martes 22 de septiembre de 2009

Discurso de un Jarquín


A veces (y no se puede decir que en contadas ocasiones para nuestra desgracia) la vida se presenta difícil, intranquila, dura como la piedra del mechero, mojada como el paquete de tabaco que se me olvidó sacar de la chaqueta antes de meterla a la lavadora, tímida tirando a etérea, imposible de retener entre las manos como el humo de mi cigarrillo y enredada como estos pelos que he terminado por dejar crecer en pleno verano. Me consuelo al pensar que también (y eso es siempre) se presenta corta y nerviosa como mis piernas. Entonces es cuando la quieres más (a ella, a la vida) y no importa que sea miope o ande coja de un pie después de un tango, sorda en las conversaciones a larga distancia, muda cuando al radio se le han acabado las pilas. No importa que huela mal, que comparta una canción imposible de escuchar. No importa que nos cuente del dolor de piernas por la tarde y de los pronósticos de jaquecas para mañana acompañadas de leves estreñimientos y un malestar agudo en la garganta al beber cerveza. No importa que sea corta como mis piernas, ciega como mi vista después de ocho horas frente al ordenador, no importa que se vuelva muda al mismo tiempo que yo cuando me da por pensarte, no importa que se sepa tres pasos de baile, no importa que tenga dudosos gustos musicales (en eso también soy culpable) no importa que no tenga ni un duro para recorrer mundo. Qué le voy a ser si soy un romántico y de ella me fío, qué le voy a ser si una y otra vez me consuela diciendo que las vidas son cortas y que algún día la distancia que hay entre vos y yo se quedará pequeña, minúscula, imposible de percibir a simple vista. Qué puedo hacer si la vida se me presenta con su vestido de domingo intentándome contagiar de su optimismo. Nada. No digo nada. Cuando mucho afirmo con la cabeza y pongo cara de que me creo todo y que estoy feliz esperando ese acortamiento de distancia, pero en cuanto se va la vida a consolar a otro vuelve esa angustia, será la consciencia del ser, esta tercer cerveza o simplemente el pavor que me da al saber que la vida seguirá acortándose y habrá menos cafés, menos quererte, menos extrañarte, menos dobles de cerveza, menos deseos, menos cielo, menos Madrid…
© RogelioJarquín 2008.

domingo 16 de agosto de 2009

TABACO FRITO


Zurcidos y retales en su cielo, en esta vieja manta que su padre, cuando él era más pequeño y le llevaban en brazos a dormir, le enseñó a sostener con la cabeza y las rodillas. ¿Y las sábanas? Las sábanas son un suave y manso mar que imagina extenderse más allá del borde de la cama.

El truco es sencillo, Nico, le había dicho su padre metiéndose en la cama con traje y zapatos. Consiste en taparse muy bien para que no entre nada del exterior, ni una luz, ni un viento, nada; entonces lo de afuera desaparece, no existe mientras tú estas aquí dentro, sólo existe en lo que nos da por pensar, por ejemplo ahora; yo estoy pensando en cafeteras italianas y por acto de magia afuera los coches, las oficinas y los vagones del metro se han llenado de cafeteras y todo huele a café recién hecho. Y ese día Nico pensó en gatos y le divirtió imaginar que en ese instante, por acto de magia, las fabricas de estambres, las pescaderías del mercado y la casa de su profesor se iban llenando de gatos siameses y atigrados, un coro de ronroneos amenazadores, desordenando y jugando con las madejas de estambre, comiendo sin parar y lamiendo la cara del profesor a quien seguramente se le llenaría la cara de ronchas y le entraría un ataque de estornudos, haciéndole pagar por todas esas mentiras que contaba en las clases y por las que Nico terminaba castigado, porque se negaba a creer en ellas, porque su padre, cada vez que llegaba de sus viajes, le contaba la verdad de todas las cosas.

Pero ahora no piensa en gatos, mira su tobillo izquierdo un poco más delgado que el derecho y se echa a llorar. No quiere salir de la manta porque dentro de ella ya es un adulto y va a la universidad o al trabajo, viaja muy lejos como su padre, primero en avión y luego en barco y le envía muchas postales a Olga. No quiere asomar la cabeza fuera de la manta, porque afuera sigue siendo sólo el niño de los Jarquín, el primo de Ariel, y porque quiere perderse por un rato, y la manta sirve también para eso, para desaparecer. Fíjate yo, Nico, le confesó su padre en voz muy baja, yo también lo hago cuando estoy lejos, me meto bajo las sábanas, entonces me vuelvo invisible y dejo mi habitación de hotel en Malta o en Londres y de pronto aparezco en casa y vengo a tu habitación y te soplo en la cara cuando ya estas soñando y le acaricio el pelo a tu madre porque sé que eso le ayuda a dormir. ¿Y en los aviones también desapareces? Le preguntó Nico. No, en los aviones es difícil porque por muy cubierto que esté uno, siempre hay ese roce con el hombro o el codo del compañero de asiento que hace imposible desaparecer. ¿Y entonces que haces? Seguro te quedas dormido tú también. Unas veces sí pero otras no, otras me dedico a doblar hojas de papel para ver si descubro algún invento o algún animal fantástico ¿Cómo? Si, mira, todos los inventores se le ocurrieron grandes cosas doblando hojas de papel, un doblez aquí, después otro y otro y otro más y ya tenemos un barco. Eso es mentira. Claro que no, los barcos, coches y aviones se diseñan doblando un papel y después con planchas de metal; los telescopios se inventaron después de que a un marinero se le ocurriera mirar a través de un cono y el primer reloj del mundo fue ese mismo cono lleno de arena y atado en el techo, un pequeño agujero en la punta dejaba caer los granos, y también lo de la gravedad; Newton lo descubrió no porque fuera un genio sino porque era incapaz de hacer un aeroplano de papel que pudiese volar, se esmeraba pero con tanto doblar la hoja terminaba hecha una pelota que se estampaba en seco contra el suelo. ¿Y ya descubriste muchas cosas? No Nico, nada, pero me divierto haciendo los aeroplanos que Newton no pudo hacer y los hago volar en el pasillo, sobre las cabezas de las azafatas, siempre en el sentido contrario del avión, como si regresasen al aeropuerto. Yo no sé hacer aeroplanos de papel ni nada, dijo Nico con verdadera tristeza. Claro que sabes Nico, pero no lo recuerdas. Todo es como el respirar o como andar en bicicleta o el bostezo; uno no recuerda que lo sabe hacer hasta que ve a otro hacerlo y de pronto nos entran ganas de respirar, de andar en bicicleta y bostezamos como por contagio, todos los conocimientos los tenemos en la cabeza pero un poco adormilados. Te ayudaré a despertarlos, a recordar cómo se hace un aeroplano, pero antes hay que hacer muchos barcos y algunos animales; poco a poco irás recordando, pero no se te ocurra decírselo a tu madre, ya sabes que se enfada cuando te cuento estas cosas, es lo que tiene estar tanto tiempo en el laboratorio experimentando con unos pobres bichos, que llega muy cansada como para interesarse por recordar el método para construir un barco de papel.

Cada vez que su padre regresaba de sus viajes Nico se entusiasmaba porque eso significaba que esa misma noche iba a recordar cómo hacer una figura de papel; un barco, un pez espada, un molinillo o un cangrejo de mar. En el colegio, mientras el profesor hablaba de las oraciones simples, Nico se empeñaba en la complicada figura del pegasus. En una caja de madera, bajo la cama, esconde de su madre la fuerza naval, el escuadrón aéreo y la fauna de papel. Sólo a Olga le permitía ver una a una las figuras que construía.

Nico iba al parque después del colegio y jugaba con las sombras de los árboles, saltaba de una sombra a otra como si fuesen piedras en medio de un río agitado o troncos levitando sobre un precipicio, y se subía a una rama de la higuera más alta y ahí se quedaba mirando pasar a la gente o buscando un higo maduro; sólo para coincidir con Olga en el portal, para verla llegar de la universidad en su vespa verde y con su blusa siempre roja, para entrar juntos al ascensor y que ella le dijese hasta luego con un pellizco en la mejilla o un suave tirón del pelo. Con impaciencia esperaba los jueves porque su madre tendría que quedarse más tiempo en el laboratorio y Olga tendría que subir al apartamento y quedarse toda la tarde con él, ayudarle con matemáticas y prepararle la cena. Ella se sentaba en el sofá y extendía las manos para que Nico posara en sus palmas una nueva figura de papel. ¿A qué se parece? preguntaba Nico. Una hormiga, un grillo, dudaba Olga. Es un saltamontes, los grillos son más chicos y flacos. Tienes razón, es muy bonito, pero ahora ponte a hacer los deberes. Estos son los deberes, aseguraba Nico. Tengo que hacer veintiséis saltamontes, uno por cada compañero de clase. El profesor ha organizado una competencia de saltos y piruetas, afirmaba mientras le ganaba la risa y pensaba en la mala suerte de no tener a un profesor capaz de enseñar las mediciones métricas con saltamontes y grillos de papel. Repasando las lecciones de gramática fingía no entender una oración para que ella se la explicase una y otra vez. Y antes de irse a dormir metía a escondidas en el fondo del bolso de Olga la figura mejor hecha, con su firma NJ en una pata trasera, escrita siempre con tinta roja como la blusa de Olga. Imaginaba su sorpresa al abrir el bolso y buscar el bolígrafo en la primera clase de la facultad y encontrar la figura acurrucada entre el espejo y el lápiz labial.

En las tardes soleadas de julio charlaban durante horas de balcón a balcón. Nico se asomaba y encontraba a Olga leyendo sentada en su tumbona amarilla. Le gustaba anunciar su presencia lanzándole un aeroplano de papel que aterrizaba con exactitud sobre el libro abierto. En ese breve vuelo a Nico le parecía que la blusa de Olga se volvía más roja sobre ese fondo amarillo. Hablaban de casi todo en esos diálogos de balcón. Ella le contaba de cuando era pequeña, de cuando con sus padres hacía largos viajes en coche, o de sus sueños, de esa pesadilla que se repetía, en la que se sentía en peligro, perdida en una ciudad desconocida, y que huía de la mejor forma en que se puede huir en los sueños, sobrevolando por encima de los coches y las casas. Nico le repetía como propias las palabras de su padre. Las pesadillas desaparecen si se cuentan muchas veces, llega un día en que dejan de existir, como si se desgastaran de tanto contarlas, pero hace muchos años, cuando no se sabía esto, la gente estudiaba la manera de ahuyentar las pesadillas bebiendo mil remedios, porque los sueños están en el pecho pero las pesadillas viven en el estómago, afirmaba. Sabios y monarcas antes de dormir tomaban con mucho cuidado dos brillantes caramelos de misteriosos ingredientes traídos de Alejandría que se fundían e iban cubriendo el estómago con una capa cristalina, de esa forma las pesadillas intentaban una y otra vez entrar sin conseguirlo. Ahora no, le decía como quien comparte un gran secreto, ahora basta con contar muchas veces las pesadillas para hacerlas desaparecer o cubrirse muy bien con la manta de la cama para no dejarlas entrar.

