
Zurcidos y retales en su cielo, en esta vieja manta que su padre, cuando él era más pequeño y le llevaban en brazos a dormir, le enseñó a sostener con la cabeza y las rodillas. ¿Y las sábanas? Las sábanas son un suave y manso mar que imagina extenderse más allá del borde de la cama.
El truco es sencillo, Nico, le había dicho su padre metiéndose en la cama con traje y zapatos. Consiste en taparse muy bien para que no entre nada del exterior, ni una luz, ni un viento, nada; entonces lo de afuera desaparece, no existe mientras tú estas aquí dentro, sólo existe en lo que nos da por pensar, por ejemplo ahora; yo estoy pensando en cafeteras italianas y por acto de magia afuera los coches, las oficinas y los vagones del metro se han llenado de cafeteras y todo huele a café recién hecho. Y ese día Nico pensó en gatos y le divirtió imaginar que en ese instante, por acto de magia, las fabricas de estambres, las pescaderías del mercado y la casa de su profesor se iban llenando de gatos siameses y atigrados, un coro de ronroneos amenazadores, desordenando y jugando con las madejas de estambre, comiendo sin parar y lamiendo la cara del profesor a quien seguramente se le llenaría la cara de ronchas y le entraría un ataque de estornudos, haciéndole pagar por todas esas mentiras que contaba en las clases y por las que Nico terminaba castigado, porque se negaba a creer en ellas, porque su padre, cada vez que llegaba de sus viajes, le contaba la verdad de todas las cosas.
Pero ahora no piensa en gatos, mira su tobillo izquierdo un poco más delgado que el derecho y se echa a llorar. No quiere salir de la manta porque dentro de ella ya es un adulto y va a la universidad o al trabajo, viaja muy lejos como su padre, primero en avión y luego en barco y le envía muchas postales a Olga. No quiere asomar la cabeza fuera de la manta, porque afuera sigue siendo sólo el niño de los Jarquín, el primo de Ariel, y porque quiere perderse por un rato, y la manta sirve también para eso, para desaparecer. Fíjate yo, Nico, le confesó su padre en voz muy baja, yo también lo hago cuando estoy lejos, me meto bajo las sábanas, entonces me vuelvo invisible y dejo mi habitación de hotel en Malta o en Londres y de pronto aparezco en casa y vengo a tu habitación y te soplo en la cara cuando ya estas soñando y le acaricio el pelo a tu madre porque sé que eso le ayuda a dormir. ¿Y en los aviones también desapareces? Le preguntó Nico. No, en los aviones es difícil porque por muy cubierto que esté uno, siempre hay ese roce con el hombro o el codo del compañero de asiento que hace imposible desaparecer. ¿Y entonces que haces? Seguro te quedas dormido tú también. Unas veces sí pero otras no, otras me dedico a doblar hojas de papel para ver si descubro algún invento o algún animal fantástico ¿Cómo? Si, mira, todos los inventores se le ocurrieron grandes cosas doblando hojas de papel, un doblez aquí, después otro y otro y otro más y ya tenemos un barco. Eso es mentira. Claro que no, los barcos, coches y aviones se diseñan doblando un papel y después con planchas de metal; los telescopios se inventaron después de que a un marinero se le ocurriera mirar a través de un cono y el primer reloj del mundo fue ese mismo cono lleno de arena y atado en el techo, un pequeño agujero en la punta dejaba caer los granos, y también lo de la gravedad; Newton lo descubrió no porque fuera un genio sino porque era incapaz de hacer un aeroplano de papel que pudiese volar, se esmeraba pero con tanto doblar la hoja terminaba hecha una pelota que se estampaba en seco contra el suelo. ¿Y ya descubriste muchas cosas? No Nico, nada, pero me divierto haciendo los aeroplanos que Newton no pudo hacer y los hago volar en el pasillo, sobre las cabezas de las azafatas, siempre en el sentido contrario del avión, como si regresasen al aeropuerto. Yo no sé hacer aeroplanos de papel ni nada, dijo Nico con verdadera tristeza. Claro que sabes Nico, pero no lo recuerdas. Todo es como el respirar o como andar en bicicleta o el bostezo; uno no recuerda que lo sabe hacer hasta que ve a otro hacerlo y de pronto nos entran ganas de respirar, de andar en bicicleta y bostezamos como por contagio, todos los conocimientos los tenemos en la cabeza pero un poco adormilados. Te ayudaré a despertarlos, a recordar cómo se hace un aeroplano, pero antes hay que hacer muchos barcos y algunos animales; poco a poco irás recordando, pero no se te ocurra decírselo a tu madre, ya sabes que se enfada cuando te cuento estas cosas, es lo que tiene estar tanto tiempo en el laboratorio experimentando con unos pobres bichos, que llega muy cansada como para interesarse por recordar el método para construir un barco de papel.
Cada vez que su padre regresaba de sus viajes Nico se entusiasmaba porque eso significaba que esa misma noche iba a recordar cómo hacer una figura de papel; un barco, un pez espada, un molinillo o un cangrejo de mar. En el colegio, mientras el profesor hablaba de las oraciones simples, Nico se empeñaba en la complicada figura del pegasus. En una caja de madera, bajo la cama, esconde de su madre la fuerza naval, el escuadrón aéreo y la fauna de papel. Sólo a Olga le permitía ver una a una las figuras que construía.
