martes 12 de mayo de 2009

7 (Balas perdidas)


Así de pronto nos cambia el humor, con la luna en un charco mojándonos los zapatos, o porque hemos consentido que se cuele por las persianas en rebanadas, se pose en la cabecera de la cama y nos estampe franjas lunares en toda la cara; o simplemente porque hemos decidido salir de noche y dejarnos bañar en su luz. Entonces de golpe nos cambia el carácter, la mirada y puede que hasta la forma en que balanceamos los brazos al andar. En cuestión de segundos pasamos de una tristeza sin fin a una alegría igualmente infinita, del astigmatismo a la miopía, del placer de la primera calada del cigarrillo a un continuado ataque de asma que nos mantiene en vela, del nunca al para siempre.

Para algunos sería preferible que la luna jamás se mostrase tan llena porque les desordena las palabras, que es peor que desordenarles las ideas, porque un repentino tartamudeo les obliga a retroceder en cada frase, vuelta a empezar como un trabalenguas o un complicado paso de baile que no termina por salir.

No será sencillo confesarte, confesarme, que este temblor de labios, este continuo desearte también va en crecimiento con las fases de la luna, que es ella la culpable que te escriba con todos los dedos, a toda máquina y que mientras lo hago, voy imaginando que mi boca recorre tu cuello, besando ese camino de lunares.

Es lo que sucede cuando se ha nacido en una familia demasiado sensible a los plenilunios. Porque del árbol genealógico de los Jarquín (un naranjo muy pequeño, un millar por todo el mundo, un poco más, quizás) me tocó la rama más lunática; unas hojas que se transforman y se agitan como el mar.

En las noches de luna llena a mi madre le da por llorar mientras escucha a María Callas, le da por recordarse a sus veinte años, entregada a la música, le da por volver a vivir aquel día; ella resplandeciente a punto de ser aceptada en un importante coro; la gente maravillada con su perfecto ir y venir de agudos y graves. Empieza su llanto poco a poco al tiempo que maldice a ese alguien que se le ocurrió abrir la puerta y dejar entrar a la luna con toda su luz en el momento de su gran final, haciéndole desafinar terriblemente. Una y otra vez lo intenta, en el gran ventanal del salón se pone a cantar enfrentada a la luna llena y parece que su voz vuelve a levantarse con dulzura por toda la casa, pero en un breve instante se amarga obligándola a callarse, y venga a recordar y venga a llorar.

En el otro extremo del licántropo de siempre se encuentra mi padre. Poseedor de la única barba cerrada de la familia, apenas descubre a la luna en el cielo aún azul y ya le invade un pánico incontrolable a la alopecia, y sin oír razones se lanza a buscar a la farmacia y las tiendas todos los tratamientos contra la caída del pelo. Su pánico se vuelve un gran entusiasmo a la mañana siguiente, cuando comprueba frente al espejo que su barba sigue intacta.

A mi hermano mayor le asalta una sed de burbujas que le obliga a beberse litros y litros de tónicas, a beberse vasos y vasos de agua con sal de frutas, terminando por masticar cualquier pastilla efervescente que encuentra en el botiquín, para después dormirse con una espumosa sonrisa en la cara.

A mi hermana menor le da por el protestantismo y sonambulismo al mismo grado. De pronto, en mitad de la noche su voz nos sobresalta; la descubrimos al pie da la cama, con los ojos abiertos pero ausente, hablándonos de pestes, de falsos profetas y de condenas eternas. Al despertar no recuerda nada y eso le ayuda a continuar tranquilamente con su atea vida.

Te confieso que me costó tiempo y valor aceptar que de entre toda mi familia, algunos amigos y vecinos (que no son Jarquín pero poco les falta) sea yo al que más le afecta la luna y sus cambiantes rostros. Porque a diferencia de ellos que padecen y se agitan y se transforman sólo en luna llena, en mi no desaparece, al contrario, va aumentando y disminuyendo al mismo tiempo que la luna mengua o se llena. He llegado a la conclusión de que todo se debe a que nací justo en el momento en que la redondez del plenilunio era más naranja, en el instante que el esfuerzo de mi madre en el parto se mezcló con sus recuerdos, mientras mi padre en el pasillo le preguntaba a una enfermera rubia por sus trucos para mantener esa melena tan fuerte y brillante. A eso se debe que te escriba con todas las fuerzas de mis dedos contra las teclas negras de mi máquina, a que te escriba sin parar algo que había empezado con un tecleo sonoro, pero lento, como quien comprueba la afinación de un piano. A eso se debe que en la luna menguante necesite sólo unas tímidas gotas de vinagre para aliñar la ensalada y que en la luna llena empape la lechuga hasta ennegrecerla, hasta que el vinagre me llegue a la nariz antes que a la boca; a que poco a poco mi apetito se vuelva voraz, a que las horas dedicadas al sueño aminoren. Es la luna responsable de que poco a poco ignore la única herencia segura que tengo de mi madre, esa desafinada y agria voz que permanece en mí todo el tiempo, ese querer y no poder; ese empezar una melodía con un silbido inocente que día a día va acercándose más y más a una desgañitada voz que tortura a quien la escucha. Con la imaginación pasa lo mismo, con esas historias que escribo, empiezo escribiendo una frase en un papel, una línea que se me ocurre de pronto, entre sueño y sueño, y termino por escuchar en mi cabeza las voces de mis personajes, largos monólogos, diálogos y riñas que no escribo porque me cuesta seguirles. Con cada fase lunar los ojos se van poniendo rojos hasta que ningún colirio puede quitarme la irritación.

