosos a sus difuntos, otros van al callejón de La Soledad, una calle oscura, sucia y perdida donde prostitutas marchitas hacen su pasarela de vestidos brillantes, perfumes pesados y falsas sonrisas, y unos decidimos marcharnos, salimos sin maletas para que no nos puedan seguir nuestros miedos y nos vamos a cualquier lugar de la tierra. Pero hay que estar demasiado solo para terminar como mi padre, buscando el espíritu santo entre las palomas a las que da de comer, creyendo remediar su soledad llenando el Zócalo de migas de pan y soñando con peleas que nunca ganó.
“No señor, no es una cicatriz, es la marca de mi estirpe, una especie de bendición” me decía con una alegre solemnidad como si me estuviese confiando el gran misterio de la vida. Yo, escuchaba atento, creía fielmente en esas palabras y las aprendía de memoria como si se trataran de oraciones mágicas, exorcismos contra todos los males, conjuros para la felicidad.
Y de la misma manera que mi padre aceptó que todos sus esfuerzos habían sido inútiles, que los únicos combates de los que yo podría salir librado serían con los de mi propia sombra, los años y la costumbre de la ciudad por reinventarse cada día, acabaron por extraviar la magia de mis conjuros, por desgastar los efectos tranquilizadores de las palabras; el olor a tinta de la imprenta donde trabajaba borró de mi memoria el aroma florido de mi sangre, se fue encogiendo la imagen del ogro hasta quedar convertido en un simple mortal, en un hombre triste y rudo, pero no cesaron sus temores que terminaron por ser también míos y que despertaban puntuales a los primeros minutos del atardecer. Salía de la imprenta a las cinco de la tarde y tenía que echar a correr rumbo al Zócalo antes de que a mi padre le empezara a envolver el pánico, lo hallaba aferrado a sus viejos guantes como si se tratasen de talismanes, amuletos para su salvación. Mientras él se quedaba en casa, sangrando por las manos sus temores, yo me olvidaba de los míos observando las partidas de ajedrez en la Alameda.
En realidad no era el juego lo que me hacía estar más de cuatro horas atento a los movimientos de los ajedrecistas, sino las fascinantes historias que contaba uno de ellos. Álvaro Manises, poseía la voz más serena que yo había escuchado, tenía un rostro pálido, ojeroso, los cabellos blancos, largos y descuidados y un traje enorme y viejo que le daba cierto aire de naufrago, de sabio de mar. “¿Sabes de dónde viene mi apellido?” Y me contaba como había descubierto en un atlas que Manises era un poblado de Valencia, famoso por su cerámica, “yo también tengo algo de artesano” y sentenciaba la partida con un jaque mate. Cuando no me narraba antiguas batallas o leyendas, soñaba en voz alta; hablaba de crear un ejercito de organilleros para alejar las lluvias del centro histórico y de la película que algún día los dos rodaríamos. “Ya hasta tengo titulo. Se llamará Mictlán Deefe” y empezaba a silbar un danzón, Nereidas o Perla marina. Casi siempre silbaba, decía que era como ponerle banda sonora a los días, soltar un ovillo de música con el que adornar el cuerpo humeante de nuestro cielo.
“Lo tuyo no es una cicatriz” afirmaba “es la maldita lluvia que quiere hundir esta ciudad. Es el pinche Tláloc lanzándonos los colmillos. No es agua lo que cae sino astillas y nos marcan la piel”. Los domingos iba a desayunar a su casa y curábamos las heridas de la lluvia con una botella de buen whisky, me daba lecciones de ajedrez y terminábamos oyendo uno de sus discos de vinilo.
“esta muy viejo, se escucha mal”
“Qué va estar viejo, es Tláloc, el cabrón se mete hasta en los discos”.
Sus hijas nos miraban con ojos desesperados, no soportaban que en medio de una conversación metiéramos los diálogos de una película y acabáramos hablando de irnos lejos, escaparnos a Madrid o recorrer el poblado de su apellido.
“mejor váyanse a Estados Unidos, está más cerca y hay que cruzar menos agua” nos decían entre burlas “a lo mejor regresan llenos de dólares y con un par de rubias”
“Pero hay muchos gringos” contestaba Álvaro y volvía a llenarme el vaso de whisky.