Nico iba al parque después del colegio y jugaba con las sombras de los árboles, saltaba de una sombra a otra como si fuesen piedras en medio de un río agitado o troncos levitando sobre un precipicio, y se subía a una rama de la higuera más alta y ahí se quedaba mirando pasar a la gente o buscando un higo maduro; sólo para coincidir con Olga en el portal, para verla llegar de la universidad en su vespa verde y con su blusa siempre roja, para entrar juntos al ascensor y que ella le dijese hasta luego con un pellizco en la mejilla o un suave tirón del pelo. Con impaciencia esperaba los jueves porque su madre tendría que quedarse más tiempo en el laboratorio y Olga tendría que subir al apartamento y quedarse toda la tarde con él, ayudarle con matemáticas y prepararle la cena. Ella se sentaba en el sofá y extendía las manos para que Nico posara en sus palmas una nueva figura de papel. ¿A qué se parece? preguntaba Nico. Una hormiga, un grillo, dudaba Olga. Es un saltamontes, los grillos son más chicos y flacos. Tienes razón, es muy bonito, pero ahora ponte a hacer los deberes. Estos son los deberes, aseguraba Nico. Tengo que hacer veintiséis saltamontes, uno por cada compañero de clase. El profesor ha organizado una competencia de saltos y piruetas, afirmaba mientras le ganaba la risa y pensaba en la mala suerte de no tener a un profesor capaz de enseñar las mediciones métricas con saltamontes y grillos de papel. Repasando las lecciones de gramática fingía no entender una oración para que ella se la explicase una y otra vez. Y antes de irse a dormir metía a escondidas en el fondo del bolso de Olga la figura mejor hecha, con su firma NJ en una pata trasera, escrita siempre con tinta roja como la blusa de Olga. Imaginaba su sorpresa al abrir el bolso y buscar el bolígrafo en la primera clase de la facultad y encontrar la figura acurrucada entre el espejo y el lápiz labial.
En las tardes soleadas de julio charlaban durante horas de balcón a balcón. Nico se asomaba y encontraba a Olga leyendo sentada en su tumbona amarilla. Le gustaba anunciar su presencia lanzándole un aeroplano de papel que aterrizaba con exactitud sobre el libro abierto. En ese breve vuelo a Nico le parecía que la blusa de Olga se volvía más roja sobre ese fondo amarillo. Hablaban de casi todo en esos diálogos de balcón. Ella le contaba de cuando era pequeña, de cuando con sus padres hacía largos viajes en coche, o de sus sueños, de esa pesadilla que se repetía, en la que se sentía en peligro, perdida en una ciudad desconocida, y que huía de la mejor forma en que se puede huir en los sueños, sobrevolando por encima de los coches y las casas. Nico le repetía como propias las palabras de su padre. Las pesadillas desaparecen si se cuentan muchas veces, llega un día en que dejan de existir, como si se desgastaran de tanto contarlas, pero hace muchos años, cuando no se sabía esto, la gente estudiaba la manera de ahuyentar las pesadillas bebiendo mil remedios, porque los sueños están en el pecho pero las pesadillas viven en el estómago, afirmaba. Sabios y monarcas antes de dormir tomaban con mucho cuidado dos brillantes caramelos de misteriosos ingredientes traídos de Alejandría que se fundían e iban cubriendo el estómago con una capa cristalina, de esa forma las pesadillas intentaban una y otra vez entrar sin conseguirlo. Ahora no, le decía como quien comparte un gran secreto, ahora basta con contar muchas veces las pesadillas para hacerlas desaparecer o cubrirse muy bien con la manta de la cama para no dejarlas entrar.
Y ahora Nico está ahí, abrazándose las piernas como si abrazara estas últimas horas de julio, un julio con ya tan pocas conversaciones de balcón, con menos tardes con Olga. Posa la frente sobre las rodillas, parapetando del mundo esa furia que se ha transformado en llanto, se oculta bajo la manta, no para evitar que se le cuelen las pesadillas sino para que no salga ese llanto que lo va agotando de a poco. Y mientras se va dejando vencer por el sueño piensa en Olga y piensa en su padre, en cuánto le gustaría estar con él en estos momentos, yendo y viniendo por todo el mundo con sus frascos con insectos amaestrados. ¿Y por qué viajas tanto? Es un secreto Nico, ni siquiera tu madre sabe a lo que me dedico, ella cree que soy fotógrafo, no puede imaginar cuál es mi oficio ¿Y cuál es? Mi oficio es tan secreto que no cuenta con ningún nombre. Te lo diré pero no puedes decírselo a tu madre ¿Y a Olga? Bueno, a ella se lo puedes contar pero hazle prometer que también guardará el secreto. En uno de los libros que tiene tu madre, leí que un tal Edward Lorenz había descubierto un hecho sorprendente; parece ser que estudiando a una mariposa descubrió por casualidad que el aire de su aleteo iba creciendo hasta ser tan fuerte que podía mover nubes y provocar grandes tormentas en el otro lado del mundo. La idea de recurrir a una mariposa para hacer llover me fascinó, pocas veces uno se encuentra en un libro tan serio cosas tan útiles. Dediqué años a la tarea de estudiar los aleteos de los insectos y sus consecuencias, me llevó tiempo cazar y adiestrar a diferentes insectos para provocar pequeñas lloviznas en el barrio a manera de simulacros, pero me llevó más tiempo convencer a mis amigos de unirse a mi idea de crear una empresa especializada en hacer llover hasta en el desierto. Empezamos ofreciendo nuestros servicios a los turistas que, tumbados en la playa les daba por preocuparse por sus geranios de casa, después a los directores de cine para ambientar alguna película de piratas o de terror, y ahora son los monarcas y jefes de estado los que recurren a nosotros para hacer llover. Las mariposas no están mal para los aguaceros. Para las lluvias de verano uso las avispas, para las tormentas eléctricas las polillas son lo mejor. Pero prefiero las libélulas porque su aleteo es más rápido y eficaz y pueden pasar de una pequeña llovizna a un diluvio en menos de un minuto. Entonces imagínate, que si un grupo de cantantes de ópera quiere que haga llover en Venecia mientras canta el Va Pensiero en mitad de la plaza de San Marcos, yo tengo que estudiar el punto exacto de la tierra donde tengo que ir con las maletas con frascos llenos de libélulas como único equipaje, y saber el momento oportuno para liberarlas y que su aleteo agitado haga el resto.
