jueves, 3 de marzo de 2011

CORTAZARIANDO


No con muchas esperanzas, un cronopio sale a la calle con el original de su primer libro de cuentos. Se dirige a la papelería más cercana (que siempre se encuentra estratégicamente frente a los colegios y consulados) y pide cientos de fotocopias y sobres. Dos horas más tarde sale de la papelería cargando una montaña amarilla de sobres. Recorre a pie la ciudad en busca de buzones igualmente amarillos. En cada buzón deposita un único sobre; cree que de esa forma se multiplican las posibilidades de encontrar editores. Y de esa manera el cronopio va alimentando sus sueños y a los buzones de la ciudad. Inmerso en la esperanza que le va naciendo en el pecho (entre el segundo y tercer botón del abrigo) el cronopio no se imagina que hace media hora (del quinto al sexto buzón) la fama ha llamado a su puerta, que se ha dejado los nudillos llamándole y que después de un rato pegada al timbre se ha ido maldiciendo al encontrar otra casa vacía.

©RogelioJarquín 2011.

lunes, 11 de octubre de 2010

CONSECUENCIAS




Harto de la verticalidad y espirales, decidió escribir esta vez una historia lineal, pero el renglón se le acab




©2010 Rogelio Jarquín.

miércoles, 4 de agosto de 2010

EL ORIGEN DE LAS LUCIÉRNAGAS









A Ricardo Pérez y César Cordova:


amigos, refugios, Cazadores de insectos




1: AUTORRETRATO CON MALETAS


Debería de haber una forma de desdoblar las esquinas en lugar de doblarlas, de volver a juntar esos gajos de pomelo, de retomar la lectura justo donde el índice se ha detenido porque el codo de nuestro compañero de asiento en el tren nos ha rozado, ha invadido esa pompa de jabón que nos rodea haciendo un estruendoso ¡plash! en la lectura. Como todos los años me reservo una tarde para intentar inútilmente juntar los gajos de una mandarina, de una lima o un pomelo, para lograr la circunferencia perfecta sin que me sobren o falten gajos. Me reservo una tarde para intentar desdoblar la esquina de la calle Olmo y Ave María (Donde empieza y acaba mi Madrid) para despedirme durante el verano del tabaco y a caladas lentas acabar con mi último cigarrillo en el primer golpe de calor.

Y en eso estoy ahora; enciendo y fumo el último cigarrillo de la cajetilla, dibujo con un hilo de humo algo parecido a una salamandra, una serpiente, peces con alas que planean en círculos, que se enredan y se deshacen sobre mi cabeza para formar una nube que se golpea suavemente contra el cielo raso de mi pequeño salón. Fumo mientras entra el calor por la ventana y vuelvo a limpiar con la manga de la camisa el viejo vinilo de Benny Goodman que ayer, por diez euros, pude rescatar de una pila de discos en La Metralleta de la Plaza de las Descalzas. Siete veces lo he limpiado, para siete veces siete escuchar la misma cara B, la misma canción. Escucho Sing-Sing-Sing y las primeras notas son también como humo, como un hilo de aire, una hebra de sonido que se convierte en salamandra, en peces alados que planean unos instantes sobre mi cabeza para escaparse por las ventanas. Me los imagino en bandada, volando sobre Madrid, agitando las alas y llevando la prensa en el hocico, repartiendo por los portales periódicos llenos de fotos, de noticias y anuncios clasificados de ciudades que jamás existieron. Y así estaré un rato, sentado en el suelo, junto al tocadiscos, mirando el paso tropezado de la aguja, siguiendo el ritmo con el pie izquierdo al tiempo que imagino que los peces también marcan el compás en su aleteo, que cruzan la Puerta del Sol, sobrevuelan calle Mayor, que estampan sus siluetas traslucidas sobre los tejados y que se detienen unos breves instantes frente al portal ocho de Escalinata, husmeando por los balcones como si buscasen algo o a alguien; y que después regresan a Sol por Arenal para callejear sin detener su vuelo y bajar toda la calle Atocha hasta venir a morir a mi ventana donde les espero, donde sigo sentado junto al tocadiscos, con el último cigarrillo todavía en la mano y limpiando el vinilo que los hará resucitar.