Y ahora Nico está ahí, abrazándose las piernas como si abrazara estas últimas horas de julio, un julio con ya tan pocas conversaciones de balcón, con menos tardes con Olga. Posa la frente sobre las rodillas, parapetando del mundo esa furia que se ha transformado en llanto, se oculta bajo la manta, no para evitar que se le cuelen las pesadillas sino para que no salga ese llanto que lo va agotando de a poco. Y mientras se va dejando vencer por el sueño piensa en Olga y piensa en su padre, en cuánto le gustaría estar con él en estos momentos, yendo y viniendo por todo el mundo con sus frascos con insectos amaestrados. ¿Y por qué viajas tanto? Es un secreto Nico, ni siquiera tu madre sabe a lo que me dedico, ella cree que soy fotógrafo, no puede imaginar cuál es mi oficio ¿Y cuál es? Mi oficio es tan secreto que no cuenta con ningún nombre. Te lo diré pero no puedes decírselo a tu madre ¿Y a Olga? Bueno, a ella se lo puedes contar pero hazle prometer que también guardará el secreto. En uno de los libros que tiene tu madre, leí que un tal Edward Lorenz había descubierto un hecho sorprendente; parece ser que estudiando a una mariposa descubrió por casualidad que el aire de su aleteo iba creciendo hasta ser tan fuerte que podía mover nubes y provocar grandes tormentas en el otro lado del mundo. La idea de recurrir a una mariposa para hacer llover me fascinó, pocas veces uno se encuentra en un libro tan serio cosas tan útiles. Dediqué años a la tarea de estudiar los aleteos de los insectos y sus consecuencias, me llevó tiempo cazar y adiestrar a diferentes insectos para provocar pequeñas lloviznas en el barrio a manera de simulacros, pero me llevó más tiempo convencer a mis amigos de unirse a mi idea de crear una empresa especializada en hacer llover hasta en el desierto. Empezamos ofreciendo nuestros servicios a los turistas que, tumbados en la playa les daba por preocuparse por sus geranios de casa, después a los directores de cine para ambientar alguna película de piratas o de terror, y ahora son los monarcas y jefes de estado los que recurren a nosotros para hacer llover. Las mariposas no están mal para los aguaceros. Para las lluvias de verano uso las avispas, para las tormentas eléctricas las polillas son lo mejor. Pero prefiero las libélulas porque su aleteo es más rápido y eficaz y pueden pasar de una pequeña llovizna a un diluvio en menos de un minuto. Entonces imagínate, que si un grupo de cantantes de ópera quiere que haga llover en Venecia mientras canta el Va Pensiero en mitad de la plaza de San Marcos, yo tengo que estudiar el punto exacto de la tierra donde tengo que ir con las maletas con frascos llenos de libélulas como único equipaje, y saber el momento oportuno para liberarlas y que su aleteo agitado haga el resto.

Y es lo que a Nico le gustaría estar haciendo ahora, abriendo despacio los frascos de las libélulas desde una ventana en Nueva York para que una nube moje los campos de arroz en Tailandia. Eso sería mejor, mucho mejor que seguir aquí abrazando las piernas con un llanto que de a ratos arrecia empapándole la cara y las piernas.

O si por lo menos lo que siente pudiese contarlo y contarlo hasta hacerlo desaparecer igual que a una pesadilla habitada en el estomago. O por un instante olvidarse de todo y salir planeando igual que los aviones teledirigidos, salir volando por la ventana como lo hace Olga en sus pesadillas y agitar el viento como las libélulas de su padre; volar al ras de la acera y después subir entre los sombreros de la gente y por encima de los edificios y ya desde las alturas volver a casa en línea recta aterrizando en el mismo punto del despegue. ¿Y qué haces para que los insectos no se te escapen o se pierdan? Llevan muchos años conmigo para que unos golpecitos en los frascos con los nudillos sean suficientes. Las avispas son las que vuelven enseguida, las mariposas dan paseos en espiral antes de meterse al frasco. Pero las libélulas son más distraídas y hay que tener mucho cuidado para que no se pierdan. Lo mejor es atraerlas con tabaco frito, que es lo que más les gusta comer. ¿Por qué crees entonces que siempre llevo bolsas de tabaco en la maleta? Es para que las libélulas vuelvan inmediatamente a sus frascos. Hay que hacer una picadura finita con el tabaco y freírlo a fuego lento con un poco de aceite y canela, después enfriarlo con una bolsa de hielo y ya frío meterlo en los frascos abiertos. Las libélulas cambiaran de golpe el rumbo de su vuelo y volverán al fondo de los frascos para devorar lo que para ellas es un manjar.

Se seca los ojos con el brazo izquierdo y piensa que si por lo menos fuese un poco más mayor no necesitaría meterse bajo la manta para sentirse lejos. Podría tal vez acompañar en sus viajes a su padre. Podría aprender a amaestrar a los insectos y hasta llegar a preparar tabaco frito para sus propias libélulas; unas libélulas que imagina de cuerpos verde plata y alas rápidas y transparentes.

Debajo de la almohada Nico guarda su libreta para poder hacer una figura de papel antes de dormir. Arranca una hoja y con las dos manos comienza a darle forma. Le bastan nueve dobleces para construir un barco. Lo pasea entre sus pies, sobre las sábanas como si navegara en un calmado mar. Un barco carguero clandestino como los aviones de Ariel, preparado para encontrar a su padre en cualquier lugar del mundo y llevarle su cargamento, un barco traficante de tabaco frito.

Mamá dice que el primo Ariel sabe pilotar aviones. Pero no te hagas ilusiones Nico, no creas que son de verdad, son teledirigidos. Desde que tenía tu edad empezó a pilotarlos y lo hace muy bien. Tu madre me ha dicho que viene todo el verano a tomar un curso en la universidad pero sé que no es cierto, estoy seguro. ¿Y entonces a qué viene? Es muy fácil imaginarlo. Yo creo que tiene un oficio tan secreto como el mío. Viene a traficar con los bichos con los que tu madre experimenta en el laboratorio. Seguramente tiene un helicóptero capaz de volar miles y miles de kilómetros, con el que traerá órganos de pequeños animales para que tu madre invente nuevas especies. Hará gatos escamados, peces de plumajes impermeables, roedores camaleónicos o reptiles parlantes. Todo lo hará como se hacen todas las cosas secretas, de noche, cuando la casa se encuentre dormida y quieta. ¿Y cuando vendrá a vivir a casa? El primer viernes de julio, justo el mismo día en que yo tengo que llegar a Montevideo para hacer llover en el Cairo. La tarde de ese viernes Nico esperó ansioso la llegada de Ariel; sentado sobre la rama más alta de la higuera quería mantenerse atento a todas las personas que pasaran, quería reconocer desde lejos al contrabandista de alas, crestas y escamas.

Estaba seguro que lo reconocería de inmediato, alguien con ese oficio tendría que tener algo distinto en el rostro, tendría que notársele en el andar o en la forma de vestir. Se quedó dormido en la espera. No lo vio cruzar el parque cargando dos maletas, sonriendo para nadie con su chaqueta de pana a pesar del calor.

Muchas tardes se había quedado dormido sobre la misma rama. Cuando veía salir a Olga andando rumbo a la biblioteca él corría al parque y la esperaba durante horas en lo alto de la higuera. No le importaba ser vencido por el sueño, sabía que la voz de Olga le despertaría al cruzar el parque. Ella regresaba a casa acompañada de un par de amigas con las que hablaba en voz alta de libros y autores. A Nico le bastaba oír una sola frase de la conversación para volver del sueño. Desde la rama, escondido en las hojas las veía entrar en el portal del edificio. Pero ese primer viernes de julio no era a ella a quien esperaba, no fue la voz de Olga quien le hizo despertar.

Una sensación de perder el equilibrio dentro del mismo sueño le hizo sobresaltarse en la realidad. En la caída alcanzó a ver su tobillo izquierdo doblarse contra el asfalto. Sintió bajo la piel un chicotazo seco y caliente que se expandía poco a poco por toda la pierna.

Otras veces ya había sentido ese vértigo que le despertaba de golpe. Y aunque estuviese a salvo, en medio de la cama o sentado en el sofá, el sueño le soltaba con un cabeceo inseguro de equilibrista. Es por un desajuste, un tropezón en eso que llaman la evolución de las especies, le había explicado su padre. Con todo y nuestros avances tecnológicos y científicos mantenemos ese reflejo de mono. Es porque perdimos la cola antes de tiempo. Mientras los otros monos podían dormir tranquilos colgados de los árboles, lejos del alcance de los depredadores, nosotros, si queríamos sobrevivir, teníamos que estar alertas incluso en el sueño para no perder el equilibrio y caernos. Ya después se nos ocurrió vivir en las cavernas y construir nuestras casas, pero jamás hemos podido sacudirnos ese gesto mecánico.

Tardó un instante en darse cuenta que había perdido el equilibrio ya del lado de la realidad y no del sueño. Le costó trabajo no llorar al levantarse pero las lágrimas llegaron con el primer paso. Sintió como si un aguijón ardiendo se le clavase del tobillo hasta la rodilla. En sus solitarios juegos de después de clases muchas veces regresaba a casa saltando en un solo pie, deseando vivir más lejos para tener más camino que saltar. Pero esa vez se le volvió interminable el parque, se apoyó en cada tronco de árbol para descansar cada tres saltos y le pareció que su portal del otro lado de la avenida de pronto se había alejado. Miró para todos lados buscando ayuda, pero había demasiado calor en el ambiente para que hubiese alguna persona andando por la calle o asomada en las ventanas. Ya no lloraba, concentraba todas sus fuerzas en llegar al portal. Sintió alivio al tocar el timbre y escuchar el ¿Quién es? en la voz de su madre.