Y es lo que a Nico le gustaría estar haciendo ahora, abriendo despacio los frascos de las libélulas desde una ventana en Nueva York para que una nube moje los campos de arroz en Tailandia. Eso sería mejor, mucho mejor que seguir aquí abrazando las piernas con un llanto que de a ratos arrecia empapándole la cara y las piernas.
O si por lo menos lo que siente pudiese contarlo y contarlo hasta hacerlo desaparecer igual que a una pesadilla habitada en el estomago. O por un instante olvidarse de todo y salir planeando igual que los aviones teledirigidos, salir volando por la ventana como lo hace Olga en sus pesadillas y agitar el viento como las libélulas de su padre; volar al ras de la acera y después subir entre los sombreros de la gente y por encima de los edificios y ya desde las alturas volver a casa en línea recta aterrizando en el mismo punto del despegue. ¿Y qué haces para que los insectos no se te escapen o se pierdan? Llevan muchos años conmigo para que unos golpecitos en los frascos con los nudillos sean suficientes. Las avispas son las que vuelven enseguida, las mariposas dan paseos en espiral antes de meterse al frasco. Pero las libélulas son más distraídas y hay que tener mucho cuidado para que no se pierdan. Lo mejor es atraerlas con tabaco frito, que es lo que más les gusta comer. ¿Por qué crees entonces que siempre llevo bolsas de tabaco en la maleta? Es para que las libélulas vuelvan inmediatamente a sus frascos. Hay que hacer una picadura finita con el tabaco y freírlo a fuego lento con un poco de aceite y canela, después enfriarlo con una bolsa de hielo y ya frío meterlo en los frascos abiertos. Las libélulas cambiaran de golpe el rumbo de su vuelo y volverán al fondo de los frascos para devorar lo que para ellas es un manjar.
Se seca los ojos con el brazo izquierdo y piensa que si por lo menos fuese un poco más mayor no necesitaría meterse bajo la manta para sentirse lejos. Podría tal vez acompañar en sus viajes a su padre. Podría aprender a amaestrar a los insectos y hasta llegar a preparar tabaco frito para sus propias libélulas; unas libélulas que imagina de cuerpos verde plata y alas rápidas y transparentes.
Debajo de la almohada Nico guarda su libreta para poder hacer una figura de papel antes de dormir. Arranca una hoja y con las dos manos comienza a darle forma. Le bastan nueve dobleces para construir un barco. Lo pasea entre sus pies, sobre las sábanas como si navegara en un calmado mar. Un barco carguero clandestino como los aviones de Ariel, preparado para encontrar a su padre en cualquier lugar del mundo y llevarle su cargamento, un barco traficante de tabaco frito.
Mamá dice que el primo Ariel sabe pilotar aviones. Pero no te hagas ilusiones Nico, no creas que son de verdad, son teledirigidos. Desde que tenía tu edad empezó a pilotarlos y lo hace muy bien. Tu madre me ha dicho que viene todo el verano a tomar un curso en la universidad pero sé que no es cierto, estoy seguro. ¿Y entonces a qué viene? Es muy fácil imaginarlo. Yo creo que tiene un oficio tan secreto como el mío. Viene a traficar con los bichos con los que tu madre experimenta en el laboratorio. Seguramente tiene un helicóptero capaz de volar miles y miles de kilómetros, con el que traerá órganos de pequeños animales para que tu madre invente nuevas especies. Hará gatos escamados, peces de plumajes impermeables, roedores camaleónicos o reptiles parlantes. Todo lo hará como se hacen todas las cosas secretas, de noche, cuando la casa se encuentre dormida y quieta. ¿Y cuando vendrá a vivir a casa? El primer viernes de julio, justo el mismo día en que yo tengo que llegar a Montevideo para hacer llover en el Cairo. La tarde de ese viernes Nico esperó ansioso la llegada de Ariel; sentado sobre la rama más alta de la higuera quería mantenerse atento a todas las personas que pasaran, quería reconocer desde lejos al contrabandista de alas, crestas y escamas.
Estaba seguro que lo reconocería de inmediato, alguien con ese oficio tendría que tener algo distinto en el rostro, tendría que notársele en el andar o en la forma de vestir. Se quedó dormido en la espera. No lo vio cruzar el parque cargando dos maletas, sonriendo para nadie con su chaqueta de pana a pesar del calor.
Muchas tardes se había quedado dormido sobre la misma rama. Cuando veía salir a Olga andando rumbo a la biblioteca él corría al parque y la esperaba durante horas en lo alto de la higuera. No le importaba ser vencido por el sueño, sabía que la voz de Olga le despertaría al cruzar el parque. Ella regresaba a casa acompañada de un par de amigas con las que hablaba en voz alta de libros y autores. A Nico le bastaba oír una sola frase de la conversación para volver del sueño. Desde la rama, escondido en las hojas las veía entrar en el portal del edificio. Pero ese primer viernes de julio no era a ella a quien esperaba, no fue la voz de Olga quien le hizo despertar.
Una sensación de perder el equilibrio dentro del mismo sueño le hizo sobresaltarse en la realidad. En la caída alcanzó a ver su tobillo izquierdo doblarse contra el asfalto. Sintió bajo la piel un chicotazo seco y caliente que se expandía poco a poco por toda la pierna.