Pero no todos los peces que nacen en mi salón vuelven al giro del plato. Algunos, apenas se sienten liberados, fuera de mi alcance, cruzan la calle Santa Isabel y desvían su vuelo de la ruta que he imaginado para ellos. Son rápidos, aprovechan que en ese momento un cardumen igualmente volátil sale de las puertas del conservatorio de música, y consiguen engañarme, se mezclan entre los atunes plata de un clarinete, en el azul brillante de los peces beta que nacen de un piano, entre los tetra neón que también parecen desesperados, ansiosos por escaparse en cuanto surgen de la línea trazada por el arco, de sus prolongadas caricias al violonchelo. Algunos no pretenden ir muy lejos, terminan enganchados en las letras luminosas del hotel Mediodía o vuelan sobre el invernadero de la estación de Atocha, planeando en el estanque, rozando con las alas los caparazones de las tortugas que los miran sin inmutarse. Los hay que deciden esperar a morir en el jardín botánico o los que suben toda la cuesta de Moyano y mueren en el intento de llegar al Retiro. Pero unos cuantos sobreviven, huyen sin detenerse por el Paseo del Prado y no los vuelvo a ver más.

Me gustaría encontrar la manera de retenerlos pero no puedo sino seguir fumando mientras los miro partir. Sé de antemano que sería inútil cualquier búsqueda, cualquier pesca; ellos no tienen intención de regresar ni yo de reprocharles que quieran huir, que se resistan a continuar interminablemente la ruta que les trazo desde mi salón. Lo sé porque mientras los veo marcharse, apresurando el vuelo, de alguna forma me llevan de regreso a mi propia huída.

Y de pronto estoy otra vez en La Ciudad de México, de pronto vuelvo a tener nueve años, a mirar la casa baja de paredes de madera y techo de cartón, vuelvo a meterme en el bolsillo la tierra gris del patio y a mirar las marcas de golpes en mis piernas y brazos, a oler el café quemado de las siete de la mañana, a percibir ese olor de sopa de fideos que sale de las ventanas a las tres de la tarde. Y me veo otra vez saliendo de la vecindad, corriendo calle abajo como si supiese en realidad a donde ir. Corro con lo puesto, sin maletas, con la fuerza que el miedo le da a mis piernas, con ese mismo miedo que me hace tener la certeza de no regresar, con el deseo de no repetir interminablemente la ruta que se me obliga, con la ansiedad enorme de irme lo más lejos posible; corro sin parar, sintiendo que en la fuga las piernas siempre estorban, que sería más fácil huir si uno tuviese alas, si uno fuese un ave o un pez volador.

Retrocedo más de veinte años y vuelvo sobre mis pasos, cruzo el océano hasta el punto de partida y recorro cada lugar, cada refugio, cada guarida.

Vuelvo a estar en la Alameda, buscando un rincón de césped seco para por fin dormir junto a un león de mármol. Vuelvo a recolectar cartones y vidrio bajo los puentes de la calle Tacuba y a dormir dentro de los camiones de basura. Me veo otra vez, la tarde de un cuatro de enero, vendiendo carteles entre un mar de gente de Correo Mayor . Y otra vez vuelvo a bañar viejos trapos de disolvente y gasolina para sentir ese primer ardor en la cabeza, ese ir y venir tras los ojos. De nuevo estoy en una alcantarilla de la avenida Cien metros frente a la centrar de autobuses o con una bandada de niños pidiendo comida a los viajeros.

De nuevo a mis palabras pronunciadas les cuesta salir y dan tropezones en mi lengua obligándome a tartamudear y las escritas todavía no saben nacer. De nuevo, y sin saber la razón que me llevó hasta ahí, estoy sentado frente a un médico de un internado temporal, desnudo, contestando sin contestar, otra vez con el miedo incitándome a huir.