A Nico le impresionó la altura de Ariel, le pareció que era enorme, que se trataba de un ser gigantesco con una asombrosa fuerza porque lo levantó del suelo con tanta facilidad como si todo Nico fuese una figura de papel o un pequeño insecto. Mientras, su madre nerviosa, intentaba con gritos y brazos parar a un taxi. Seguía con esa dolorosa sensación de tener un aguijón incrustado en la pierna pero se sentía mejor, mucho mejor con la cabeza apoyada en el pecho de su primo Ariel, sintiendo la chaqueta de pana en la cara.

En la sala de espera del hospital una de las enfermeras bromeó con Nico para que dejase de pensar en la pierna, le alisó el pelo con la mano y le pidió una sonrisa, que dejara de estar tan serio, que no podía salir con tan mala cara en las radiografías. Vio el reloj de la pared y se imaginó que a esa hora Olga ya estaría subiendo por el ascensor con sus dos amigas y tres libros de la biblioteca. Le sorprendió el frío en las manos del médico que le revisó el tobillo y que observaba con detenimiento una de las radiografías; sus dedos estaban helados y pálidos, pero más le sorprendió la blancura de la escayola que iba cubriendo su pierna. En una ocasión su padre había vuelto de Milán con una mano escayolada, pero estaba pintada de muchos colores con dibujos, símbolos, nombres y palabras escritas en otros idiomas. Dijo que le había mordido un insecto demasiado grande y demasiado salvaje para domesticar.

Afuera anochecía. En las puertas del hospital ya les esperaba Ariel con el taxi para regresar a casa. Se desilusionó al verlo tan normal, tan como cualquiera, con el pelo iluminado intermitentemente por la sirena naranja de una ambulancia aparcada, con la cara de quien tiene un oficio cualquiera; sonriendo con la chaqueta de pana entre las manos y la puerta abierta del taxi. No era un gigante, ni siquiera era más alto que su padre. Tenía una voz fuerte y amable de locutor de radio y no tosca y grave como esperaba que tuviese un contrabandista. Su padre se había equivocado por primera vez, se lamentó para sí Nico. Se había roto una pierna para nada, para esperar a un hombre común y corriente como todos los hombres comunes y corrientes que ya habitan en el barrio.

Tuvo que esperar hasta la tarde siguiente para ver a Olga y presumirle la pierna escayolada, con el mismo entusiasmo con que le enseñaba una nueva figura de papel. A su madre y su primo les dijo que se había tropezado y caído intentando subir los escalones de cuatro en cuatro; sabía que su madre le reñiría menos que si le hubiese contado la verdad. Pero a su padre y a Olga les confesó lo que había ocurrido, que había sido una caída libre desde lo alto de la higuera. Olga subió a la hora del café de después de comer, con un Hola qué tal para su madre, un Mucho gusto y bienvenido para Ariel y una bolsa de galletas y un libro para Nico; las galletas eran de almendras y el libro, el libro más que para leer era para contemplar, con la dedicatoria de Olga escrita a lápiz en la primera página, las ilustraciones en rojo y marrón, con el fondo del color natural del papel, contando la vida de un músico de jazz, con tan pocas palabras que las que había no les quedaba más remedio que formar parte de los dibujos, dibujos que parecían llevar melodías en sus sencillos trazos.

Me ha dicho el médico que voy a estar tres semanas con la escayola, le contó a su padre esa misma tarde, cuando llamó desde un hotel en Buenos Aires. Que tengo que quedarme quieto, que se puede soldar mal el hueso si me muevo mucho. Vaya, dijo su padre desde el otro lado del teléfono. Que mala suerte que te fallara el equilibrio ¿Pero ese médico te contó cómo y quién repara los huesos? No creas que la escayola es para que no muevas el pie. En realidad es un panal, un panal de abejas. Ponen microscópicos huevos entre el vendaje, de los que nacen abejas igualmente microscópicas, poco a poco reconstruyen el tobillo, empiezan por reconstruir el hueso y terminan por la piel. Hay que aguantar algún ataque de picores porque las abejas están trabajando día y noche. Cuando el tobillo esté como nuevo las abejas se desintegraran porque habrán acabado su labor. No te asustes si cuando al quitarte la escayola notas que ese tobillo es más delgado, eso es porque las abejas reconstruyen a memoria, sin medidas ni planos y es normal que se olviden de las proporciones originales. Con el tiempo irá teniendo el tamaño del otro tobillo. ¿Y también esas abejas comen tabaco frito? No, ellas van mordisqueando por dentro las paredes de yeso de su panal. No les gusta el tabaco frito pero les fascinan los colores y el olor a tinta. La costumbre de escribir en la escayola cuando uno se rompe algún hueso empezó con el fin de tener contentas a las abejas. Siempre es mejor tener alegre a quienes van a repararte el tobillo.

Esa noche los primeros picores en la pierna le mantuvieron despierto; se imaginó a las abejas trabajando en pequeños escuadrones, yendo y viniendo sin parar, construyendo bóvedas y túneles por dentro de la tibia. En la cama de a lado Ariel dormía placidamente, con la misma sonrisa de todo el día. Logró distraerse y conciliar el sueño hojeando una y otra vez el libro del músico de jazz.

Creo que es el libro ideal para regalarte... hasta a tí te dejará sin palabras decía la dedicatoria que había escrito Olga. En realidad sólo con ella le daba por hablar y hablar sin tregua. En las clases terminaba castigado por no contestar a las preguntas de geografía, distraído en el mapa dibujado por una grieta de la pared. Pero con ella le salían las palabras sin darse cuenta. Se apropiaba de los viajes que le narraba su padre para tener siempre algo nuevo que contarle. Le describía con lujo de detalle cada calle, cada aroma, cada clima, como si realmente hubiese estado alguna vez en todos esos lugares, buscando una habitación de hotel en Delhi o Montreal.

Se ilusionó pensando que esas tres semanas de escayola y cama estarían llenas de los viajes y rutas de su padre, historias revividas por Nico para Olga. Dio por seguro que su madre, agobiada en el laboratorio entre microscopios y tubos de ensayo no tendría tiempo para cuidarle, ocupada en endurecer el caparazón de una nueva especie de roedor o en transplantar la cresta de un gallo a una salamandra. Entonces Olga subiría todos los días, le prepararía un vaso de zumo, traería más bolsas de galletas con almendras y puede que hasta le sorprenda regalándole un nuevo libro, también con un cuento hecho para ser narrado por muchos dibujos y pocas palabras.

Pero Nico no llegaría a llenar julio con historias para Olga, esas semanas no habrían de ser de conversaciones continuadas, tampoco habría vasos de zumos ni más bolsas de galletas como llegó a imaginar, tan claramente que pudo sentir las almendras jugueteando en su boca y el primer trago acido del zumo de naranja.

Ariel había organizado los cursos en la universidad para que ni siquiera los jueves por la tarde su madre tuviese que llamar a Olga. ¿Con quién vas a estar mejor que con la familia, Nico? Tu primo se va a encargar de cuidarte muy bien, le anunció su madre antes de salir al laboratorio. Estará por la mañana fuera de casa un par de horas pero luego vendrá a estar contigo. Ya eres grande y no creo que te pase nada si te dejamos dos horas solo. Te lo vas a pasar muy bien, ya verás; Ariel sabe muchas cosas, te puede sorprender lo que sabe Ariel. ¿Quieres que te traiga algo antes de irme? Tengo sueño, contestó Nico desde la cama. Cerró los ojos y no los abrió hasta que escuchó bajar el ascensor. En ese instante crecía el picor de abeja en la pierna pero le importó muy poco. Sintió, como ahora, el calor del coraje expandirse por la cara, le invadieron unas ganas de llorar y hundió el rostro en la almohada hasta que el llanto cesó y el cansancio le venció obligándole a dormir.

Hubiese querido encontrar la manera de retroceder el tiempo unos días atrás, salvar su julio con Olga; no haberse alegrado tanto con la idea de tener a Ariel en casa, no haberle esperado en la higuera, evitar la caída, no haberse roto el tobillo. Deseó con todas sus fuerzas que por una sola vez el manejar la dirección del tiempo no fuese imposible como afirmaba su padre. No Nico, no se puede regresar o adelantar el tiempo. No se tratan de unas casillas que saltas para delante o para atrás como en el tablero de ajedrez. En todo caso es como una caracola que se va ampliando y ampliando mientras se deshace en el punto inicial. La espiral continúa avanzando y nosotros avanzamos sobre ella. Pero si miramos a un lado podemos ver el recorrido de la espiral y a veces hasta se nos aparecen ante nuestros ojos cosas que quedaron en el pasado, imágenes nítidas pero antiguas como un cinema o como si fuesen fantasmas extraviados. ¿Imágenes viejas? Si, Nico, es como viajar en el tiempo, sólo que son ellas, las imágenes, las que viajan y no nosotros. Todo se vuelve imagen al reflejarse en los espejos, en el agua o en el brillo del metal. Sin hacerse notar, casi invisibles, las imágenes rebotan, chocan entre sí, se desvían saltando de reflejo en reflejo y de esa manera viajan de aquí para allá durante mucho tiempo. Cuando las imágenes llegan al mismo lugar de partida y se cruzan y se mezclan con los rayos de luz que se estampan con toda su fuerza contra el suelo, es en ese instante y sólo para ese instante en que las imágenes hacen su aparición con todo su color y por ese breve tiempo son reales. Hay quienes creen que las imágenes sólo son ilusiones ópticas, que en realidad son objetos lejanos que aparecen muy cerca porque el aire caliente se vuelve una lente, acercando lo lejano. Es más fácil creer eso y llamar a las imágenes espejismos, pero ahora que sabes la verdad, que son imágenes viajeras, debes mantenerte alerta para no perderte ninguna. Yo una vez vi diez galeras españolas en llamas cruzando Amberes entre coches y gente que caminaba inmutable frente a ellas; en otra ocasión vi una locomotora de vapor sobre las vías del metro en Berlín y hasta llegué a ver en París a un caballero templario cruzando a caballo un paso de peatones.