Otras veces ya había sentido ese vértigo que le despertaba de golpe. Y aunque estuviese a salvo, en medio de la cama o sentado en el sofá, el sueño le soltaba con un cabeceo inseguro de equilibrista. Es por un desajuste, un tropezón en eso que llaman la evolución de las especies, le había explicado su padre. Con todo y nuestros avances tecnológicos y científicos mantenemos ese reflejo de mono. Es porque perdimos la cola antes de tiempo. Mientras los otros monos podían dormir tranquilos colgados de los árboles, lejos del alcance de los depredadores, nosotros, si queríamos sobrevivir, teníamos que estar alertas incluso en el sueño para no perder el equilibrio y caernos. Ya después se nos ocurrió vivir en las cavernas y construir nuestras casas, pero jamás hemos podido sacudirnos ese gesto mecánico.
Tardó un instante en darse cuenta que había perdido el equilibrio ya del lado de la realidad y no del sueño. Le costó trabajo no llorar al levantarse pero las lágrimas llegaron con el primer paso. Sintió como si un aguijón ardiendo se le clavase del tobillo hasta la rodilla. En sus solitarios juegos de después de clases muchas veces regresaba a casa saltando en un solo pie, deseando vivir más lejos para tener más camino que saltar. Pero esa vez se le volvió interminable el parque, se apoyó en cada tronco de árbol para descansar cada tres saltos y le pareció que su portal del otro lado de la avenida de pronto se había alejado. Miró para todos lados buscando ayuda, pero había demasiado calor en el ambiente para que hubiese alguna persona andando por la calle o asomada en las ventanas. Ya no lloraba, concentraba todas sus fuerzas en llegar al portal. Sintió alivio al tocar el timbre y escuchar el ¿Quién es? en la voz de su madre.
A Nico le impresionó la altura de Ariel, le pareció que era enorme, que se trataba de un ser gigantesco con una asombrosa fuerza porque lo levantó del suelo con tanta facilidad como si todo Nico fuese una figura de papel o un pequeño insecto. Mientras, su madre nerviosa, intentaba con gritos y brazos parar a un taxi. Seguía con esa dolorosa sensación de tener un aguijón incrustado en la pierna pero se sentía mejor, mucho mejor con la cabeza apoyada en el pecho de su primo Ariel, sintiendo la chaqueta de pana en la cara.
En la sala de espera del hospital una de las enfermeras bromeó con Nico para que dejase de pensar en la pierna, le alisó el pelo con la mano y le pidió una sonrisa, que dejara de estar tan serio, que no podía salir con tan mala cara en las radiografías. Vio el reloj de la pared y se imaginó que a esa hora Olga ya estaría subiendo por el ascensor con sus dos amigas y tres libros de la biblioteca. Le sorprendió el frío en las manos del médico que le revisó el tobillo y que observaba con detenimiento una de las radiografías; sus dedos estaban helados y pálidos, pero más le sorprendió la blancura de la escayola que iba cubriendo su pierna. En una ocasión su padre había vuelto de Milán con una mano escayolada, pero estaba pintada de muchos colores con dibujos, símbolos, nombres y palabras escritas en otros idiomas. Dijo que le había mordido un insecto demasiado grande y demasiado salvaje para domesticar.
Afuera anochecía. En las puertas del hospital ya les esperaba Ariel con el taxi para regresar a casa. Se desilusionó al verlo tan normal, tan como cualquiera, con el pelo iluminado intermitentemente por la sirena naranja de una ambulancia aparcada, con la cara de quien tiene un oficio cualquiera; sonriendo con la chaqueta de pana entre las manos y la puerta abierta del taxi. No era un gigante, ni siquiera era más alto que su padre. Tenía una voz fuerte y amable de locutor de radio y no tosca y grave como esperaba que tuviese un contrabandista. Su padre se había equivocado por primera vez, se lamentó para sí Nico. Se había roto una pierna para nada, para esperar a un hombre común y corriente como todos los hombres comunes y corrientes que ya habitan en el barrio.
Tuvo que esperar hasta la tarde siguiente para ver a Olga y presumirle la pierna escayolada, con el mismo entusiasmo con que le enseñaba una nueva figura de papel. A su madre y su primo les dijo que se había tropezado y caído intentando subir los escalones de cuatro en cuatro; sabía que su madre le reñiría menos que si le hubiese contado la verdad. Pero a su padre y a Olga les confesó lo que había ocurrido, que había sido una caída libre desde lo alto de la higuera. Olga subió a la hora del café de después de comer, con un Hola qué tal para su madre, un Mucho gusto y bienvenido para Ariel y una bolsa de galletas y un libro para Nico; las galletas eran de almendras y el libro, el libro más que para leer era para contemplar, con la dedicatoria de Olga escrita a lápiz en la primera página, las ilustraciones en rojo y marrón, con el fondo del color natural del papel, contando la vida de un músico de jazz, con tan pocas palabras que las que había no les quedaba más remedio que formar parte de los dibujos, dibujos que parecían llevar melodías en sus sencillos trazos.
Me ha dicho el médico que voy a estar tres semanas con la escayola, le contó a su padre esa misma tarde, cuando llamó desde un hotel en Buenos Aires. Que tengo que quedarme quieto, que se puede soldar mal el hueso si me muevo mucho. Vaya, dijo su padre desde el otro lado del teléfono. Que mala suerte que te fallara el equilibrio ¿Pero ese médico te contó cómo y quién repara los huesos? No creas que la escayola es para que no muevas el pie. En realidad es un panal, un panal de abejas. Ponen microscópicos huevos entre el vendaje, de los que nacen abejas igualmente microscópicas, poco a poco reconstruyen el tobillo, empiezan por reconstruir el hueso y terminan por la piel. Hay que aguantar algún ataque de picores porque las abejas están trabajando día y noche. Cuando el tobillo esté como nuevo las abejas se desintegraran porque habrán acabado su labor. No te asustes si cuando al quitarte la escayola notas que ese tobillo es más delgado, eso es porque las abejas reconstruyen a memoria, sin medidas ni planos y es normal que se olviden de las proporciones originales. Con el tiempo irá teniendo el tamaño del otro tobillo. ¿Y también esas abejas comen tabaco frito? No, ellas van mordisqueando por dentro las paredes de yeso de su panal. No les gusta el tabaco frito pero les fascinan los colores y el olor a tinta. La costumbre de escribir en la escayola cuando uno se rompe algún hueso empezó con el fin de tener contentas a las abejas. Siempre es mejor tener alegre a quienes van a repararte el tobillo.