A mí me gustaba su hija la menor, tenía una voz suave, unos enormes ojos marrón y tocaba el piano muy bien. A Ericka le llamaba la atención la cicatriz de mi barbilla. “Yo tengo una en forma de luna. Justo aquí” y ponía mi mano en su costado izquierdo. Le hubiera dicho algo si me hubiese dado oportunidad, pero la mayoría de las veces me terminaba hablando de sus secciones de relajación, de masajes con imanes y los prodigios de la medicina homeopática. “Deberías llevar a tu papá” me recomendaba. “Eso no cura los espantos” murmuraba tras de mí Álvaro. Me costaba salir de ese apartamento, me era una tortura tener que regresar a casa, a contagiarme de los temores de mi padre. Apenas me despedía y ya contaba las horas que faltaban para irme a la alameda y encontrarme con Álvaro, explicando el misterioso mecanismo de los organillos y como es que su música aleja a las nubes, o viéndolo trazar de memoria un mapa de Madrid y venciendo cuanto ajedrecista se atrevía a retarle. “Sólo el diablo es capaz de comerle la reina a este viejo del demonio” mascullaban su derrota. Y tal vez algo de cierto había en esas palabras; sólo el diablo podía ser capaz de vencerlo y sólo el diablo lo hizo. Fue un noviembre, la ciudad parecía estar con un medio sueño, murmurando para sí, llenando el aire de copal y haciendo aparecer en las casas altares de flores y fruta. Ese día Llegó a la alameda un gringo bien vestido, traía una libreta y una maleta de piel. Propuso un torneo a los ajedrecistas, ofreció mucho dinero y todos comenzaron a interesarse, todos menos Álvaro que empezaba a quejarse de la lluvia. El gringo siguió insistiendo y Álvaro dijo con cierta arrogancia:
“ Si con alguien voy a jugar será contigo”, el gringo sonrió “lo siento, yo soy muy mal jugador pero tengo aquí quien lo hará por mí” y sacó de su maleta una computadora portátil. Álvaro dejó escapar una carcajada y aceptó jugar a cambio de una botella de whisky. Todos nos colocamos alrededor de él, convencidos de que Álvaro Manises acabaría con toda la tropa de su ridículo contrincante y de que ganaría un montón de dólares para irse a emborrachar a cualquier parte de la tierra, quizás a España o al fin del mundo. El gringo se entretuvo resolviendo un crucigrama mientras nosotros aguardamos en silencio, esperando el silbido triunfar de nuestro amigo. Pero el silbido se demoraba más de lo habitual. En realidad nunca llegó, vimos para nuestra sorpresa como fue cayendo peón por peón, como desaparecían de la pantalla las torres, los caballos y como en menos de cincuenta movimientos un alfil colocó en jaque mate al rey negro de Álvaro Manises. Él, se levantó del banco, en ese momento sus manos temblaban al igual que nuestras miradas, tomó su botella de whisky, se abrió paso entre nosotros y lo vimos alejarse, sin decir ni una sola palabra, cruzando las sombras grises de la alameda. Esa tarde regresé andando a casa, la avenida de Tlalpan olía a flores de cempasúchil y el viejo dios de la lluvia volvía a lanzarnos sus filosos colmillos. Afuera, en el zaguán, un organillero no dejaba de tocar su melodía intentando inútilmente alejar el agua de las nubes y mi padre seguía con su rutina de lamentaciones mientras el miedo hacía sangrar los nudillos de sus manos. Toda la noche estuve pensando en la derrota del ajedrecista, y al igual que él, soñando en voz alta, me imaginaba viajando, sentado al lado de Álvaro y Ericka Manises dentro del avión que nos llevaría a conocer Madrid, cruzando el océano hasta estar bien seguros, lejos de la Ciudad de México, lejos del Mictlán D. F., del Distrito Federal con sus palacios de pavores, de nuestro paisaje desgastado, humeante y lluvioso. Al día siguiente me llamó Graciela, la hija mayor de Álvaro, él no había aparecido y ellas estaban como locas, recorriendo hospitales y comisarías. Me uní a la búsqueda y por dos interminables días anduve en cantinas y bares, sabiendo de antemano que no se dejaría encontrar con el pudor de la derrota y menos en ese momento, mientras estuviese tan indefenso ante las calles heridas por la lluvia. Me lo imaginaba igual que yo o que mi padre, abrazando su tablero de ébano y caoba, temblando ante la furia de un dios que debió dejar de llover desde hace tiempo y ocultando de sí mismo sus más viejos temores.
Era la media tarde de un jueves cenizo cuando Ericka me llamó para darme la noticia. Hasta mi cuarto llegaba la voz interminable del radio de la sala, mi padre seguía atento un combate de boxeo mientras yo fumaba y bebía whisky sin parar.
“Se nos fue, se nos fue” repetía Ericka entre sollozos.
“¿Adónde? ¿De qué hablas?” Pregunté adivinando lo peor. “Mi papá... se murió mi papá, nos ha dejado solos”. No recuerdo mis palabras, sólo que me abandoné al llanto con ella, mientras el grito del locutor anunciaba la hora y daba por concluida la emisión del combate.
Las acompañé a recoger el cuerpo; Álvaro Manises, cincuenta y dos años, había muerto en Tlalpan, solo, en una habitación del hotel Mexicali. Lo encontramos con la cabeza sobre el ajedrez, de sus sienes fluía un delgado hilo de sangre cuyo color terroso había teñido sus cabellos y los escaques del tablero. Sonreía, recuerdo que aún había una sonrisa en su cara y que el rótulo neón del hotel entraba por la ventana hasta reflejarse en la alfombra, en sus ropas y en sus manos quietas. “Se le partió el cerebro como una nuez” dijo un policía. “Son las estrellas, le quebraron la cabeza las estrellas” afirmó convencido el forense mientras Ericka lloraba y besaba la frente herida de su padre.