No moveré la lengua, recuerda que pensó. No hablaré con él ni para pedirle agua aunque me muera de sed. Ariel llegaba de la universidad con su enorme sonrisa y se sentaba a su lado. Intentaba hacerle reír contándole chistes que recordaba que a él mismo le hacían mucha gracia cuando era niño. Pero Nico mordía la almohada y le daba la espalda para intentar no reírse. Estaba decidido a no gastar ni una sola de las palabras que tenía reservadas para Olga. Esos tres primeros días se le hicieron eternos asintiendo o negando con la cabeza a cuanta pregunta le hacía su primo. Ariel bajaba al kiosco de la esquina y le traía revistas que Nico, fingiendo desinterés, dejaba sobre la mesilla de noche para volver a coger el libro que le había regalado Olga. Aparentaba estar muy entretenido en los dibujos pero miraba a Ariel de reojo esperando que saliera de la habitación para poder ver las revistas. Pero los dos días siguientes fue Nico el ignorado. Ariel llegaba de la universidad sin decir palabra, concentrado en un montón de papeles amarillentos que extendía sobre el escritorio. Lo miraba durante largo tiempo y después sacaba una libreta y hacía anotaciones mientras Nico intentaba llamar su atención dando pequeños golpes en la pared con la pierna escayolada.

Seguramente son papeles secretos, tal vez se traten de los planos del helicóptero que usará para transportar a las nuevas especies inventadas por tu madre, le dijo convencido su padre desde un teléfono en La Habana. No lo creo, contestó Nico. Ariel no tiene cara de traficante de alas, no creo que sea contrabandista ni siquiera que sepa pilotar aviones. Dime Nico ¿Y qué cara se supone que tienen los contrabandistas? No lo sé, pero no creo que sea tan alegre como la de Ariel, tan normal. Es justamente por eso Nico, porque aparenta ser demasiado común, porque nadie sospecharía que se dedica a traficar crestas y alas como nadie puede imaginar que yo me dedico a soltar libélulas por el mundo para hacer llover. Pon mucha atención a todo lo que hace tu primo y ya verás que lo que digo no es ninguna tontería. Tras esa sonrisa se esconde un contrabandista. Los mejores disfraces son los simples, los que apenas llaman la atención, como el de fotógrafo, es bastante sencillo llevar los frascos de las libélulas escondidos entre los objetivos y la cámara. En Bangkok conocí a un chileno que le decía a todo el mundo que trabajaba para un periódico muy importante, hacía preguntas constantemente, miraba como periodista, caminaba y movía las manos como periodista, y llevaba consigo una libreta en la que escribía cuanto escuchaba. No sé si porque le caí en gracia o porque estaba muy cansado después de veinte horas de avión o tal vez sólo porque necesitaba hablar con alguien pero el caso es que terminamos charlando en un café del centro de la ciudad; ahí, después de seis tazas de café me confesó que en realidad era cazador de onomatopeyas. Recorría el mundo para capturarlas y escribirlas en diferentes idiomas; estaba dispuesto a hacer el diccionario universal de las onomatopeyas. Con él aprendí que los ladridos de los perros en Francia se escuchan como un ouah-ouah, que el canto de los gallos es cock-adoodle-doo en inglés y que los gatos nipones maúllan con un agudo nyaa. Se despidió poniéndose de nuevo su chaqueta de periodista y prometiendo que me enviaría un ejemplar del diccionario cuando estuviese completo; todavía lo espero con paciencia. ¿Te lo imaginas Nico? Sabría los sonidos que tienen las lluvias que provoco en cada rincón del mundo. La última vez que coincidí con él fue hace un par de años en Estambul, andaba tras la caza de algunos taconeos, capturando el clac-clac-clac al subir las escaleras.

Debajo de la sonrisa de tu primo Ariel, debajo de su chaqueta de pana puede que exista un verdadero contrabandista de crestas y alas, dijo su padre antes de despedirse. Fíjate en la forma que tiene de observar las cosas, en lo que hace y cómo lo hace y verás que tengo algo de razón. Y desde esa tarde Nico le siguió con la mirada. Estar tan atento a cada uno de sus movimientos, a cada uno de sus gestos le ayudaba a olvidarse por un rato de los picores de las abejas en la pierna. Descubrió la manía de Ariel de hablar para sí en voz baja como si estuviese memorizando un texto incluso cuando parecía estar dormido; descubrió esas bruscas pausas que hacía al leer, como si la lectura le obligase a buscar en el aire alguna idea o alguna imagen extraviada y le sorprendió su habilidad para escribir con ambas manos al mismo tiempo; con la diestra escribía en la libreta y con la izquierda sobre los papeles extendidos en el escritorio. Soy ambidiestro, le dijo Ariel al notarse observado y advertir el gesto de asombro en la cara de Nico. Cuando tenía tu edad también estuve con escayola, dijo Ariel con su voz de locutor de radio. Pero yo me rompí el brazo derecho y tuve que aprender a escribir con la izquierda. Cada frase de Ariel terminaba con un pequeño silbido que iba apagándose como tres puntos suspensivos, como si a las palabras se les fuese agotando el fuelle en su intento de continuar existiendo. ¿Y es muy difícil? Preguntó Nico. ¿Qué, escribir con ambas manos? No, contestó Ariel. Es cuestión de práctica; mira, pon la mano con la que escribes en la espalda. ¿Pero eres zurdo? bueno, mejor, te será más fácil. Ahora con la otra mano intenta dibujar en el aire una palabra, la que sea y ya cuando la tengas dominada inténtala escribir en un papel. Y Nico pensó en que Olga era una palabra perfecta para escribir en el aire pero no se atrevió a escribirla delante de Ariel, le dio vergüenza siquiera dibujar la redondez de la primera letra y prefirió intentarlo con libélula que también le parecía una buena palabra para escribir en el aire. A mitad de la palabra pensó Nico que tal vez tenía razón su padre y Ariel podría ser un contrabandista disfrazado de hombre común y corriente.

¿Y que miras tanto en esos papeles? Se atrevió a preguntarle en la última cucharada de guisantes a la hora de la cena. No es nada, algunas cosas del curso que me estoy aprendiendo. ¿Entonces no son los planos secretos para hacer helicópteros teledirigidos? Preguntó Nico con un tono desanimado. No, que va, no tienen nada que ver con helicópteros ¿De dónde sacaste esa idea? Mi padre me dijo que estabas construyendo un helicóptero para transportar alas de bichos. Claro, debí imaginarlo. Nunca cambiará. A tu padre hay que creerle pero la mitad de lo que dice, porque si se le cree todo se corre el peligro de estar como él, con pájaros en la cabeza todo el tiempo. Y Nico se imaginó a su padre con una bandada de mirlos orbitando en el ala negra del sombrero.

¿Entonces es mentira que sabes pilotar aviones? le preguntó ya a la hora de dormir. No, es verdad, yo antes me la pasaba pilotando aviones, era muy bueno aunque hace mucho que ya no lo hago. ¿Pero sabes qué me gustaba más que pilotarlos? Construirlos, eso me encantaba; por eso digo que hay que creerle la mitad a tu padre, porque es verdad que antes llevaba a todas partes un montón de planos para montar aviones. Compraba las piezas por separado e iba montándolos en mis ratos libres. Llegué a tener veinte aviones de combate, treinta y seis avionetas y cincuenta helicópteros, todos armados y pintados por mí. Me gustaba construirlos poco a poco, deteniéndome en cada detalle, en las hélices, en las alas y colocaba cuidadosamente cada una de sus piezas; cuando tu padre me veía me decía que yo terminaría siendo el médico oficial de los boeing 717. Pero acabé por aburrirme de los aviones y empecé a montar y desmontar cualquier cosa, cualquier aparato electrónico que me llamara la atención, empecé con todos los electrodomésticos de casa; en una sola tarde desarmé el televisor, la radio, un ventilador y hasta una lavadora para volverlos a montar con la misma velocidad. Era como hacer un puzzle de circuitos, cables y tornillos; un puzzle que conforme lo completaba iba interpretando su funcionamiento hasta que su mecanismo no tenía secretos para mí.

¿Y entonces eres como un inventor y puedes inventar maquinas extrañas y llenas de brazos y de luces? No, no puedo pero se me da muy bien reparar cualquier cosa. ¿Puedes hace que funcione el televisor de la cocina? Mi padre me contó que los colores se fugaron por una rendija y por eso todo se ve en blanco y negro. Ayer lo reparé y no te preocupes Nico, que los colores seguían allí. Y mañana tarde voy a arreglarle la vespa a tu vecina ¿A Olga? Si, a ella. Parece ser que hoy no le arrancaba. ¿Y puedo bajar a ayudarte? No creo que sea bueno para tu pierna. ¡Pero quiero aprender a arreglar motos! Anda, déjame bajar contigo. No, Nico, es mejor que no te muevas tanto, si quieres puedes mirar desde el balcón. Y en ese momento Nico sintió por primera vez una especie de ardor que subía por el cuello y que se expandía cubriéndole la boca y la nariz hasta quedarse en los ojos, un aire caliente que le obligó a cubrirse la cara con la manta. Pero anímate Nico, que ya verás que pasa pronto el tiempo y sin que te des cuenta ya te habrán quitado la escayola y podrás bajar a la calle. Pero yo quiero aprender a arreglar la moto de Olga. Mira, vamos a hacer un trato, te prometo que la repararé para que le funcione sólo unas semanas y en cuanto puedas salir conmigo te enseño como se hace y podrás repararla cuantas veces lo necesite ¿Puedes hacer eso? Claro, ya te he dicho que se me da bien reparar cualquier cosa y puedo enseñarte; sólo tienes que decirme que quieres aprender a reparar o construir y verás que no es tan complicado, todo es cuestión, como el escribir con ambas manos, de practicar, practicar mucho y de saber observar. Nico sintió como iba desapareciendo el ardor en sus ojos con la misma rapidez con la que se le había expandido en el rostro. ¿Trato hecho Nico? Asomó la cabeza fuera de la manta y descubrió a Ariel extendiéndole la mano. ¿Y me enseñarás a construir un helicóptero? Si quieres ¿Pero no prefieres una avioneta con la que hacer piruetas? No, quiero un helicóptero gigante. Muy bien, mañana voy a comprar las primeras piezas. ¿Pero tienes los planos? No me hacen falta Nico; he hecho tantos que me los sé de memoria. Y Nico se durmió pensando en el helicóptero; se lo imaginó volando en el cielo raso de su habitación, lo pudo ver salir por el balcón y bajar hasta la casa de Olga con un cargamento de figuras de papel, todos esos grillos, mantis y barcos que había hecho para ella y que desde la caída de la higuera no había podido darle. Imaginó a Olga con un libro en el balcón como todos los veranos y deteniendo de golpe la lectura al escuchar el zumbido del helicóptero, al verlo llegar hasta ella con su vuelo de insecto. Y pudo imaginar su sonrisa al descubrir en cada uno de esos pasajeros de papel la firma NJ escrita con tinta roja.