Esa noche los primeros picores en la pierna le mantuvieron despierto; se imaginó a las abejas trabajando en pequeños escuadrones, yendo y viniendo sin parar, construyendo bóvedas y túneles por dentro de la tibia. En la cama de a lado Ariel dormía placidamente, con la misma sonrisa de todo el día. Logró distraerse y conciliar el sueño hojeando una y otra vez el libro del músico de jazz.
Creo que es el libro ideal para regalarte... hasta a tí te dejará sin palabras decía la dedicatoria que había escrito Olga. En realidad sólo con ella le daba por hablar y hablar sin tregua. En las clases terminaba castigado por no contestar a las preguntas de geografía, distraído en el mapa dibujado por una grieta de la pared. Pero con ella le salían las palabras sin darse cuenta. Se apropiaba de los viajes que le narraba su padre para tener siempre algo nuevo que contarle. Le describía con lujo de detalle cada calle, cada aroma, cada clima, como si realmente hubiese estado alguna vez en todos esos lugares, buscando una habitación de hotel en Delhi o Montreal.
Se ilusionó pensando que esas tres semanas de escayola y cama estarían llenas de los viajes y rutas de su padre, historias revividas por Nico para Olga. Dio por seguro que su madre, agobiada en el laboratorio entre microscopios y tubos de ensayo no tendría tiempo para cuidarle, ocupada en endurecer el caparazón de una nueva especie de roedor o en transplantar la cresta de un gallo a una salamandra. Entonces Olga subiría todos los días, le prepararía un vaso de zumo, traería más bolsas de galletas con almendras y puede que hasta le sorprenda regalándole un nuevo libro, también con un cuento hecho para ser narrado por muchos dibujos y pocas palabras.
Pero Nico no llegaría a llenar julio con historias para Olga, esas semanas no habrían de ser de conversaciones continuadas, tampoco habría vasos de zumos ni más bolsas de galletas como llegó a imaginar, tan claramente que pudo sentir las almendras jugueteando en su boca y el primer trago acido del zumo de naranja.
Ariel había organizado los cursos en la universidad para que ni siquiera los jueves por la tarde su madre tuviese que llamar a Olga. ¿Con quién vas a estar mejor que con la familia, Nico? Tu primo se va a encargar de cuidarte muy bien, le anunció su madre antes de salir al laboratorio. Estará por la mañana fuera de casa un par de horas pero luego vendrá a estar contigo. Ya eres grande y no creo que te pase nada si te dejamos dos horas solo. Te lo vas a pasar muy bien, ya verás; Ariel sabe muchas cosas, te puede sorprender lo que sabe Ariel. ¿Quieres que te traiga algo antes de irme? Tengo sueño, contestó Nico desde la cama. Cerró los ojos y no los abrió hasta que escuchó bajar el ascensor. En ese instante crecía el picor de abeja en la pierna pero le importó muy poco. Sintió, como ahora, el calor del coraje expandirse por la cara, le invadieron unas ganas de llorar y hundió el rostro en la almohada hasta que el llanto cesó y el cansancio le venció obligándole a dormir.
Hubiese querido encontrar la manera de retroceder el tiempo unos días atrás, salvar su julio con Olga; no haberse alegrado tanto con la idea de tener a Ariel en casa, no haberle esperado en la higuera, evitar la caída, no haberse roto el tobillo. Deseó con todas sus fuerzas que por una sola vez el manejar la dirección del tiempo no fuese imposible como afirmaba su padre. No Nico, no se puede regresar o adelantar el tiempo. No se tratan de unas casillas que saltas para delante o para atrás como en el tablero de ajedrez. En todo caso es como una caracola que se va ampliando y ampliando mientras se deshace en el punto inicial. La espiral continúa avanzando y nosotros avanzamos sobre ella. Pero si miramos a un lado podemos ver el recorrido de la espiral y a veces hasta se nos aparecen ante nuestros ojos cosas que quedaron en el pasado, imágenes nítidas pero antiguas como un cinema o como si fuesen fantasmas extraviados. ¿Imágenes viejas? Si, Nico, es como viajar en el tiempo, sólo que son ellas, las imágenes, las que viajan y no nosotros. Todo se vuelve imagen al reflejarse en los espejos, en el agua o en el brillo del metal. Sin hacerse notar, casi invisibles, las imágenes rebotan, chocan entre sí, se desvían saltando de reflejo en reflejo y de esa manera viajan de aquí para allá durante mucho tiempo. Cuando las imágenes llegan al mismo lugar de partida y se cruzan y se mezclan con los rayos de luz que se estampan con toda su fuerza contra el suelo, es en ese instante y sólo para ese instante en que las imágenes hacen su aparición con todo su color y por ese breve tiempo son reales. Hay quienes creen que las imágenes sólo son ilusiones ópticas, que en realidad son objetos lejanos que aparecen muy cerca porque el aire caliente se vuelve una lente, acercando lo lejano. Es más fácil creer eso y llamar a las imágenes espejismos, pero ahora que sabes la verdad, que son imágenes viajeras, debes mantenerte alerta para no perderte ninguna. Yo una vez vi diez galeras españolas en llamas cruzando Amberes entre coches y gente que caminaba inmutable frente a ellas; en otra ocasión vi una locomotora de vapor sobre las vías del metro en Berlín y hasta llegué a ver en París a un caballero templario cruzando a caballo un paso de peatones.
