
De ese Madrid dibujado, el que aprendiste de memoria para reinventar sobre el papel, el de esos mapas que trazas y que después vendes como antiguos a despistados turistas; a este otro Madrid que yo camino y escribo, existen tantas diferencias como distancia hay entre tu mundo y el mío. Tu Madrid circular y amurallado no se parece en nada a mi Madrid en el que las calles cambian de nombre en mitad de una espiral.
En tu Madrid de tonos azules todo el tiempo es mediodía, un mediodía de verano, nunca de noche; ni siquiera la luna discreta del atardece se asoma en ese cielo de tinta. Y los caminos y los puentes se repiten en un juego de espejos. En tu Madrid hay las mismas personas, los mismos nombres siempre, y se asoman por las mismas ventanas y balcones, charlando tal vez un único tema o escuchando el mismo disco. En el mío la gente no termina de irse o de volver, siempre están volviendo de algún lugar. En el tuyo siempre hay sentido porque todo retorna al principio como un anillo de moebius, como esos palíndromos que aprendemos en la infancia –Anula la luz azul a la luna- y que repetimos hasta olvidar. El Madrid que camino y que intento escribir se agota inútilmente en la búsqueda de principios y finales que contar. En mi Madrid a veces amanece lluvioso y la gente se vuelve lenta y torpe entre paraguas o esperan, igual que yo, a que suceda algo, siempre están deseando que pase algo, lo que sea, mientras se protegen de la lluvia bajo los toldos verdes.
Pero no todo es un trago de vinagre, o un disco tan rayado que repite el mismo acorde. Es justo que lo sepas. Te escribo bajo una lluvia finita como astillas de cristal, mientras espero en La Cuesta de Moyano a que algo suceda. Y sucede.
Un hombre de gabardina gris y con todos los gestos del tiempo en el rostro, camina calle arriba y calle abajo continuamente mientras fuma un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Tanto de ida como de regreso se detiene un instante en el quiosco número 19, da una larga calada y prosigue sin darle importancia a sus zapatos que parecen elegir los charcos más profundos. Pensé (tal vez como tú misma ahora, sentada desde tu mesa donde dibujas, quizás una puerta de la muralla) que se trataba de un lector ansioso, cruzando Madrid en busca de un ejemplar difícil; un libro imposible de encontrar. Pensé que se trataba de un ser apasionado por apolillados tomos, algo raro, un coleccionista de escritores muertos, buscando edición a edición las obras completas y definitivas de cada autor. Me lo imaginé en Delhi y en Moscú buscando el Aleph, o en Estambul saltando de alegría por encontrar en medio de un mercadillo un ejemplar de La Historia Universal de la Infamia. No era difícil de imaginar, cuántas veces me habré soñado en Mendoza descubriendo un manuscrito inédito o viajando por la misma ruta que Cortázar pero partiendo por el final, en palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna- y tirando nuevamente del ovillo que él dejó antes de partir; retrocediendo en un ParísBuenosAiresBruselas, peregrinando bajo una misma lluvia, con una lámpara de queroseno atada al manubrio de una destartalada bicicleta. Es natural pensar que es un bibliófilo este hombre que fuma delante de mí, y que en su ir y venir se imagina a su vez a sí mismo, seco, con la gabardina ya colgada en el armario y sentado cómodamente en el sofá del salón, importándole muy poco si llueve o deja de llover en Madrid, abriendo el libro justo por la mitad, como quien extiende las alas en plata de un valioso insecto.
Son casi las cinco de la tarde y los libreros empiezan a abrir sus quioscos. Todos miran con un poco de fastidio al cielo, parece que no escampará, al contrario, en momentos arrecia como si de pronto la lluvia recordase que tiene prisa por caer. No podrán poner sus mesas con sus torres de libros, montones de ofertas de papel apiladas como en una frutería.
La librera del quiosco número 19 es una chica de abrigo verde y rizos negros. El hombre se apresura en apagar con el pie lo que queda del cigarrillo y con un gesto se ofrece a sujetarle el paraguas mientras ella pelea con la cerradura. Con un mismo gesto ella le da las gracias al tiempo que enciende una bombilla y le invita a protegerse de la lluvia bajo el toldo amarillo. Todo esto lo estoy mirando y escribiendo desde el otro lado de la calle, donde un árbol agita sus ramas y gotea con saña sobre mi cabeza (demasiada lluvia por hoy). Con un poco de tristeza descubro que ese hombre no es un bibliófilo como llegué a pensar, que no es un cazador de títulos y que no venía a comprar sino a vender. Saca de su gabardina una bolsa de plástico con dos libros (de arte creo) y se los ofrece a la librera de negros rizos. Parece que no hay acuerdo y el hombre vuelve a meter los libros en el fondo de la gabardina, enciende un nuevo cigarro y cabizbajo sube la calle por última vez.