En las tres siguientes tardes Ariel ya había quitado del escritorio todos esos papeles y puesto en su lugar chapas de metal, cintas de madera, cables, imanes, minúsculas madejas de alambre de cobre y brocas que a Nico le parecieron tan delgadísimas y brillantes como el cuerpo de las libélulas.

Mi primo dice que lo más importante es empezar con el motor de las hélices, le dijo a su padre cuando llamó desde Managua. Le hubiese gustado contarle como Ariel le había enseñado a cortar los imanes y las chapas de metal, a medir y a taladrar y como había tenido que practicar unas siete veces con un hilo de coser antes de atreverse a rebobinar en espiral el alambre de cobre; pero un ruido como de panal se había metido en el teléfono y escuchaba la voz de su padre entrecortada. Antes de despedirse le prometió que estaría en casa para ver el primer vuelo de Nico.

Por la noche no quiso dormir hasta que Ariel terminase de arreglar el teléfono. Era el mal contacto de un pequeño cable lo que hacía ese ruido de panal y no unas microscópicas abejas como creyó en un principio. Se había imaginado cientos de abejas tan pequeñas como las de su pierna, moviéndose desesperadamente buscando la salida. Quizás se habían escapado de la escayola y habían terminado dentro del teléfono intentando encontrar el camino de regreso, llegó a pensar para sí.

No es necesario que se descomponga de nuevo el televisor de la cocina para volverlo abrir, ni que deje de funcionar la radio o la aspiradora, le dijo Ariel. Nico le había confesado que llevaba días despertando con ganas de descomponer algún aparato para tener la oportunidad de desarmarlo pieza a pieza, para estudiar su funcionamiento y ser capaz de arreglarlo. Dentro de nada podrás arreglar cuanto quieras, le dijo mientras volvía a abrir el televisor para que Nico descubriese los circuitos, para que supiese lo que son los condensadores y los transistores, para que tocase el cinescopio con un temblor en la mano, con la emoción y el miedo entremezclados como de quien se atreve a tocar una fiera dormida. Pero para él las últimas horas de la tarde eran las mejores del día porque se dedicaban únicamente a construir el helicóptero. Se quedaba fascinado escuchando esa voz de locutor y el silbido al final de cada frase, sin perder ni una sola de sus palabras y atento a cada explicación. Deseaba que le quitasen la escayola y poder salir a la calle para por fin aprender a pilotar el helicóptero, que, cada vez más le parecía que sin sus hélices naranjas sería idéntico al esqueleto de un animal prehistórico.

El tiempo es una lombriz muy vieja, tiene cuerpo de oruga, elástico, sin huesos y muy vanidoso Nico, le encanta ser observado, le había dicho alguna vez su padre bajo la manta. Entre más le prestes atención más se negará en apresurar o rezagar el paso. Se alarga y contrae como un acordeón. Un minuto a veces dura lo mismo que una hora y con las semanas pasa lo mismo, muchas de ellas pareciera que tienen la misma duración que una lluvia tropical y se deshacen en las manos. Y el tiempo con Ariel se deshacía entre sus dedos, avanzaba casi tan de prisa como esos jueves con Olga. Los días se le hicieron minutos ocupado en el helicóptero, desarmando y armando todos los electrodomésticos de casa, aprendiendo como hacer teléfonos con latas de conservas, linternas mágicas y caleidoscopios con espejos y cajas de cartón. Le gustaba pensar que mientras él construía tantas cosas al mismo tiempo las abejas en su pierna seguían trabajando sin parar. Pero se le hizo eterna la noche anterior antes de que le quitasen la escayola; no dejaba de moverse en la cama y para conciliar el sueño tuvo que volver a ver una y otra vez el libro que le había regalado Olga. Le parecía que los minutos se habían vuelto días, que se alargaban con su cuerpo de acordeón, y que el taxi avanzaba muy lento camino al hospital.

Mientras le quitaban la escayola miró el reloj en la pared y pensó que a esa hora Olga estaría cruzando el parque acompañada de un par de amigas, hablando en voz alta sobre libros y autores. Al llegar al edificio tuvo ganas de de saltar los escalones de cuatro en cuatro para ver a Olga pero su madre le obligo a subir en ascensor. Tardó varios minutos frente a la puerta sin decidirse a tocar. Con el ¿Quién es? en la voz de Olga Nico cayó en la cuenta de que jamás se había atrevido a tocar esa puerta, de que no sabía que color tenían las paredes y el cielo raso en la casa de Olga, ni si había montones de libros por todas partes como se había imaginado muchas veces.

Con una enorme sonrisa ella le invitó a pasar pero Nico sintió un hormigueo en las dos piernas, como si las abejas siguiesen con él y no le dejasen dar ni un paso. El rubor se le asomó por la cara al ver aparecer las dos amigas de Olga que le miraban con curiosidad. Él es Nico, dijo Olga sin dejar de sonreír. Es el hijo de los Jarquín, primo de Ariel. Y Nico no supo, no sabe como las piernas reaccionaron de pronto y le hicieron subir corriendo a casa. No entendió, no entiende porqué esa especie de ardor le subió por el cuello, por la boca y la nariz haciéndole llorar. No sabe como debajo de la manta sigue siendo solamente Nico, el hijo de los Jarquín, el primo de Ariel.

Bajo la manta escucha la voz de su madre diciéndole que vuelve al laboratorio. Pero Nico no asomará la cabeza ni siquiera al escuchar bajar el ascensor. Acariciará el barco de papel junto a su tobillo y deseará estar con su padre provocando lluvias muy lejos de Olga. Mirará los zurcidos y retales de su manta, de esa vieja manta que hoy es su cielo; el llanto le irá agotando y cerrará los ojos tal vez para soñar que por fin da de comer tabaco frito a sus propias libélulas mientras, de este lado, fuera del sueño, un barco de papel paira en las olas remansadas, casi quietas, de sus sábanas.

©Rogelio Jarquín2009.

martes 12 de mayo de 2009

7 (Balas perdidas)


Así de pronto nos cambia el humor, con la luna en un charco mojándonos los zapatos, o porque hemos consentido que se cuele por las persianas en rebanadas, se pose en la cabecera de la cama y nos estampe franjas lunares en toda la cara; o simplemente porque hemos decidido salir de noche y dejarnos bañar en su luz. Entonces de golpe nos cambia el carácter, la mirada y puede que hasta la forma en que balanceamos los brazos al andar. En cuestión de segundos pasamos de una tristeza sin fin a una alegría igualmente infinita, del astigmatismo a la miopía, del placer de la primera calada del cigarrillo a un continuado ataque de asma que nos mantiene en vela, del nunca al para siempre.

Para algunos sería preferible que la luna jamás se mostrase tan llena porque les desordena las palabras, que es peor que desordenarles las ideas, porque un repentino tartamudeo les obliga a retroceder en cada frase, vuelta a empezar como un trabalenguas o un complicado paso de baile que no termina por salir.

No será sencillo confesarte, confesarme, que este temblor de labios, este continuo desearte también va en crecimiento con las fases de la luna, que es ella la culpable que te escriba con todos los dedos, a toda máquina y que mientras lo hago, voy imaginando que mi boca recorre tu cuello, besando ese camino de lunares.

Es lo que sucede cuando se ha nacido en una familia demasiado sensible a los plenilunios. Porque del árbol genealógico de los Jarquín (un naranjo muy pequeño, un millar por todo el mundo, un poco más, quizás) me tocó la rama más lunática; unas hojas que se transforman y se agitan como el mar.

En las noches de luna llena a mi madre le da por llorar mientras escucha a María Callas, le da por recordarse a sus veinte años, entregada a la música, le da por volver a vivir aquel día; ella resplandeciente a punto de ser aceptada en un importante coro; la gente maravillada con su perfecto ir y venir de agudos y graves. Empieza su llanto poco a poco al tiempo que maldice a ese alguien que se le ocurrió abrir la puerta y dejar entrar a la luna con toda su luz en el momento de su gran final, haciéndole desafinar terriblemente. Una y otra vez lo intenta, en el gran ventanal del salón se pone a cantar enfrentada a la luna llena y parece que su voz vuelve a levantarse con dulzura por toda la casa, pero en un breve instante se amarga obligándola a callarse, y venga a recordar y venga a llorar.

En el otro extremo del licántropo de siempre se encuentra mi padre. Poseedor de la única barba cerrada de la familia, apenas descubre a la luna en el cielo aún azul y ya le invade un pánico incontrolable a la alopecia, y sin oír razones se lanza a buscar a la farmacia y las tiendas todos los tratamientos contra la caída del pelo. Su pánico se vuelve un gran entusiasmo a la mañana siguiente, cuando comprueba frente al espejo que su barba sigue intacta.

A mi hermano mayor le asalta una sed de burbujas que le obliga a beberse litros y litros de tónicas, a beberse vasos y vasos de agua con sal de frutas, terminando por masticar cualquier pastilla efervescente que encuentra en el botiquín, para después dormirse con una espumosa sonrisa en la cara.

A mi hermana menor le da por el protestantismo y sonambulismo al mismo grado. De pronto, en mitad de la noche su voz nos sobresalta; la descubrimos al pie da la cama, con los ojos abiertos pero ausente, hablándonos de pestes, de falsos profetas y de condenas eternas. Al despertar no recuerda nada y eso le ayuda a continuar tranquilamente con su atea vida.