Y el deseo, este desearte crece y disminuye continuamente, pero no desaparece como no desaparece la luna. Primero imagino que beso tus manos y me basta con besar tus manos, pero poco a poco voy necesitando besarte más al mismo tiempo en que voy imaginando que tú misma vas desprendiéndote de la ropa; para cuando vuelva la luna llena ya me habré imaginado a mí mismo retozando entre tu desnudez. Y día a día voy sobreviviendo a todos estos efectos mientras te veo serena, andando de noche o escuchando en un café la música que jamás podré tocar. Porque de pronto me dan ganas de renegar de mi apellido, dejar de ser por un momento Jarquín y poder controlarme sin importarme el plenilunio sobre mi cabeza, ser capaz de cantar o de tocar una melodía que llegue volátil hasta donde te encuentras, de ser Félix Antolín y hacer que setenta y seis teclas toquen como si fuesen noventa y siete en cualquier bar de Madrid, inventar de nuevo el fuego como Gene Krupa y sus platos igualmente lunares, hilvanar una caricia de arco y cuerdas como si no me llamase Jarquín sino Joshua Bell.

No es fácil confesarte, confesarme, que es por la luna que he asumido ser un músico frustrado, y que me he tenido que refugiar en la literatura, porque a veces, con un poco de suerte, descubro alguna palabra de naturaleza volátil, como la música.

Cómo no enloquecer de ganas de saber en que te cambia la luna. Si apenas escucho unos segundos de ese viento que la trompeta de Jerry González convierte en luz y de pronto me va invadiendo la convicción de que yo también puedo, de que también soy capaz de llenar de sonido el aire que hay entre tú y yo. Es entonces, en la brillantez más alta del plenilunio, cuando me visto con mis mejores ropas y me siento frente a lo más parecido a piano que voy a estar jamás. Y con un solo de mi vieja Olivetti voy tocando a mi manera esta caricia que te escribo y que llegará segura hasta donde te encuentras, mientras te muerdes los labios, miras al cielo y le echas la culpa a la luna llena por esa picadura de avispa que sientes al hablar, sin imaginarte, sin sospechar ni por un segundo que soy yo, un Jarquín besándote la comisura de los labios.

©2009 Rogelio Jarquín. Veinticinco balas perdidas y un revolver de fogueo.

domingo 26 de abril de 2009

3 (Balas perdidas)

Gracias a que es una persona de naturaleza más bien positiva, ve con muy buenos ojos que el mundo avance y se acelere, a que a estas alturas a nadie se le ocurra viajar en metro y tragarse un ladrillo como El Quijote, por eso apenas pone un pie en la calle y ya se ve a sí mismo homenajeado y premiado con un lugar en la Real Academia, probando la comodidad de sus sillones, eligiendo entre tanto respaldo de letra bordada. La gente le mira mal porque está sonriendo, porque va por la calle abrazando en un único folio lo que cree su mejor obra, un verdadero bet-seller:

"BREVÍSIMO PERO DETALLADO EJEMPLO PARA LA PREPARACIÓN Y EJECUCIÓN DE UNA HUIDA EXITOSA, SIN QUE LOS MOTIVOS IMPORTEN DEMASIADO"

-¡Señor conductor, Aquí es donde me bajo!-dijo pegándose un tiro en la sien.


©2009 Rogelio Jarquín. Veinticinco balas perdidas y un revolver de fogueo.

sábado 25 de abril de 2009

MMIX



A Irene


Le cuesta aceptar que tiene miedo, que está verdaderamente preocupado, nervioso como el aleteo de un insecto alrededor de una bombilla.

Y no es por los titulares perfectamente impresos en los periódicos del desayuno, sino por esos cada vez más ligeros sobres de azúcar en el café, tampoco es por las noticias tan llenas de cifras en el telediario de la comida sino por esa extraña sensación de que faltan gajos en el pomelo del postre. No parece afectarle que a la hora de la cena su mujer le obligue a dejar de escribir amenazando con apagar el viejo flexo de su escritorio, para que ya sentados a la mesa ella pueda repetirle el mismo discurso entre cucharadas de sopa, y que, con un final de sobreactuados suspiros, intente convencerle de lo idóneo del momento para hacer un viaje, antes de que esas palmeras del caribe se alejen cada vez más. Pero él no puede evitar sentir escalofríos al ver la delgadez de los fideos en el fondo del plato.