Lo vi irse como si llevase un gran peso sobre sus espaldas. Por un instante pasó por mi cabeza la idea de alcanzarlo y comprarle yo mismo esos libros que parece que le doliesen, pero el único billete de cinco euros en mis bolsillos me hizo desistir siquiera del intento. A estas alturas cinco euros no te sirven para nada, me digo mientras descubro que el quiosco número 19 tiene nombre; Tunicia, leo. Me acerco para comprobar que la librera de rizos negros que ahora quita el polvo de los libros a golpe de plumero (igual que se espantan las moscas en las manzanas), no lleva su nombre colgado en una chapa o un letrero. Que nadie de los que se acercan curioseando entre los libros parece importarle que el quiosco o ella misma tengan nombre. Mojado y con el billete de cinco euros en mis bolsillos subo y cruzo calles hasta el Alfaro donde por ese dinero me bebo dos dobles de cerveza y me seco de la lluvia y del hastío.
Sobre la barra releo lo que acabo de escribir y me da vértigo. No sirve, pienso. Aquí no hay nada que contar. Lo que escribo no parece ir a ninguna parte.
Manuel me pone una segunda cerveza a la vez que se inclina para descubrir que es un libro de Cortázar lo que llevo en las manos, su reacción es un sonriente “para no variar”, sonrisa que devuelvo alzando los hombros. Comparto la esquina de la barra con tres chicas que comen patatas mientras voltean a todos lados como si esperasen a alguien.
La primera reacción que tengo cada vez que me da por releer lo que escribo es romper, tachar sin compasión y volver a empezar en una hoja en blanco, incluso puede que llegue a cambiar de libreta, como si de esa forma hallase la concentración, o mejor dicho, el entusiasmo por la historia que quiero contar. Pero hoy me he propuesto no tachar nada, acabarme esta libreta en una misma línea; y cuando digo una misma línea me da por imaginarte al mismo tiempo trazando a lápiz un tejado desde esa mesa en que dibujas. Por eso el índice de mi mano izquierda parece nervioso planeando sobre tres párrafos arriba (ahora sobrevuela palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna-) y hace temblar la punta del bolígrafo. Cierro la libreta sin ganas y me da por levantar la mirada. Las tres chicas ahora rodean a un joven delgado de aspecto desaliñado.
-Otra noche de insomnio- me digo con plena seguridad de que así será, de que me acostaré y apenas cierre los ojos estaré de nuevo pensando en estas hojas escritas, que a las seis de la mañana el sonido del despertador me hallara enredado en las sábanas buscándole un motivo al hombre de gabardina gris, un nombre a la librera de negros rizos, usando de pretexto los libros, confabulando un encuentro, un romance entre ambos, buscando un final agradecido, amable para todos, volviendo al inicio como tu Madrid dibujado, circular, como desearía que fuesen todos los finales del mío. Que saldré de casa con los folios entre las manos porque me quedará una hora, lo que dura el trayecto de tren, para que deje aparcada por una semana la historia, porque como todos los lunes a las ocho y media, apenas entre a trabajar, dejaré de ser escritor para dedicarme a piezas de metal, tornillos e imanes. Mi “otra noche de insomnio” se mezcla con la charla que tienen mis vecinos de barra.
-El viernes es el examen, ya tengo todos mis trabajos entregados a la academia. Me van a aceptar, estoy seguro- afirma el chico y moja la lengua con la espuma de su cerveza.
-Que bueno, Javier, entonces nos harás unos retratos muy chulos- dice una de las chicas mientras enmarca su rostro con las manos- las tres seremos tus meninas.
- Las Señoritas de Avignon, querrás decir- sonríe Javier
-¿por?
-¡Por putas!- grita Javier entre carcajadas.
Tras la barra Manuel enseña a Eli el truco de teatro para simular las bofetadas. Me despido de ellos con un “estáis colgados”. Pago con mis cinco euros que sobrevivieron a la lluvia. Me despido. Cada vez que salgo del Alfaro doy una última mirada a mi lugar, como si tuviese la sensación de que algo olvido. Los que habían sido mis vecinos de barra ahora se han acomodado en una de las mesas del rincón. Las chicas miran un par de libros que Javier les enseña. En pleno vuelo alcanzo a atrapar algo de lo que están hablando
-¿todo esto te lo tienes que aprender?