Decidieron incinerarlo. Ofrecimos al fuego el cuerpo sin vida de Álvaro Manises y él nos lo devolvió en cenizas, encerrado en una urna de madera cuyo frente se adornaba con una cruz dorada; símbolo de un dios al que Álvaro jamás llegó a nombrar. Afuera del crematorio un organillero soltaba su música, no era Nereidas ni Perla marina sino otra melodía, una música triste y vieja, parecía que las notas agonizaban apenas iban naciendo. “Ahora pensaremos como repartir las vacaciones” dijo Graciela “¿querrás llevártelo en navidades o en verano?” Me preguntó entre sollozos. Ella era así, uno podía medir su tristeza según el tono de sarcasmo con que acompañaba sus frases, como si quisiera burlarse de la vida, o en este caso, de la muerte.
Ericka sacó de un armario el estuche de ajedrez de su padre y me lo puso en las manos.
“Esto es para ti” me dijo.
“¿Qué es?”
“ábrelo”
Dentro del estuche en lugar de peones, caballos y torres había un fajo de billetes, dinero como para tres o cuatro años.
“Era de mi padre, lo ahorró para irse contigo a España” “vete, vete a Madrid o adonde quieras” me suplicó. “Pero... ¿y tú? Vente conmigo” dije aun sin entender todo lo que había pasado, sin acabar de aceptar la ausencia de Álvaro, sin terminar de llorarle. “No seas tonto. Vete, vete de aquí. Cruza el atlántico y comete el mundo, comete esas calles de postal y muérete de viejo, pero no te mueras aquí, ni te mueras sólo, vete” besé sus ojos, besé su cuello y su boca y toda ella era llanto y tenía un perfume liviano de fruta y jardines. “Vete” insistió “Yo estaré bien, tengo la cura para los males” dijo señalándome su repisa llena de medicinas, de frascos mágicos con los que entretener la soledad.
Fui al Zócalo por mi padre, a esa hora mi madre ya empezaba a lastimar sus manos y él me buscaba por toda la plaza. Lo descubrí tan pequeño, tan triste y viejo, tan lejos de la imagen de Álvaro Manises, tan lejos del ogro cruel que me bañaba de golpes. Y me dio miedo, me invadió el pavor de acabar de la misma forma que el púgil, entre palomas y migas de pan, entre sangre y mariposas nocturnas. Esa noche dormí sin soltar el estuche, mis manos aferradas, sujetas al ajedrez como Ericka a sus frascos, como mi padre a sus guantes, como las cihuateteos a la noche.
Cuando compré el billete de avión (sólo ida) no sonreí por los sueños puestos en Madrid, no pensé en ese viaje como algo tan deseado sino como la huida necesaria, no pensé en las rutas que habíamos inventado Álvaro y yo tras una tarde de whisky y ajedrez, no pensé en caminar por esas calles tantas veces soñadas en silencio y en voz alta, no pensé en Graciela riendo sus depresiones, ni en Ericka buscando inútilmente los remedios para el olvido, pensé sólo en no volver a ver el cielo oscuro que habitan los miedos de mi padre y en dejar atrás la llovizna que corta como vidrio molido, hunde y ahoga los aromas floridos de la Ciudad de México, del Mictlán D. F. de mis temores.
“¿Qué es Mictlán?” Le había preguntado a Álvaro Manises mientras me explicaba la importancia de los alfiles “Es aquí, el Mictlán es aquí, esa forma de estar vivos sin estarlo del todo. Por eso nos confundimos con los muertos, a veces lo estamos y a veces no. Desde afuera de la ciudad, desde afuera de su latido lluvioso, parecemos el parpadeo de un fotograma” Era verdad, eso fue lo último que vi desde el avión, la Ciudad de México bañada de luces, envuelta en una capa de agua y humo cortando por instantes su movimiento, marcando el ritmo de los días.
Y recordé a mi padre, seguro estaría encerrado en casa, imaginándome muerto, creyéndome victima de la ira de mi madre y temiendo por sí mismo, por sus próximos atardeceres a solas.
La noche en los aires duró muy poco, apenas unos minutos, como si el avión hubiese atravesado un muro nocturno, una pared oscura que sólo sirviera para dividir el mar del mar y el cielo del cielo.
Fue ese muro nocturno lo que me hizo pensar que estaba a salvo lejos de mis más antiguos miedos, fue la densidad de esa noche y esas siete horas extraviadas por alguna parte del viaje lo que me hicieron creer que por fin había pasado la verdadera frontera, sin imaginar que los miedos me esperaban agitando sus alas. Desde mi primera noche en Madrid las cihuateteos me persiguen golpeando el cristal de mis ventanas. Lo único que puedo hacer es esconderme en cualquier hostal perdido en las últimas horas de la tarde y esperar el amanecer mientras aparecen una y otra vez en mi cabeza las palabras repetidas por el púgil que ahora yo rezo mientras escucho los aleteos golpear las persianas. “Cuidado con la noche, cuidado con las estrellas, con las cihuateteos disfrazadas de polillas; con esas putas convertidas en hadas”.
©2007 Rogelio Jarquín.