No moveré la lengua, recuerda que pensó. No hablaré con él ni para pedirle agua aunque me muera de sed. Ariel llegaba de la universidad con su enorme sonrisa y se sentaba a su lado. Intentaba hacerle reír contándole chistes que recordaba que a él mismo le hacían mucha gracia cuando era niño. Pero Nico mordía la almohada y le daba la espalda para intentar no reírse. Estaba decidido a no gastar ni una sola de las palabras que tenía reservadas para Olga. Esos tres primeros días se le hicieron eternos asintiendo o negando con la cabeza a cuanta pregunta le hacía su primo. Ariel bajaba al kiosco de la esquina y le traía revistas que Nico, fingiendo desinterés, dejaba sobre la mesilla de noche para volver a coger el libro que le había regalado Olga. Aparentaba estar muy entretenido en los dibujos pero miraba a Ariel de reojo esperando que saliera de la habitación para poder ver las revistas. Pero los dos días siguientes fue Nico el ignorado. Ariel llegaba de la universidad sin decir palabra, concentrado en un montón de papeles amarillentos que extendía sobre el escritorio. Lo miraba durante largo tiempo y después sacaba una libreta y hacía anotaciones mientras Nico intentaba llamar su atención dando pequeños golpes en la pared con la pierna escayolada.
Seguramente son papeles secretos, tal vez se traten de los planos del helicóptero que usará para transportar a las nuevas especies inventadas por tu madre, le dijo convencido su padre desde un teléfono en La Habana. No lo creo, contestó Nico. Ariel no tiene cara de traficante de alas, no creo que sea contrabandista ni siquiera que sepa pilotar aviones. Dime Nico ¿Y qué cara se supone que tienen los contrabandistas? No lo sé, pero no creo que sea tan alegre como la de Ariel, tan normal. Es justamente por eso Nico, porque aparenta ser demasiado común, porque nadie sospecharía que se dedica a traficar crestas y alas como nadie puede imaginar que yo me dedico a soltar libélulas por el mundo para hacer llover. Pon mucha atención a todo lo que hace tu primo y ya verás que lo que digo no es ninguna tontería. Tras esa sonrisa se esconde un contrabandista. Los mejores disfraces son los simples, los que apenas llaman la atención, como el de fotógrafo, es bastante sencillo llevar los frascos de las libélulas escondidos entre los objetivos y la cámara. En Bangkok conocí a un chileno que le decía a todo el mundo que trabajaba para un periódico muy importante, hacía preguntas constantemente, miraba como periodista, caminaba y movía las manos como periodista, y llevaba consigo una libreta en la que escribía cuanto escuchaba. No sé si porque le caí en gracia o porque estaba muy cansado después de veinte horas de avión o tal vez sólo porque necesitaba hablar con alguien pero el caso es que terminamos charlando en un café del centro de la ciudad; ahí, después de seis tazas de café me confesó que en realidad era cazador de onomatopeyas. Recorría el mundo para capturarlas y escribirlas en diferentes idiomas; estaba dispuesto a hacer el diccionario universal de las onomatopeyas. Con él aprendí que los ladridos de los perros en Francia se escuchan como un ouah-ouah, que el canto de los gallos es cock-adoodle-doo en inglés y que los gatos nipones maúllan con un agudo nyaa. Se despidió poniéndose de nuevo su chaqueta de periodista y prometiendo que me enviaría un ejemplar del diccionario cuando estuviese completo; todavía lo espero con paciencia. ¿Te lo imaginas Nico? Sabría los sonidos que tienen las lluvias que provoco en cada rincón del mundo. La última vez que coincidí con él fue hace un par de años en Estambul, andaba tras la caza de algunos taconeos, capturando el clac-clac-clac al subir las escaleras.
Debajo de la sonrisa de tu primo Ariel, debajo de su chaqueta de pana puede que exista un verdadero contrabandista de crestas y alas, dijo su padre antes de despedirse. Fíjate en la forma que tiene de observar las cosas, en lo que hace y cómo lo hace y verás que tengo algo de razón. Y desde esa tarde Nico le siguió con la mirada. Estar tan atento a cada uno de sus movimientos, a cada uno de sus gestos le ayudaba a olvidarse por un rato de los picores de las abejas en la pierna. Descubrió la manía de Ariel de hablar para sí en voz baja como si estuviese memorizando un texto incluso cuando parecía estar dormido; descubrió esas bruscas pausas que hacía al leer, como si la lectura le obligase a buscar en el aire alguna idea o alguna imagen extraviada y le sorprendió su habilidad para escribir con ambas manos al mismo tiempo; con la diestra escribía en la libreta y con la izquierda sobre los papeles extendidos en el escritorio. Soy ambidiestro, le dijo Ariel al notarse observado y advertir el gesto de asombro en la cara de Nico. Cuando tenía tu edad también estuve con escayola, dijo Ariel con su voz de locutor de radio. Pero yo me rompí el brazo derecho y tuve que aprender a escribir con la izquierda. Cada frase de Ariel terminaba con un pequeño silbido que iba apagándose como tres puntos suspensivos, como si a las palabras se les fuese agotando el fuelle en su intento de continuar existiendo. ¿Y es muy difícil? Preguntó Nico. ¿Qué, escribir con ambas manos? No, contestó Ariel. Es cuestión de práctica; mira, pon la mano con la que escribes en la espalda. ¿Pero eres zurdo? bueno, mejor, te será más fácil. Ahora con la otra mano intenta dibujar en el aire una palabra, la que sea y ya cuando la tengas dominada inténtala escribir en un papel. Y Nico pensó en que Olga era una palabra perfecta para escribir en el aire pero no se atrevió a escribirla delante de Ariel, le dio vergüenza siquiera dibujar la redondez de la primera letra y prefirió intentarlo con libélula que también le parecía una buena palabra para escribir en el aire. A mitad de la palabra pensó Nico que tal vez tenía razón su padre y Ariel podría ser un contrabandista disfrazado de hombre común y corriente.