-¡Claro! – responde Javier- pero no me importa, llevo toda la vida preparándome.
Afuera es de noche y sigue lloviendo. Es una oscuridad más de invierno que de primavera (Anula la luz azul a la luna- me digo). Abro el abrigo para proteger la libreta y el libro de Cortázar. Y bajo toda la calle Ave María, fumando un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Doblo a la izquierda, por la calle Argumosa hasta encontrarme con el museo Reina Sofía. Pienso en todos esas pinturas tan resguardadas, tan quietas y secas en esta noche pasada por agua pero que no existen, no existirán en ese Madrid que te inventas. Y claro, también aquí me detengo a imaginarte en tu mesa de dibujo. Y es en este momento, en este instante en que parece que te estoy viendo al mismo tiempo en que fumo y protejo de la lluvia libro y libreta, cuando todo parece tener sentido. Recuerdo a Javier en la barra del Alfaro y sé muy bien que acabas de cerrar el círculo de tu Madrid amurallado. Que Javier no podrá con el examen de la academia, que no pintará ni meninas ni Señoritas de Avignon. Que lo encontraré tal vez un poco más viejo, bajo la lluvia con gabardina gris, vendiendo sus sueños en dos tomos a una librera de negros rizos.
Ahora sé que acabas de dar el último trazo a tu Madrid de tonos azules, a su muralla y que yo estaré siguiendo la misma ruta, nuevamente esperando que algo suceda, lo que sea, pero deseando que ese algo no se cierre en círculo, que no vuelva a repetirse por uno de sus costados; que siga, que siga para alguna parte, sin importar ya si todo esto tiene sentido.
…Anula la luz azul a la luna.
© RogelioJarquín 2009.
En tu Madrid de tonos azules todo el tiempo es mediodía, un mediodía de verano, nunca de noche; ni siquiera la luna discreta del atardece se asoma en ese cielo de tinta. Y los caminos y los puentes se repiten en un juego de espejos. En tu Madrid hay las mismas personas, los mismos nombres siempre, y se asoman por las mismas ventanas y balcones, charlando tal vez un único tema o escuchando el mismo disco. En el mío la gente no termina de irse o de volver, siempre están volviendo de algún lugar. En el tuyo siempre hay sentido porque todo retorna al principio como un anillo de moebius, como esos palíndromos que aprendemos en la infancia –Anula la luz azul a la luna- y que repetimos hasta olvidar. El Madrid que camino y que intento escribir se agota inútilmente en la búsqueda de principios y finales que contar. En mi Madrid a veces amanece lluvioso y la gente se vuelve lenta y torpe entre paraguas o esperan, igual que yo, a que suceda algo, siempre están deseando que pase algo, lo que sea, mientras se protegen de la lluvia bajo los toldos verdes.
Pero no todo es un trago de vinagre, o un disco tan rayado que repite el mismo acorde. Es justo que lo sepas. Te escribo bajo una lluvia finita como astillas de cristal, mientras espero en La Cuesta de Moyano a que algo suceda. Y sucede.
Un hombre de gabardina gris y con todos los gestos del tiempo en el rostro, camina calle arriba y calle abajo continuamente mientras fuma un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Tanto de ida como de regreso se detiene un instante en el quiosco número 19, da una larga calada y prosigue sin darle importancia a sus zapatos que parecen elegir los charcos más profundos. Pensé (tal vez como tú misma ahora, sentada desde tu mesa donde dibujas, quizás una puerta de la muralla) que se trataba de un lector ansioso, cruzando Madrid en busca de un ejemplar difícil; un libro imposible de encontrar. Pensé que se trataba de un ser apasionado por apolillados tomos, algo raro, un coleccionista de escritores muertos, buscando edición a edición las obras completas y definitivas de cada autor. Me lo imaginé en Delhi y en Moscú buscando el Aleph, o en Estambul saltando de alegría por encontrar en medio de un mercadillo un ejemplar de La Historia Universal de la Infamia. No era difícil de imaginar, cuántas veces me habré soñado en Mendoza descubriendo un manuscrito inédito o viajando por la misma ruta que Cortázar pero partiendo por el final, en palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna- y tirando nuevamente del ovillo que él dejó antes de partir; retrocediendo en un ParísBuenosAiresBruselas, peregrinando bajo una misma lluvia, con una lámpara de queroseno atada al manubrio de una destartalada bicicleta. Es natural pensar que es un bibliófilo este hombre que fuma delante de mí, y que en su ir y venir se imagina a su vez a sí mismo, seco, con la gabardina ya colgada en el armario y sentado cómodamente en el sofá del salón, importándole muy poco si llueve o deja de llover en Madrid, abriendo el libro justo por la mitad, como quien extiende las alas en plata de un valioso insecto.