Te confieso que me costó tiempo y valor aceptar que de entre toda mi familia, algunos amigos y vecinos (que no son Jarquín pero poco les falta) sea yo al que más le afecta la luna y sus cambiantes rostros. Porque a diferencia de ellos que padecen y se agitan y se transforman sólo en luna llena, en mi no desaparece, al contrario, va aumentando y disminuyendo al mismo tiempo que la luna mengua o se llena. He llegado a la conclusión de que todo se debe a que nací justo en el momento en que la redondez del plenilunio era más naranja, en el instante que el esfuerzo de mi madre en el parto se mezcló con sus recuerdos, mientras mi padre en el pasillo le preguntaba a una enfermera rubia por sus trucos para mantener esa melena tan fuerte y brillante. A eso se debe que te escriba con todas las fuerzas de mis dedos contra las teclas negras de mi máquina, a que te escriba sin parar algo que había empezado con un tecleo sonoro, pero lento, como quien comprueba la afinación de un piano. A eso se debe que en la luna menguante necesite sólo unas tímidas gotas de vinagre para aliñar la ensalada y que en la luna llena empape la lechuga hasta ennegrecerla, hasta que el vinagre me llegue a la nariz antes que a la boca; a que poco a poco mi apetito se vuelva voraz, a que las horas dedicadas al sueño aminoren. Es la luna responsable de que poco a poco ignore la única herencia segura que tengo de mi madre, esa desafinada y agria voz que permanece en mí todo el tiempo, ese querer y no poder; ese empezar una melodía con un silbido inocente que día a día va acercándose más y más a una desgañitada voz que tortura a quien la escucha. Con la imaginación pasa lo mismo, con esas historias que escribo, empiezo escribiendo una frase en un papel, una línea que se me ocurre de pronto, entre sueño y sueño, y termino por escuchar en mi cabeza las voces de mis personajes, largos monólogos, diálogos y riñas que no escribo porque me cuesta seguirles. Con cada fase lunar los ojos se van poniendo rojos hasta que ningún colirio puede quitarme la irritación.

Y el deseo, este desearte crece y disminuye continuamente, pero no desaparece como no desaparece la luna. Primero imagino que beso tus manos y me basta con besar tus manos, pero poco a poco voy necesitando besarte más al mismo tiempo en que voy imaginando que tú misma vas desprendiéndote de la ropa; para cuando vuelva la luna llena ya me habré imaginado a mí mismo retozando entre tu desnudez. Y día a día voy sobreviviendo a todos estos efectos mientras te veo serena, andando de noche o escuchando en un café la música que jamás podré tocar. Porque de pronto me dan ganas de renegar de mi apellido, dejar de ser por un momento Jarquín y poder controlarme sin importarme el plenilunio sobre mi cabeza, ser capaz de cantar o de tocar una melodía que llegue volátil hasta donde te encuentras, de ser Félix Antolín y hacer que setenta y seis teclas toquen como si fuesen noventa y siete en cualquier bar de Madrid, inventar de nuevo el fuego como Gene Krupa y sus platos igualmente lunares, hilvanar una caricia de arco y cuerdas como si no me llamase Jarquín sino Joshua Bell.

No es fácil confesarte, confesarme, que es por la luna que he asumido ser un músico frustrado, y que me he tenido que refugiar en la literatura, porque a veces, con un poco de suerte, descubro alguna palabra de naturaleza volátil, como la música.

Cómo no enloquecer de ganas de saber en que te cambia la luna. Si apenas escucho unos segundos de ese viento que la trompeta de Jerry González convierte en luz y de pronto me va invadiendo la convicción de que yo también puedo, de que también soy capaz de llenar de sonido el aire que hay entre tú y yo. Es entonces, en la brillantez más alta del plenilunio, cuando me visto con mis mejores ropas y me siento frente a lo más parecido a piano que voy a estar jamás. Y con un solo de mi vieja Olivetti voy tocando a mi manera esta caricia que te escribo y que llegará segura hasta donde te encuentras, mientras te muerdes los labios, miras al cielo y le echas la culpa a la luna llena por esa picadura de avispa que sientes al hablar, sin imaginarte, sin sospechar ni por un segundo que soy yo, un Jarquín besándote la comisura de los labios.

©2009 Rogelio Jarquín. Veinticinco balas perdidas y un revolver de fogueo.

domingo 26 de abril de 2009

3 (Balas perdidas)

Gracias a que es una persona de naturaleza más bien positiva, ve con muy buenos ojos que el mundo avance y se acelere, a que a estas alturas a nadie se le ocurra viajar en metro y tragarse un ladrillo como El Quijote, por eso apenas pone un pie en la calle y ya se ve a sí mismo homenajeado y premiado con un lugar en la Real Academia, probando la comodidad de sus sillones, eligiendo entre tanto respaldo de letra bordada. La gente le mira mal porque está sonriendo, porque va por la calle abrazando en un único folio lo que cree su mejor obra, un verdadero bet-seller:

"BREVÍSIMO PERO DETALLADO EJEMPLO PARA LA PREPARACIÓN Y EJECUCIÓN DE UNA HUIDA EXITOSA, SIN QUE LOS MOTIVOS IMPORTEN DEMASIADO"

-¡Señor conductor, Aquí es donde me bajo!-dijo pegándose un tiro en la sien.


©2009 Rogelio Jarquín. Veinticinco balas perdidas y un revolver de fogueo.

sábado 25 de abril de 2009

MMIX



A Irene


Le cuesta aceptar que tiene miedo, que está verdaderamente preocupado, nervioso como el aleteo de un insecto alrededor de una bombilla.

Y no es por los titulares perfectamente impresos en los periódicos del desayuno, sino por esos cada vez más ligeros sobres de azúcar en el café, tampoco es por las noticias tan llenas de cifras en el telediario de la comida sino por esa extraña sensación de que faltan gajos en el pomelo del postre. No parece afectarle que a la hora de la cena su mujer le obligue a dejar de escribir amenazando con apagar el viejo flexo de su escritorio, para que ya sentados a la mesa ella pueda repetirle el mismo discurso entre cucharadas de sopa, y que, con un final de sobreactuados suspiros, intente convencerle de lo idóneo del momento para hacer un viaje, antes de que esas palmeras del caribe se alejen cada vez más. Pero él no puede evitar sentir escalofríos al ver la delgadez de los fideos en el fondo del plato.

Para salir a la calle finge tener prisa o estar concentrado en una lectura importante, porque le falta sangre fría para pasar por la puerta de la cocina sin compadecer a su encorbatado suegro que, subido en uno de los taburetes, discute sobre bajos presupuestos con altos cargos que a su vez, se debaten desde el fondo de la radio, donde no pueden escucharle. Intenta seguir de largo cada vez que se cruza en el descansillo con un grupo de vecinos, porque con unas cuantas frases que alcanza a escuchar desde la escalera ya sabe que eso que parece una amigable charla no es otra cosa que una competencia, un agotador enfrentamiento para decidir quién de ellos es el mejor informado, quién controla mayores datos y estadísticas de la quiebra mundial. Y ni hablar del desprecio que le produce el portero cada vez que lo ve inclinando torpemente su pesado cuerpo por las mismas pequeñas monedas que, no hace mucho tiempo atrás lanzaba a las alcantarillas con un golpe de escoba. Incluso siente un poco de lástima por su editor quien hundido en su sillón le extiende un cheque con menos ceros que el anterior, mientras él no hace otra cosa que mirar la textura en los cordeles de sus zapatos, pensando en que quizás a la mañana siguiente será imposible hacer un doble nudo para atarse.

No falta fin de mes en que no reciba una carta de su madre llena de temores, reumas y telarañas en la memoria, con los mismos consejos dados hace ya más de veinte años, en la época en que él se mudó a estudiar literatura en un cuartucho en pleno centro, sin ventanas y con la bombilla del flexo como única luz, repitiéndole que escribir no da dinero, que es mejor aprender un oficio, fontanería o electricidad, algo útil para no morir de hambre. Tediosos se le han vuelto los sábados de dominó en que sus amigos alargan las partidas opinando sobre economía y planteando remedios financieros entre turno y turno. Los puntos negros de las fichas le ayudan a abstraerse de la conversación, a no pensar. Sin decir palabra coloca un seis-cuatro para cerrar la partida. Sabe que sería en vano cualquier intento por explicar lo que verdaderamente está pasando, que sus amigos y vecinos ignorarían sus palabras; o peor todavía, lo creerían temporalmente loco recomendándole menos lecturas y más descanso, que ni su mujer ni su madre serían capaces de entender lo que para él y para los viejos músicos del Café Central, es evidente, ese horror como de aire que se extiende más allá de las casas de cambio y de los escudos en los billetes, que se va posando sobre los objetos, los comprime y los desgasta. Por eso el único sonido que emite es el de la ficha de dominó golpeando sobre la mesa mientras todos se estorban al hablar, confiando en que alguno de sus lectores sepa descifrar las pistas, las señales dejadas entre las líneas.

Al principio la pequeña pero estable popularidad le bastaba para vivir tranquilo. Las editoriales locales peleaban por publicarle y siempre había una novela suya adornando los escaparates de las librerías. Se decía a sí mismo que en su caso la situación no era tan preocupante, que de joven si que había pasado penurias, y era cuando recordaba aquellos años en que malcomía para poder pagar el alquiler, en que no salía al cine para ahorrar algo de dinero y que no faltase bombilla en el flexo, para tener dos o tres paquetes de folios y carretes de tinta de repuesto en la máquina de escribir. Pero poco a poco fue sintiendo que a pesar de tan sólida economía algo no iba bien.

Primero fue la maquinilla de afeitar. Tenía que pasar varias veces por el mentón para que cortase del todo, probó cambiando las cuchillas pero al segundo día tenía que bajar por otro par porque éstas ya comenzaban a hacerle daño. Tiró la maquinilla a la basura y se compró una nueva, mucho más cara y moderna pero con el mismo resultado; terminó por dejarse barba. Después su ordenador empezó a fallar, la batería duraba menos, el cursor se perdía o se movía muy lentamente y en ocasiones las letras tardaban media hora en aparecer en la pantalla. Siguieron los colores; en el televisor, en las ilustraciones de la enciclopedia y en los zapatos de su mujer él sentía que habían perdido fuerza, vivacidad, y lo achacó a su vista cansada, aumentó tres veces la graduación de las gafas sin que los colores dejaran de parecerle opacos o desteñidos. Los meses siguientes ya fueron una cadena de electrodomésticos tirados en la calle porque ya habían dejado de tostar, batir o lavar, y en los que sólo él parecía prestarles atención; viéndolos como seres desprotegidos, más muertos que nunca, doblemente abandonados junto a los contenedores de basura.