Y vuelvo al primer atardecer en Villa Margarita, a esos siete años dentro del internado, vuelvo a sus dormitorios, a sus ocho edificios con nombre de pájaros, a esos casi trescientos rostros que todos los días despertaban y compartían comedor e historias conmigo. A ese último día dentro de sus muros. A su cierre, su desaparición para siempre meses después de mi traslado a una casa hogar en Coyoacán.

Y de nuevo, como si fuese la primera vez, camino por la calle Tepic, por primera vez como y bebo en un café de la avenida Álvaro Obregón o Tlalpan, y hablo de libros, de viajes por hacer. De nuevo por primera vez escribo esperando que alguien me lea. Y otra vez, después de mucho tiempo, buscando inútilmente una sombra bajo la estatua ecuestre de la plaza Tolsá, siento ese deseo de marcharme, de alejarme sin mirar atrás; y un jueves de septiembre dejo máquina de escribir, libros y gente, y sin despedirme de todos, lleno tres maletas prestadas que nunca devolveré y salgo rumbo al aeropuerto con mi pasaporte de tapas verdes; salgo para dejar México.

Y vuelvo a conocer el verdadero invierno, el camino nevado de un pueblo perdido de Burgos, vuelvo a la avenida Diagonal de Barcelona, vuelvo a mi Madrid sin muralla. Me detengo en la calle Escalinata como si buscase algo o a alguien, de nuevo estoy en mi habitación de Fuenlabrada, o en mi buhardilla de la corredera de San Pablo, o sacando fotos desde mi balcón de la calle Ave María, o sentado en la acera, frente al Hotel Inglés de la calle Echegaray, dibujando en cualquier trozo de papel un león, un tigre. De nuevo estoy bebiendo una cerveza, desdoblando la esquina de Olmo y Ave María, donde decido que ahí empezará y acabará mi Madrid.

Y callejeo hasta venir a aterrizar a mi salón de Santa Isabel, donde limpio un vinilo con la manga de la camisa y fumo el último cigarrillo antes de que llegue el primer golpe de calor.

Cerraré la ventana porque ya a nadie espero. Apagaré el tocadiscos ahora que he acabado de fumar. Tal vez salga a beber (retroceder demasiados años siempre me da sed) Pediré una cerveza y quizás me ponga a dibujar o a escribir cualquier cosa, alguna historia, alguna noticia de prensa sobre ciudades que no existen, lo que sea que me distraiga por un rato, que aleje esos recuerdos que aletean como insectos alrededor de mi cabeza. La mayoría de ellos terminan por irse, por dejarme por un tiempo o se enredan en las aspas de los ventiladores del techo, pero los hay que continúan volando desordenadamente frente a mis ojos. Y no se irán, no se irán esos rostros, esos siete años que viví dentro del internado, no se irán esos otros nombres, esas camas de hospital, esos dormitorios que aletean y no me dejan escribir. Seguirán ahí, compartiéndome su memoria, dándome esos gajos de recuerdos, esos trozos de naranja como si esperasen a que yo fuese capaz de juntarlos.


© RogelioJarquín 2010.El origen de las luciérnagas.

lunes, 12 de abril de 2010

Carroll en el espejo


Y Cuando el conejo despertó...

Alicia todavía éstaba allí

© RogelioJarquín 2010.

martes, 16 de marzo de 2010

ATOCHA- PINAR LAS ROZAS (Jarquín y sus transportes)


Por favor habladme mientras que se nos vuelve gris la mirada y empezamos a tener frío en las manos, frío para escribir, frío para saludar, frío para callar.

Habladme. Porque escuchar si que escucho. Escucho el respirar de la chica que se sienta frente a mí en el vagón del tren. Esa chica lleva un pantalón pirata con sombras grises y blancas sobre un fondo azul; parece que lleva las piernas tapizadas por un atardecer (me gustaría esperar a que saliese la luna) También lleva en el cuello un crucifijo de madera que se balancea como péndulo entre sus senos. Juega con el teléfono móvil o sólo se resiste a verme, a devolverme esta mirada de naufrago.