Son casi las cinco de la tarde y los libreros empiezan a abrir sus quioscos. Todos miran con un poco de fastidio al cielo, parece que no escampará, al contrario, en momentos arrecia como si de pronto la lluvia recordase que tiene prisa por caer. No podrán poner sus mesas con sus torres de libros, montones de ofertas de papel apiladas como en una frutería.
La librera del quiosco número 19 es una chica de abrigo verde y rizos negros. El hombre se apresura en apagar con el pie lo que queda del cigarrillo y con un gesto se ofrece a sujetarle el paraguas mientras ella pelea con la cerradura. Con un mismo gesto ella le da las gracias al tiempo que enciende una bombilla y le invita a protegerse de la lluvia bajo el toldo amarillo. Todo esto lo estoy mirando y escribiendo desde el otro lado de la calle, donde un árbol agita sus ramas y gotea con saña sobre mi cabeza (demasiada lluvia por hoy). Con un poco de tristeza descubro que ese hombre no es un bibliófilo como llegué a pensar, que no es un cazador de títulos y que no venía a comprar sino a vender. Saca de su gabardina una bolsa de plástico con dos libros (de arte creo) y se los ofrece a la librera de negros rizos. Parece que no hay acuerdo y el hombre vuelve a meter los libros en el fondo de la gabardina, enciende un nuevo cigarro y cabizbajo sube la calle por última vez.
Lo vi irse como si llevase un gran peso sobre sus espaldas. Por un instante pasó por mi cabeza la idea de alcanzarlo y comprarle yo mismo esos libros que parece que le doliesen, pero el único billete de cinco euros en mis bolsillos me hizo desistir siquiera del intento. A estas alturas cinco euros no te sirven para nada, me digo mientras descubro que el quiosco número 19 tiene nombre; Tunicia, leo. Me acerco para comprobar que la librera de rizos negros que ahora quita el polvo de los libros a golpe de plumero (igual que se espantan las moscas en las manzanas), no lleva su nombre colgado en una chapa o un letrero. Que nadie de los que se acercan curioseando entre los libros parece importarle que el quiosco o ella misma tengan nombre. Mojado y con el billete de cinco euros en mis bolsillos subo y cruzo calles hasta el Alfaro donde por ese dinero me bebo dos dobles de cerveza y me seco de la lluvia y del hastío.
Sobre la barra releo lo que acabo de escribir y me da vértigo. No sirve, pienso. Aquí no hay nada que contar. Lo que escribo no parece ir a ninguna parte.
Manuel me pone una segunda cerveza a la vez que se inclina para descubrir que es un libro de Cortázar lo que llevo en las manos, su reacción es un sonriente “para no variar”, sonrisa que devuelvo alzando los hombros. Comparto la esquina de la barra con tres chicas que comen patatas mientras voltean a todos lados como si esperasen a alguien.
La primera reacción que tengo cada vez que me da por releer lo que escribo es romper, tachar sin compasión y volver a empezar en una hoja en blanco, incluso puede que llegue a cambiar de libreta, como si de esa forma hallase la concentración, o mejor dicho, el entusiasmo por la historia que quiero contar. Pero hoy me he propuesto no tachar nada, acabarme esta libreta en una misma línea; y cuando digo una misma línea me da por imaginarte al mismo tiempo trazando a lápiz un tejado desde esa mesa en que dibujas. Por eso el índice de mi mano izquierda parece nervioso planeando sobre tres párrafos arriba (ahora sobrevuela palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna-) y hace temblar la punta del bolígrafo. Cierro la libreta sin ganas y me da por levantar la mirada. Las tres chicas ahora rodean a un joven delgado de aspecto desaliñado.