¿Y que miras tanto en esos papeles? Se atrevió a preguntarle en la última cucharada de guisantes a la hora de la cena. No es nada, algunas cosas del curso que me estoy aprendiendo. ¿Entonces no son los planos secretos para hacer helicópteros teledirigidos? Preguntó Nico con un tono desanimado. No, que va, no tienen nada que ver con helicópteros ¿De dónde sacaste esa idea? Mi padre me dijo que estabas construyendo un helicóptero para transportar alas de bichos. Claro, debí imaginarlo. Nunca cambiará. A tu padre hay que creerle pero la mitad de lo que dice, porque si se le cree todo se corre el peligro de estar como él, con pájaros en la cabeza todo el tiempo. Y Nico se imaginó a su padre con una bandada de mirlos orbitando en el ala negra del sombrero.
¿Entonces es mentira que sabes pilotar aviones? le preguntó ya a la hora de dormir. No, es verdad, yo antes me la pasaba pilotando aviones, era muy bueno aunque hace mucho que ya no lo hago. ¿Pero sabes qué me gustaba más que pilotarlos? Construirlos, eso me encantaba; por eso digo que hay que creerle la mitad a tu padre, porque es verdad que antes llevaba a todas partes un montón de planos para montar aviones. Compraba las piezas por separado e iba montándolos en mis ratos libres. Llegué a tener veinte aviones de combate, treinta y seis avionetas y cincuenta helicópteros, todos armados y pintados por mí. Me gustaba construirlos poco a poco, deteniéndome en cada detalle, en las hélices, en las alas y colocaba cuidadosamente cada una de sus piezas; cuando tu padre me veía me decía que yo terminaría siendo el médico oficial de los boeing 717. Pero acabé por aburrirme de los aviones y empecé a montar y desmontar cualquier cosa, cualquier aparato electrónico que me llamara la atención, empecé con todos los electrodomésticos de casa; en una sola tarde desarmé el televisor, la radio, un ventilador y hasta una lavadora para volverlos a montar con la misma velocidad. Era como hacer un puzzle de circuitos, cables y tornillos; un puzzle que conforme lo completaba iba interpretando su funcionamiento hasta que su mecanismo no tenía secretos para mí.
¿Y entonces eres como un inventor y puedes inventar maquinas extrañas y llenas de brazos y de luces? No, no puedo pero se me da muy bien reparar cualquier cosa. ¿Puedes hace que funcione el televisor de la cocina? Mi padre me contó que los colores se fugaron por una rendija y por eso todo se ve en blanco y negro. Ayer lo reparé y no te preocupes Nico, que los colores seguían allí. Y mañana tarde voy a arreglarle la vespa a tu vecina ¿A Olga? Si, a ella. Parece ser que hoy no le arrancaba. ¿Y puedo bajar a ayudarte? No creo que sea bueno para tu pierna. ¡Pero quiero aprender a arreglar motos! Anda, déjame bajar contigo. No, Nico, es mejor que no te muevas tanto, si quieres puedes mirar desde el balcón. Y en ese momento Nico sintió por primera vez una especie de ardor que subía por el cuello y que se expandía cubriéndole la boca y la nariz hasta quedarse en los ojos, un aire caliente que le obligó a cubrirse la cara con la manta. Pero anímate Nico, que ya verás que pasa pronto el tiempo y sin que te des cuenta ya te habrán quitado la escayola y podrás bajar a la calle. Pero yo quiero aprender a arreglar la moto de Olga. Mira, vamos a hacer un trato, te prometo que la repararé para que le funcione sólo unas semanas y en cuanto puedas salir conmigo te enseño como se hace y podrás repararla cuantas veces lo necesite ¿Puedes hacer eso? Claro, ya te he dicho que se me da bien reparar cualquier cosa y puedo enseñarte; sólo tienes que decirme que quieres aprender a reparar o construir y verás que no es tan complicado, todo es cuestión, como el escribir con ambas manos, de practicar, practicar mucho y de saber observar. Nico sintió como iba desapareciendo el ardor en sus ojos con la misma rapidez con la que se le había expandido en el rostro. ¿Trato hecho Nico? Asomó la cabeza fuera de la manta y descubrió a Ariel extendiéndole la mano. ¿Y me enseñarás a construir un helicóptero? Si quieres ¿Pero no prefieres una avioneta con la que hacer piruetas? No, quiero un helicóptero gigante. Muy bien, mañana voy a comprar las primeras piezas. ¿Pero tienes los planos? No me hacen falta Nico; he hecho tantos que me los sé de memoria. Y Nico se durmió pensando en el helicóptero; se lo imaginó volando en el cielo raso de su habitación, lo pudo ver salir por el balcón y bajar hasta la casa de Olga con un cargamento de figuras de papel, todos esos grillos, mantis y barcos que había hecho para ella y que desde la caída de la higuera no había podido darle. Imaginó a Olga con un libro en el balcón como todos los veranos y deteniendo de golpe la lectura al escuchar el zumbido del helicóptero, al verlo llegar hasta ella con su vuelo de insecto. Y pudo imaginar su sonrisa al descubrir en cada uno de esos pasajeros de papel la firma NJ escrita con tinta roja.
En las tres siguientes tardes Ariel ya había quitado del escritorio todos esos papeles y puesto en su lugar chapas de metal, cintas de madera, cables, imanes, minúsculas madejas de alambre de cobre y brocas que a Nico le parecieron tan delgadísimas y brillantes como el cuerpo de las libélulas.