Quizás alguna vez fue rubia, ahora es imposible saberlo con esa multitud de colores entre el tinte rojo de su pelo. Sus senos son pequeños pero se han alertado ante ese viento fresco que ahora entra por las puertas del vagón, y que le ha obligado al cubrirse el pecho con el periódico que alguien abandonó en uno de los asientos. Escucho la sección de cultura estremecerse ante la transparencia verde de su blusa.

Y escucho a una mujer con su hijo que no es mi hijo y no lo será, decir una de esas oraciones para bien dormir.

“Ángel de la guarda;
dulce compañía,
no me desampares
ni de noche ni de día.”

Entonces tengo ganas de tener un hijo o mejor, volver a ser niño y enseñarle enseñarme esa otra oración.

“Ángel de la guarda;
fiero camarada,
no me desampares
ya en el frío crepúsculo,
ya en el calor del alba.”

Porque alguna vez creí en los ángeles, porque tal vez todavía creo en esas figuradas que pliegan su alas de piedra y bronce, que se guardan de de sus propios miedos como yo ya no me guardo.

Pero mi deseo como mi oración se quedó en la estación. Era sólo eso, la interpretación de un corazón desesperado.

Me escucho bajar del vagón y caminar junto a las vías más de un cuarto de hora, cruzar por un descampado y evitar mirar el cielo porque esta historia ya no va de ángeles sino de vaqueros y comanches, de recompensas y duelos; ¡Bang Bang! En este pueblo no cabe más de un alma. Me voy, me fui antes de disparar. De nada me valdría tirar del gatillo, mi colt siempre ha tenido los latidos de fogueo. Escucho mi voz y no la reconozco, escucho mi andar y mi rostro se pierde entre tanto forastero. Escuchar escucho, pero sólo es el viento.

© RogelioJarquín 2010.

martes, 22 de septiembre de 2009

Discurso de un Jarquín


A veces (y no se puede decir que en contadas ocasiones para nuestra desgracia) la vida se presenta difícil, intranquila, dura como la piedra del mechero, mojada como el paquete de tabaco que se me olvidó sacar de la chaqueta antes de meterla a la lavadora, tímida tirando a etérea, imposible de retener entre las manos como el humo de mi cigarrillo y enredada como estos pelos que he terminado por dejar crecer en pleno verano. Me consuelo al pensar que también (y eso es siempre) se presenta corta y nerviosa como mis piernas. Entonces es cuando la quieres más (a ella, a la vida) y no importa que sea miope o ande coja de un pie después de un tango, sorda en las conversaciones a larga distancia, muda cuando al radio se le han acabado las pilas. No importa que huela mal, que comparta una canción imposible de escuchar. No importa que nos cuente del dolor de piernas por la tarde y de los pronósticos de jaquecas para mañana acompañadas de leves estreñimientos y un malestar agudo en la garganta al beber cerveza. No importa que sea corta como mis piernas, ciega como mi vista después de ocho horas frente al ordenador, no importa que se vuelva muda al mismo tiempo que yo cuando me da por pensarte, no importa que se sepa tres pasos de baile, no importa que tenga dudosos gustos musicales (en eso también soy culpable) no importa que no tenga ni un duro para recorrer mundo. Qué le voy a ser si soy un romántico y de ella me fío, qué le voy a ser si una y otra vez me consuela diciendo que las vidas son cortas y que algún día la distancia que hay entre vos y yo se quedará pequeña, minúscula, imposible de percibir a simple vista. Qué puedo hacer si la vida se me presenta con su vestido de domingo intentándome contagiar de su optimismo. Nada. No digo nada. Cuando mucho afirmo con la cabeza y pongo cara de que me creo todo y que estoy feliz esperando ese acortamiento de distancia, pero en cuanto se va la vida a consolar a otro vuelve esa angustia, será la consciencia del ser, esta tercer cerveza o simplemente el pavor que me da al saber que la vida seguirá acortándose y habrá menos cafés, menos quererte, menos extrañarte, menos dobles de cerveza, menos deseos, menos cielo, menos Madrid…
© RogelioJarquín 2008.