-Otra noche de insomnio- me digo con plena seguridad de que así será, de que me acostaré y apenas cierre los ojos estaré de nuevo pensando en estas hojas escritas, que a las seis de la mañana el sonido del despertador me hallara enredado en las sábanas buscándole un motivo al hombre de gabardina gris, un nombre a la librera de negros rizos, usando de pretexto los libros, confabulando un encuentro, un romance entre ambos, buscando un final agradecido, amable para todos, volviendo al inicio como tu Madrid dibujado, circular, como desearía que fuesen todos los finales del mío. Que saldré de casa con los folios entre las manos porque me quedará una hora, lo que dura el trayecto de tren, para que deje aparcada por una semana la historia, porque como todos los lunes a las ocho y media, apenas entre a trabajar, dejaré de ser escritor para dedicarme a piezas de metal, tornillos e imanes. Mi “otra noche de insomnio” se mezcla con la charla que tienen mis vecinos de barra.
-El viernes es el examen, ya tengo todos mis trabajos entregados a la academia. Me van a aceptar, estoy seguro- afirma el chico y moja la lengua con la espuma de su cerveza.
-Que bueno, Javier, entonces nos harás unos retratos muy chulos- dice una de las chicas mientras enmarca su rostro con las manos- las tres seremos tus meninas.
- Las Señoritas de Avignon, querrás decir- sonríe Javier
-¿por?
-¡Por putas!- grita Javier entre carcajadas.
Tras la barra Manuel enseña a Eli el truco de teatro para simular las bofetadas. Me despido de ellos con un “estáis colgados”. Pago con mis cinco euros que sobrevivieron a la lluvia. Me despido. Cada vez que salgo del Alfaro doy una última mirada a mi lugar, como si tuviese la sensación de que algo olvido. Los que habían sido mis vecinos de barra ahora se han acomodado en una de las mesas del rincón. Las chicas miran un par de libros que Javier les enseña. En pleno vuelo alcanzo a atrapar algo de lo que están hablando
-¿todo esto te lo tienes que aprender?
-¡Claro! – responde Javier- pero no me importa, llevo toda la vida preparándome.
Afuera es de noche y sigue lloviendo. Es una oscuridad más de invierno que de primavera (Anula la luz azul a la luna- me digo). Abro el abrigo para proteger la libreta y el libro de Cortázar. Y bajo toda la calle Ave María, fumando un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Doblo a la izquierda, por la calle Argumosa hasta encontrarme con el museo Reina Sofía. Pienso en todos esas pinturas tan resguardadas, tan quietas y secas en esta noche pasada por agua pero que no existen, no existirán en ese Madrid que te inventas. Y claro, también aquí me detengo a imaginarte en tu mesa de dibujo. Y es en este momento, en este instante en que parece que te estoy viendo al mismo tiempo en que fumo y protejo de la lluvia libro y libreta, cuando todo parece tener sentido. Recuerdo a Javier en la barra del Alfaro y sé muy bien que acabas de cerrar el círculo de tu Madrid amurallado. Que Javier no podrá con el examen de la academia, que no pintará ni meninas ni Señoritas de Avignon. Que lo encontraré tal vez un poco más viejo, bajo la lluvia con gabardina gris, vendiendo sus sueños en dos tomos a una librera de negros rizos.
Ahora sé que acabas de dar el último trazo a tu Madrid de tonos azules, a su muralla y que yo estaré siguiendo la misma ruta, nuevamente esperando que algo suceda, lo que sea, pero deseando que ese algo no se cierre en círculo, que no vuelva a repetirse por uno de sus costados; que siga, que siga para alguna parte, sin importar ya si todo esto tiene sentido.
…Anula la luz azul a la luna.
© RogelioJarquín 2009.

7 comentarios:
Te vas superando, dan ganas de seguir leyendo a los personajes y sobre todo de conocer a la chica que dibuja....
Anita
Muy bueno Roger. A mí me gusta mucho. El único inconveniente, las Alfaro no abre los Domingos por la tarde... jeje
LICENCIA POETICA, PRIMO. SI LA VIDA FUESE PERFECTA, EL ALFARO ABRIRÍA TODOS LOS DÍAS LAS 24 HORAS.
Sorprende esa capacidad para cambiar de estilo. Me encanta!!!
ISA
¿y para cuándo un libro?
esta vez si que me sorprendiste gratamente con una cuento tan directo.
Silvia f.
El narrador que saborea el Habano.
Roger escribe, deleita y se delita,
pausasamente, buscando la imagen, las palabras, y saboreando momento a momento, describiendo lo q pasa,los pequeños detalles, a veces en lo q menos nos fijamos, como en un tobillo, o una luciérnaga. La historia pasa tras ella de puntillas pero con profundidad, porque hay cincelada una huella vital, como transfondo y razón de ser, de su narración.
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