Mi primo dice que lo más importante es empezar con el motor de las hélices, le dijo a su padre cuando llamó desde Managua. Le hubiese gustado contarle como Ariel le había enseñado a cortar los imanes y las chapas de metal, a medir y a taladrar y como había tenido que practicar unas siete veces con un hilo de coser antes de atreverse a rebobinar en espiral el alambre de cobre; pero un ruido como de panal se había metido en el teléfono y escuchaba la voz de su padre entrecortada. Antes de despedirse le prometió que estaría en casa para ver el primer vuelo de Nico.
Por la noche no quiso dormir hasta que Ariel terminase de arreglar el teléfono. Era el mal contacto de un pequeño cable lo que hacía ese ruido de panal y no unas microscópicas abejas como creyó en un principio. Se había imaginado cientos de abejas tan pequeñas como las de su pierna, moviéndose desesperadamente buscando la salida. Quizás se habían escapado de la escayola y habían terminado dentro del teléfono intentando encontrar el camino de regreso, llegó a pensar para sí.
No es necesario que se descomponga de nuevo el televisor de la cocina para volverlo abrir, ni que deje de funcionar la radio o la aspiradora, le dijo Ariel. Nico le había confesado que llevaba días despertando con ganas de descomponer algún aparato para tener la oportunidad de desarmarlo pieza a pieza, para estudiar su funcionamiento y ser capaz de arreglarlo. Dentro de nada podrás arreglar cuanto quieras, le dijo mientras volvía a abrir el televisor para que Nico descubriese los circuitos, para que supiese lo que son los condensadores y los transistores, para que tocase el cinescopio con un temblor en la mano, con la emoción y el miedo entremezclados como de quien se atreve a tocar una fiera dormida. Pero para él las últimas horas de la tarde eran las mejores del día porque se dedicaban únicamente a construir el helicóptero. Se quedaba fascinado escuchando esa voz de locutor y el silbido al final de cada frase, sin perder ni una sola de sus palabras y atento a cada explicación. Deseaba que le quitasen la escayola y poder salir a la calle para por fin aprender a pilotar el helicóptero, que, cada vez más le parecía que sin sus hélices naranjas sería idéntico al esqueleto de un animal prehistórico.
El tiempo es una lombriz muy vieja, tiene cuerpo de oruga, elástico, sin huesos y muy vanidoso Nico, le encanta ser observado, le había dicho alguna vez su padre bajo la manta. Entre más le prestes atención más se negará en apresurar o rezagar el paso. Se alarga y contrae como un acordeón. Un minuto a veces dura lo mismo que una hora y con las semanas pasa lo mismo, muchas de ellas pareciera que tienen la misma duración que una lluvia tropical y se deshacen en las manos. Y el tiempo con Ariel se deshacía entre sus dedos, avanzaba casi tan de prisa como esos jueves con Olga. Los días se le hicieron minutos ocupado en el helicóptero, desarmando y armando todos los electrodomésticos de casa, aprendiendo como hacer teléfonos con latas de conservas, linternas mágicas y caleidoscopios con espejos y cajas de cartón. Le gustaba pensar que mientras él construía tantas cosas al mismo tiempo las abejas en su pierna seguían trabajando sin parar. Pero se le hizo eterna la noche anterior antes de que le quitasen la escayola; no dejaba de moverse en la cama y para conciliar el sueño tuvo que volver a ver una y otra vez el libro que le había regalado Olga. Le parecía que los minutos se habían vuelto días, que se alargaban con su cuerpo de acordeón, y que el taxi avanzaba muy lento camino al hospital.
Mientras le quitaban la escayola miró el reloj en la pared y pensó que a esa hora Olga estaría cruzando el parque acompañada de un par de amigas, hablando en voz alta sobre libros y autores. Al llegar al edificio tuvo ganas de de saltar los escalones de cuatro en cuatro para ver a Olga pero su madre le obligo a subir en ascensor. Tardó varios minutos frente a la puerta sin decidirse a tocar. Con el ¿Quién es? en la voz de Olga Nico cayó en la cuenta de que jamás se había atrevido a tocar esa puerta, de que no sabía que color tenían las paredes y el cielo raso en la casa de Olga, ni si había montones de libros por todas partes como se había imaginado muchas veces.
Con una enorme sonrisa ella le invitó a pasar pero Nico sintió un hormigueo en las dos piernas, como si las abejas siguiesen con él y no le dejasen dar ni un paso. El rubor se le asomó por la cara al ver aparecer las dos amigas de Olga que le miraban con curiosidad. Él es Nico, dijo Olga sin dejar de sonreír. Es el hijo de los Jarquín, primo de Ariel. Y Nico no supo, no sabe como las piernas reaccionaron de pronto y le hicieron subir corriendo a casa. No entendió, no entiende porqué esa especie de ardor le subió por el cuello, por la boca y la nariz haciéndole llorar. No sabe como debajo de la manta sigue siendo solamente Nico, el hijo de los Jarquín, el primo de Ariel.
Bajo la manta escucha la voz de su madre diciéndole que vuelve al laboratorio. Pero Nico no asomará la cabeza ni siquiera al escuchar bajar el ascensor. Acariciará el barco de papel junto a su tobillo y deseará estar con su padre provocando lluvias muy lejos de Olga. Mirará los zurcidos y retales de su manta, de esa vieja manta que hoy es su cielo; el llanto le irá agotando y cerrará los ojos tal vez para soñar que por fin da de comer tabaco frito a sus propias libélulas mientras, de este lado, fuera del sueño, un barco de papel paira en las olas remansadas, casi quietas, de sus sábanas.
©Rogelio Jarquín2009.