Y por último, la música. Desde joven se planteó que escribir era una tarea que debía hacerse sin música, en total silencio, y no como algunos escritores, que ponen las trece serenatas de Mozart para que los acordes marquen el ritmo de lo escrito. No. Él era capaz de interrumpir en seco su trabajo si el más mínimo de los sonidos se colaba en el ambiente, pero en cambio qué distinto era cuando se daba tiempo para sí, se colgaba a la piel su melomanía para ir todos los viernes con su mujer del brazo a escuchar a los mismos viejos músicos del Café Central, o se quedaba durante horas curioseando las novedades en las cuatro tiendas de discos que quedaban con pie, y disfrutaba investigando vida y obra de cada músico que se mencionaba en el programa de conciertos que le llegaba a su apartado postal mes a mes.

Fue ahí, sentado en su mesa del Café Central, siempre reservada a la izquierda del escenario (tenía estudiada la acústica del lugar) donde escuchó de la voz maltratada del pianista la fría verdad que le llegó como una fatídica revelación. No le había dado importancia a que dos viernes atrás, debido a la ausencia del contrabajista, el habitual quinteto se presentase como cuarteto, como tampoco le dio importancia a que de un tiempo para acá, al escuchar un vinilo en el tocadiscos notara que se ampliaba cada vez más el silencio que hay entre pista y pista. Ahí, junto a su mujer, mirándole los tacones cada vez más opacos, fue que sintió comprenderlo, fue en ese instante en que sintió el temor entrando por los oídos junto con la voz del pianista dirigiéndose al público, confirmando una nueva ausencia, anunciando que el trío que quedaba de aquel quinteto intentaría sobrevivir en el escenario todo el tiempo posible.

-¡Señoras y señores!, Sentimos comunicarles que por falta de nuestro compañero trompetista nos vemos obligados a modificar el programa de esta noche. Les pedimos mil disculpas pero ya saben cómo son estas cosas, no se ven venir, y nuestro colega se encuentra en una mala racha, en una crisis. ¡A su trompeta se le ha acabado el fuelle! Le habría gustado estar con nosotros esta noche, pero ya olvidó cómo se tocan otros instrumentos. ¡Pero no se vayan! ¡Intentaremos hacer ruido para que parezca que hoy hay demasiados músicos aquí!

Esa imagen de la trompeta sin fuelle le siguió en la cabeza todo el concierto y recordó al trompetista con la misma serenidad que la del pianista, en mitad del escenario, anunciando dos viernes antes con idénticas palabras, la ausencia del contrabajo. Miró a su alrededor y sintió pavor al ver la quietud de la gente que salía comentando el último solo de piano. No podía entender cómo había estado tanto tiempo tan ciego, hundido en su realidad, donde la gente pierde el apetito y el sueño creyendo ingenuamente que la devaluación es el mayor problema de este mundo. No es así, ahora lo veía claramente al deshacer los nudos en los zapatos, al desabrocharse uno a uno los botones de la camisa y al oír el metalizado crujido de cabecera al meterse en la cama. Era de esperar que no volviese al Café Central, a que no tuviese ganas de presenciar otra ausencia, a no querer escuchar cuando los trastos de la guitarra se hayan perdido, a no querer enterarse cuando las teclas negras del piano se hayan quedado mudas; a no ver al batería empequeñecerse ante el escenario oscuro, con todos sus brillantes platos, pero solo, tremendamente solo, sin saber qué hacer.

Fue evidenciando cada día más el terrible hecho de que las cosas se iban borrando, contrayendo en su forma, como lo demostraba el quejido del agua tras los azulejos del baño, ese esfuerzo en subir, en la escalada, en mantener la presión en tuberías más angostas. Porque no se trataba de ese desgaste en el uso, no se trataba de la pastilla de jabón en la ducha, no se trataba del paso del tiempo, de esas manchas en la alfombrilla, de esas madejas de pelo en el lavabo, del moho tras el espejo. De otra naturaleza era el desgaste. El mismo espacio iba ganando territorio a las cosas, empequeñeciéndolas, carcomiéndolas transparentemente. Con nuevas dimensiones obligando más esfuerzo al subir las persianas, más cambiar de cinturón, más relojes inútiles; porque aunque no se tratara del tiempo, que mantendrá su verdadero paso, si eran también los relojes, porque en ese encogerse también iban perdiendo su exactitud, modificando el valor real de los minutos. Cuando comprendió esto tuvo miedo de perder en el falso tiempo las historias que le quedaban y telefoneó a su editor, quien recibió no con mucha sorpresa la noticia de que dejaba a un lado el proyecto de su novela (quinientas páginas) para volcarse en escribir un libro de ficciones breves. El editor desde su sillón bromeó diciéndole que no se le ocurriera terminar por entregarle haikus, que eso sí que no se vendería jamás.

Entonces, mientras sus amigos se enzarzan en acusaciones contra potencias afirmando que ante la pobreza mundial se agrandan, él se dedica a explorar los lunares negros que empequeñecen ante tanto espacio en blanco. No comparte el interés de su mujer por seguir las noticias financieras en el telediario, porque aunque mire a su lado, en realidad no está presente, ocupado en el televisor, en su anatomía de plástico, en el brillo de sus teclas, compadeciéndolo como a un enfermo, esperando no parpadear cuando se efectúe el cambio, cuando el marco de la pantalla le ceda lugar a la pared.

En ocasiones envidia esa facilidad con la que los demás ignoran lo terrible, con qué simpleza se dejan ir por el engaño, preocupados por sus cuentas bancarias, sus ahorros, temiendo desde antes el día en que sus carteras queden tan vacías como sus debates. Porque para él le es imposible no mantenerse atento cada vez que el frigorífico rompe el silencio o el dial de la radio se bloquea, le es imposible no detenerse frente a los locales, en la agonía de las cortinas metálicas, en ese chirriar buscando algo de alivio para ese doble movimiento, ese encogerse al enrollarse. Le es imposible no darse cuenta al entrar en la cocina y encontrarse con su suegro, con su corbata perdiendo el nudo; o al cruzar la calle, con los zapatos más y más apretados, con el ámbar del semáforo menos nítido, con la llama azul de los mecheros más débil, menos azul. Sabe que es normal que la gente siga por su lado, sin advertir los cambios, que son menos infelices de lo que creen, ignorando que si la calculadora se equivoca en las sumas no es por que sea de mala calidad o porque el dependiente le haya timado con las baterías, es porque dentro un componente se ha borrado o un pequeño circuito ha dejado de existir; que el reloj de pulsera empieza a retrasar cuando uno de sus engranajes encoge al darle cuerda.

Sabe que como una segunda piel el horror va adherido a las cosas, al sofá, al calentador, a la bolsa de la compra, a la acera, a los zapatos, al taconeo de su mujer, al aire. Qué inútiles serían las advertencias de puerta en puerta, que es mejor atacar al horror de la misma forma, sin que se entere, sin que sepa cuántos y cuánto se sabe de él, señalando su propósito, escribiendo, escondiendo pistas en las historias de ficción. De antemano sabe lo complicado de la tarea, porque el horror tiene tantas formas como cosas hay en el mundo, porque lo sabe astuto, y que no todos los cambios son tan claros como el tráfico al volver a casa, ese espacio que va perdiendo la avenida y pareciera que es la cantidad de coches lo que aumenta, o cómo las grietas de la casa, cuando de noche las paredes se acomodan a su nuevo tamaño. Sabe difícil convencer que esos ocho gramos en los sobres de azúcar a la hora de café mienten al igual que mienten las básculas y las balanzas, que esos centímetros en la regla van perdiendo su valor. Porque no a todo el mundo le basta con escuchar que una trompeta ha perdido el fuelle, no a todos le es suficiente inclinarse en un rincón de la acera para ver la desesperación de las hormigas (desesperación menos de hormiga y más de mosca) pisándose en avalancha, intentando entrar por un agujero cada vez más angosto, buscando refugio en las entrañas de la tierra.

Con una tranquilidad que le cuesta aparentar, espera a que el horror coloque una nueva ficha, a que mengüe el sabor de la fruta, a que el coche termine por no arrancar, porque cada objeto que se pierde es una cosa más que él cree salvar en las ficciones, cada silla, cada paraguas, cada letrero que se borra él lo revive en una nueva historia. Imagina a su vez al horror esperando los momentos para atacar, esos instantes en que gente mira a otro lado, en ese momento en que una mujer descubre en el fondo de su bolso tres pequeñas monedas o en el que un hombre abre el periódico para hundirse en las noticias.

Duerme poco y habla menos, sabe que cualquier fallo, cualquier distracción suya supondría un objeto más que se pierde para siempre, que la esencia real de las cosas pueden sobrevivir en las palabras. Por eso cuida de usar las frases exactas, de precisar las descripciones al detalle, de ser breve para que sus lectores puedan memorizarlas antes de que la tinta de los libros también empiece a desaparecer.

Se mantiene atento, sabe que es necesario encontrar la forma de esconder de la vista del horror esas historias y decide escribir a trozos, en diferentes papeles, rescatar las cosas a tres tiempos, a tres instrumentos como lo harían los músicos del Café Central, trabajando día y noche desde su escritorio, desde su escenario de sesenta metros cuadrados, escribiendo los principios con el bolígrafo en mano, con los detalles al ritmo de su máquina de escribir y con los finales tecleados en el ordenador. Dándose prisa porque el miedo ya ha comenzado ha hacerle temblar los dedos, y le ha obligado a mirar continuamente a ese sol de veinte volteos que empieza a parpadear, a su viejo flexo con cada vez menos vida, con menos apagarse y menos encenderse.


© RogelioJarquín 2009.Historias Lineadas.

domingo 19 de abril de 2009

PALÍNDROMOS



De ese Madrid dibujado, el que aprendiste de memoria para reinventar sobre el papel, el de esos mapas que trazas y que después vendes como antiguos a despistados turistas; a este otro Madrid que yo camino y escribo, existen tantas diferencias como distancia hay entre tu mundo y el mío. Tu Madrid circular y amurallado no se parece en nada a mi Madrid en el que las calles cambian de nombre en mitad de una espiral.