martes, 12 de mayo de 2009

7 (Balas perdidas)


Así de pronto nos cambia el humor, con la luna en un charco mojándonos los zapatos, o porque hemos consentido que se cuele por las persianas en rebanadas, se pose en la cabecera de la cama y nos estampe franjas lunares en toda la cara; o simplemente porque hemos decidido salir de noche y dejarnos bañar en su luz. Entonces de golpe nos cambia el carácter, la mirada y puede que hasta la forma en que balanceamos los brazos al andar. En cuestión de segundos pasamos de una tristeza sin fin a una alegría igualmente infinita, del astigmatismo a la miopía, del placer de la primera calada del cigarrillo a un continuado ataque de asma que nos mantiene en vela, del nunca al para siempre.

Para algunos sería preferible que la luna jamás se mostrase tan llena porque les desordena las palabras, que es peor que desordenarles las ideas, porque un repentino tartamudeo les obliga a retroceder en cada frase, vuelta a empezar como un trabalenguas o un complicado paso de baile que no termina por salir.

No será sencillo confesarte, confesarme, que este temblor de labios, este continuo desearte también va en crecimiento con las fases de la luna, que es ella la culpable que te escriba con todos los dedos, a toda máquina y que mientras lo hago, voy imaginando que mi boca recorre tu cuello, besando ese camino de lunares.

Es lo que sucede cuando se ha nacido en una familia demasiado sensible a los plenilunios. Porque del árbol genealógico de los Jarquín (un naranjo muy pequeño, un millar por todo el mundo, un poco más, quizás) me tocó la rama más lunática; unas hojas que se transforman y se agitan como el mar.

En las noches de luna llena a mi madre le da por llorar mientras escucha a María Callas, le da por recordarse a sus veinte años, entregada a la música, le da por volver a vivir aquel día; ella resplandeciente a punto de ser aceptada en un importante coro; la gente maravillada con su perfecto ir y venir de agudos y graves. Empieza su llanto poco a poco al tiempo que maldice a ese alguien que se le ocurrió abrir la puerta y dejar entrar a la luna con toda su luz en el momento de su gran final, haciéndole desafinar terriblemente. Una y otra vez lo intenta, en el gran ventanal del salón se pone a cantar enfrentada a la luna llena y parece que su voz vuelve a levantarse con dulzura por toda la casa, pero en un breve instante se amarga obligándola a callarse, y venga a recordar y venga a llorar.

En el otro extremo del licántropo de siempre se encuentra mi padre. Poseedor de la única barba cerrada de la familia, apenas descubre a la luna en el cielo aún azul y ya le invade un pánico incontrolable a la alopecia, y sin oír razones se lanza a buscar a la farmacia y las tiendas todos los tratamientos contra la caída del pelo. Su pánico se vuelve un gran entusiasmo a la mañana siguiente, cuando comprueba frente al espejo que su barba sigue intacta.

A mi hermano mayor le asalta una sed de burbujas que le obliga a beberse litros y litros de tónicas, a beberse vasos y vasos de agua con sal de frutas, terminando por masticar cualquier pastilla efervescente que encuentra en el botiquín, para después dormirse con una espumosa sonrisa en la cara.

A mi hermana menor le da por el protestantismo y sonambulismo al mismo grado. De pronto, en mitad de la noche su voz nos sobresalta; la descubrimos al pie da la cama, con los ojos abiertos pero ausente, hablándonos de pestes, de falsos profetas y de condenas eternas. Al despertar no recuerda nada y eso le ayuda a continuar tranquilamente con su atea vida.