En tu Madrid de tonos azules todo el tiempo es mediodía, un mediodía de verano, nunca de noche; ni siquiera la luna discreta del atardece se asoma en ese cielo de tinta. Y los caminos y los puentes se repiten en un juego de espejos. En tu Madrid hay las mismas personas, los mismos nombres siempre, y se asoman por las mismas ventanas y balcones, charlando tal vez un único tema o escuchando el mismo disco. En el mío la gente no termina de irse o de volver, siempre están volviendo de algún lugar. En el tuyo siempre hay sentido porque todo retorna al principio como un anillo de moebius, como esos palíndromos que aprendemos en la infancia –Anula la luz azul a la luna- y que repetimos hasta olvidar. El Madrid que camino y que intento escribir se agota inútilmente en la búsqueda de principios y finales que contar. En mi Madrid a veces amanece lluvioso y la gente se vuelve lenta y torpe entre paraguas o esperan, igual que yo, a que suceda algo, siempre están deseando que pase algo, lo que sea, mientras se protegen de la lluvia bajo los toldos verdes.

Pero no todo es un trago de vinagre, o un disco tan rayado que repite el mismo acorde. Es justo que lo sepas. Te escribo bajo una lluvia finita como astillas de cristal, mientras espero en La Cuesta de Moyano a que algo suceda. Y sucede.

Un hombre de gabardina gris y con todos los gestos del tiempo en el rostro, camina calle arriba y calle abajo continuamente mientras fuma un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Tanto de ida como de regreso se detiene un instante en el quiosco número 19, da una larga calada y prosigue sin darle importancia a sus zapatos que parecen elegir los charcos más profundos. Pensé (tal vez como tú misma ahora, sentada desde tu mesa donde dibujas, quizás una puerta de la muralla) que se trataba de un lector ansioso, cruzando Madrid en busca de un ejemplar difícil; un libro imposible de encontrar. Pensé que se trataba de un ser apasionado por apolillados tomos, algo raro, un coleccionista de escritores muertos, buscando edición a edición las obras completas y definitivas de cada autor. Me lo imaginé en Delhi y en Moscú buscando el Aleph, o en Estambul saltando de alegría por encontrar en medio de un mercadillo un ejemplar de La Historia Universal de la Infamia. No era difícil de imaginar, cuántas veces me habré soñado en Mendoza descubriendo un manuscrito inédito o viajando por la misma ruta que Cortázar pero partiendo por el final, en palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna- y tirando nuevamente del ovillo que él dejó antes de partir; retrocediendo en un ParísBuenosAiresBruselas, peregrinando bajo una misma lluvia, con una lámpara de queroseno atada al manubrio de una destartalada bicicleta. Es natural pensar que es un bibliófilo este hombre que fuma delante de mí, y que en su ir y venir se imagina a su vez a sí mismo, seco, con la gabardina ya colgada en el armario y sentado cómodamente en el sofá del salón, importándole muy poco si llueve o deja de llover en Madrid, abriendo el libro justo por la mitad, como quien extiende las alas en plata de un valioso insecto.

Son casi las cinco de la tarde y los libreros empiezan a abrir sus quioscos. Todos miran con un poco de fastidio al cielo, parece que no escampará, al contrario, en momentos arrecia como si de pronto la lluvia recordase que tiene prisa por caer. No podrán poner sus mesas con sus torres de libros, montones de ofertas de papel apiladas como en una frutería.

La librera del quiosco número 19 es una chica de abrigo verde y rizos negros. El hombre se apresura en apagar con el pie lo que queda del cigarrillo y con un gesto se ofrece a sujetarle el paraguas mientras ella pelea con la cerradura. Con un mismo gesto ella le da las gracias al tiempo que enciende una bombilla y le invita a protegerse de la lluvia bajo el toldo amarillo. Todo esto lo estoy mirando y escribiendo desde el otro lado de la calle, donde un árbol agita sus ramas y gotea con saña sobre mi cabeza (demasiada lluvia por hoy). Con un poco de tristeza descubro que ese hombre no es un bibliófilo como llegué a pensar, que no es un cazador de títulos y que no venía a comprar sino a vender. Saca de su gabardina una bolsa de plástico con dos libros (de arte creo) y se los ofrece a la librera de negros rizos. Parece que no hay acuerdo y el hombre vuelve a meter los libros en el fondo de la gabardina, enciende un nuevo cigarro y cabizbajo sube la calle por última vez.

Lo vi irse como si llevase un gran peso sobre sus espaldas. Por un instante pasó por mi cabeza la idea de alcanzarlo y comprarle yo mismo esos libros que parece que le doliesen, pero el único billete de cinco euros en mis bolsillos me hizo desistir siquiera del intento. A estas alturas cinco euros no te sirven para nada, me digo mientras descubro que el quiosco número 19 tiene nombre; Tunicia, leo. Me acerco para comprobar que la librera de rizos negros que ahora quita el polvo de los libros a golpe de plumero (igual que se espantan las moscas en las manzanas), no lleva su nombre colgado en una chapa o un letrero. Que nadie de los que se acercan curioseando entre los libros parece importarle que el quiosco o ella misma tengan nombre. Mojado y con el billete de cinco euros en mis bolsillos subo y cruzo calles hasta el Alfaro donde por ese dinero me bebo dos dobles de cerveza y me seco de la lluvia y del hastío.

Sobre la barra releo lo que acabo de escribir y me da vértigo. No sirve, pienso. Aquí no hay nada que contar. Lo que escribo no parece ir a ninguna parte.

Manuel me pone una segunda cerveza a la vez que se inclina para descubrir que es un libro de Cortázar lo que llevo en las manos, su reacción es un sonriente “para no variar”, sonrisa que devuelvo alzando los hombros. Comparto la esquina de la barra con tres chicas que comen patatas mientras voltean a todos lados como si esperasen a alguien.

La primera reacción que tengo cada vez que me da por releer lo que escribo es romper, tachar sin compasión y volver a empezar en una hoja en blanco, incluso puede que llegue a cambiar de libreta, como si de esa forma hallase la concentración, o mejor dicho, el entusiasmo por la historia que quiero contar. Pero hoy me he propuesto no tachar nada, acabarme esta libreta en una misma línea; y cuando digo una misma línea me da por imaginarte al mismo tiempo trazando a lápiz un tejado desde esa mesa en que dibujas. Por eso el índice de mi mano izquierda parece nervioso planeando sobre tres párrafos arriba (ahora sobrevuela palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna-) y hace temblar la punta del bolígrafo. Cierro la libreta sin ganas y me da por levantar la mirada. Las tres chicas ahora rodean a un joven delgado de aspecto desaliñado.

-Otra noche de insomnio- me digo con plena seguridad de que así será, de que me acostaré y apenas cierre los ojos estaré de nuevo pensando en estas hojas escritas, que a las seis de la mañana el sonido del despertador me hallara enredado en las sábanas buscándole un motivo al hombre de gabardina gris, un nombre a la librera de negros rizos, usando de pretexto los libros, confabulando un encuentro, un romance entre ambos, buscando un final agradecido, amable para todos, volviendo al inicio como tu Madrid dibujado, circular, como desearía que fuesen todos los finales del mío. Que saldré de casa con los folios entre las manos porque me quedará una hora, lo que dura el trayecto de tren, para que deje aparcada por una semana la historia, porque como todos los lunes a las ocho y media, apenas entre a trabajar, dejaré de ser escritor para dedicarme a piezas de metal, tornillos e imanes. Mi “otra noche de insomnio” se mezcla con la charla que tienen mis vecinos de barra.

-El viernes es el examen, ya tengo todos mis trabajos entregados a la academia. Me van a aceptar, estoy seguro- afirma el chico y moja la lengua con la espuma de su cerveza.

-Que bueno, Javier, entonces nos harás unos retratos muy chulos- dice una de las chicas mientras enmarca su rostro con las manos- las tres seremos tus meninas.
- Las Señoritas de Avignon, querrás decir- sonríe Javier
-¿por?
-¡Por putas!- grita Javier entre carcajadas.

Tras la barra Manuel enseña a Eli el truco de teatro para simular las bofetadas. Me despido de ellos con un “estáis colgados”. Pago con mis cinco euros que sobrevivieron a la lluvia. Me despido. Cada vez que salgo del Alfaro doy una última mirada a mi lugar, como si tuviese la sensación de que algo olvido. Los que habían sido mis vecinos de barra ahora se han acomodado en una de las mesas del rincón. Las chicas miran un par de libros que Javier les enseña. En pleno vuelo alcanzo a atrapar algo de lo que están hablando
-¿todo esto te lo tienes que aprender?
-¡Claro! – responde Javier- pero no me importa, llevo toda la vida preparándome.

Afuera es de noche y sigue lloviendo. Es una oscuridad más de invierno que de primavera (Anula la luz azul a la luna- me digo). Abro el abrigo para proteger la libreta y el libro de Cortázar. Y bajo toda la calle Ave María, fumando un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Doblo a la izquierda, por la calle Argumosa hasta encontrarme con el museo Reina Sofía. Pienso en todos esas pinturas tan resguardadas, tan quietas y secas en esta noche pasada por agua pero que no existen, no existirán en ese Madrid que te inventas. Y claro, también aquí me detengo a imaginarte en tu mesa de dibujo. Y es en este momento, en este instante en que parece que te estoy viendo al mismo tiempo en que fumo y protejo de la lluvia libro y libreta, cuando todo parece tener sentido. Recuerdo a Javier en la barra del Alfaro y sé muy bien que acabas de cerrar el círculo de tu Madrid amurallado. Que Javier no podrá con el examen de la academia, que no pintará ni meninas ni Señoritas de Avignon. Que lo encontraré tal vez un poco más viejo, bajo la lluvia con gabardina gris, vendiendo sus sueños en dos tomos a una librera de negros rizos.

Ahora sé que acabas de dar el último trazo a tu Madrid de tonos azules, a su muralla y que yo estaré siguiendo la misma ruta, nuevamente esperando que algo suceda, lo que sea, pero deseando que ese algo no se cierre en círculo, que no vuelva a repetirse por uno de sus costados; que siga, que siga para alguna parte, sin importar ya si todo esto tiene sentido.

…Anula la luz azul a la luna.


© RogelioJarquín 2009.

lunes 30 de marzo de 2009

GENEALOGÍA

Fuera de sí, entró en ella y salió aquel.

© RogelioJarquín 2008.