Te confieso que me costó tiempo y valor aceptar que de entre toda mi familia, algunos amigos y vecinos (que no son Jarquín pero poco les falta) sea yo al que más le afecta la luna y sus cambiantes rostros. Porque a diferencia de ellos que padecen y se agitan y se transforman sólo en luna llena, en mi no desaparece, al contrario, va aumentando y disminuyendo al mismo tiempo que la luna mengua o se llena. He llegado a la conclusión de que todo se debe a que nací justo en el momento en que la redondez del plenilunio era más naranja, en el instante que el esfuerzo de mi madre en el parto se mezcló con sus recuerdos, mientras mi padre en el pasillo le preguntaba a una enfermera rubia por sus trucos para mantener esa melena tan fuerte y brillante. A eso se debe que te escriba con todas las fuerzas de mis dedos contra las teclas negras de mi máquina, a que te escriba sin parar algo que había empezado con un tecleo sonoro, pero lento, como quien comprueba la afinación de un piano. A eso se debe que en la luna menguante necesite sólo unas tímidas gotas de vinagre para aliñar la ensalada y que en la luna llena empape la lechuga hasta ennegrecerla, hasta que el vinagre me llegue a la nariz antes que a la boca; a que poco a poco mi apetito se vuelva voraz, a que las horas dedicadas al sueño aminoren. Es la luna responsable de que poco a poco ignore la única herencia segura que tengo de mi madre, esa desafinada y agria voz que permanece en mí todo el tiempo, ese querer y no poder; ese empezar una melodía con un silbido inocente que día a día va acercándose más y más a una desgañitada voz que tortura a quien la escucha. Con la imaginación pasa lo mismo, con esas historias que escribo, empiezo escribiendo una frase en un papel, una línea que se me ocurre de pronto, entre sueño y sueño, y termino por escuchar en mi cabeza las voces de mis personajes, largos monólogos, diálogos y riñas que no escribo porque me cuesta seguirles. Con cada fase lunar los ojos se van poniendo rojos hasta que ningún colirio puede quitarme la irritación.

Y el deseo, este desearte crece y disminuye continuamente, pero no desaparece como no desaparece la luna. Primero imagino que beso tus manos y me basta con besar tus manos, pero poco a poco voy necesitando besarte más al mismo tiempo en que voy imaginando que tú misma vas desprendiéndote de la ropa; para cuando vuelva la luna llena ya me habré imaginado a mí mismo retozando entre tu desnudez. Y día a día voy sobreviviendo a todos estos efectos mientras te veo serena, andando de noche o escuchando en un café la música que jamás podré tocar. Porque de pronto me dan ganas de renegar de mi apellido, dejar de ser por un momento Jarquín y poder controlarme sin importarme el plenilunio sobre mi cabeza, ser capaz de cantar o de tocar una melodía que llegue volátil hasta donde te encuentras, de ser Félix Antolín y hacer que setenta y seis teclas toquen como si fuesen noventa y siete en cualquier bar de Madrid, inventar de nuevo el fuego como Gene Krupa y sus platos igualmente lunares, hilvanar una caricia de arco y cuerdas como si no me llamase Jarquín sino Joshua Bell.

No es fácil confesarte, confesarme, que es por la luna que he asumido ser un músico frustrado, y que me he tenido que refugiar en la literatura, porque a veces, con un poco de suerte, descubro alguna palabra de naturaleza volátil, como la música.

Cómo no enloquecer de ganas de saber en que te cambia la luna. Si apenas escucho unos segundos de ese viento que la trompeta de Jerry González convierte en luz y de pronto me va invadiendo la convicción de que yo también puedo, de que también soy capaz de llenar de sonido el aire que hay entre tú y yo. Es entonces, en la brillantez más alta del plenilunio, cuando me visto con mis mejores ropas y me siento frente a lo más parecido a piano que voy a estar jamás. Y con un solo de mi vieja Olivetti voy tocando a mi manera esta caricia que te escribo y que llegará segura hasta donde te encuentras, mientras te muerdes los labios, miras al cielo y le echas la culpa a la luna llena por esa picadura de avispa que sientes al hablar, sin imaginarte, sin sospechar ni por un segundo que soy yo, un Jarquín besándote la comisura de los labios.

©2009 Rogelio Jarquín. Veinticinco balas perdidas y un revolver de fogueo.