Para salir a la calle finge tener prisa o estar concentrado en una lectura importante, porque le falta sangre fría para pasar por la puerta de la cocina sin compadecer a su encorbatado suegro que, subido en uno de los taburetes, discute sobre bajos presupuestos con altos cargos que a su vez, se debaten desde el fondo de la radio, donde no pueden escucharle. Intenta seguir de largo cada vez que se cruza en el descansillo con un grupo de vecinos, porque con unas cuantas frases que alcanza a escuchar desde la escalera ya sabe que eso que parece una amigable charla no es otra cosa que una competencia, un agotador enfrentamiento para decidir quién de ellos es el mejor informado, quién controla mayores datos y estadísticas de la quiebra mundial. Y ni hablar del desprecio que le produce el portero cada vez que lo ve inclinando torpemente su pesado cuerpo por las mismas pequeñas monedas que, no hace mucho tiempo atrás lanzaba a las alcantarillas con un golpe de escoba. Incluso siente un poco de lástima por su editor quien hundido en su sillón le extiende un cheque con menos ceros que el anterior, mientras él no hace otra cosa que mirar la textura en los cordeles de sus zapatos, pensando en que quizás a la mañana siguiente será imposible hacer un doble nudo para atarse.

No falta fin de mes en que no reciba una carta de su madre llena de temores, reumas y telarañas en la memoria, con los mismos consejos dados hace ya más de veinte años, en la época en que él se mudó a estudiar literatura en un cuartucho en pleno centro, sin ventanas y con la bombilla del flexo como única luz, repitiéndole que escribir no da dinero, que es mejor aprender un oficio, fontanería o electricidad, algo útil para no morir de hambre. Tediosos se le han vuelto los sábados de dominó en que sus amigos alargan las partidas opinando sobre economía y planteando remedios financieros entre turno y turno. Los puntos negros de las fichas le ayudan a abstraerse de la conversación, a no pensar. Sin decir palabra coloca un seis-cuatro para cerrar la partida. Sabe que sería en vano cualquier intento por explicar lo que verdaderamente está pasando, que sus amigos y vecinos ignorarían sus palabras; o peor todavía, lo creerían temporalmente loco recomendándole menos lecturas y más descanso, que ni su mujer ni su madre serían capaces de entender lo que para él y para los viejos músicos del Café Central, es evidente, ese horror como de aire que se extiende más allá de las casas de cambio y de los escudos en los billetes, que se va posando sobre los objetos, los comprime y los desgasta. Por eso el único sonido que emite es el de la ficha de dominó golpeando sobre la mesa mientras todos se estorban al hablar, confiando en que alguno de sus lectores sepa descifrar las pistas, las señales dejadas entre las líneas.

Al principio la pequeña pero estable popularidad le bastaba para vivir tranquilo. Las editoriales locales peleaban por publicarle y siempre había una novela suya adornando los escaparates de las librerías. Se decía a sí mismo que en su caso la situación no era tan preocupante, que de joven si que había pasado penurias, y era cuando recordaba aquellos años en que malcomía para poder pagar el alquiler, en que no salía al cine para ahorrar algo de dinero y que no faltase bombilla en el flexo, para tener dos o tres paquetes de folios y carretes de tinta de repuesto en la máquina de escribir. Pero poco a poco fue sintiendo que a pesar de tan sólida economía algo no iba bien.

Primero fue la maquinilla de afeitar. Tenía que pasar varias veces por el mentón para que cortase del todo, probó cambiando las cuchillas pero al segundo día tenía que bajar por otro par porque éstas ya comenzaban a hacerle daño. Tiró la maquinilla a la basura y se compró una nueva, mucho más cara y moderna pero con el mismo resultado; terminó por dejarse barba. Después su ordenador empezó a fallar, la batería duraba menos, el cursor se perdía o se movía muy lentamente y en ocasiones las letras tardaban media hora en aparecer en la pantalla. Siguieron los colores; en el televisor, en las ilustraciones de la enciclopedia y en los zapatos de su mujer él sentía que habían perdido fuerza, vivacidad, y lo achacó a su vista cansada, aumentó tres veces la graduación de las gafas sin que los colores dejaran de parecerle opacos o desteñidos. Los meses siguientes ya fueron una cadena de electrodomésticos tirados en la calle porque ya habían dejado de tostar, batir o lavar, y en los que sólo él parecía prestarles atención; viéndolos como seres desprotegidos, más muertos que nunca, doblemente abandonados junto a los contenedores de basura.

Y por último, la música. Desde joven se planteó que escribir era una tarea que debía hacerse sin música, en total silencio, y no como algunos escritores, que ponen las trece serenatas de Mozart para que los acordes marquen el ritmo de lo escrito. No. Él era capaz de interrumpir en seco su trabajo si el más mínimo de los sonidos se colaba en el ambiente, pero en cambio qué distinto era cuando se daba tiempo para sí, se colgaba a la piel su melomanía para ir todos los viernes con su mujer del brazo a escuchar a los mismos viejos músicos del Café Central, o se quedaba durante horas curioseando las novedades en las cuatro tiendas de discos que quedaban con pie, y disfrutaba investigando vida y obra de cada músico que se mencionaba en el programa de conciertos que le llegaba a su apartado postal mes a mes.

Fue ahí, sentado en su mesa del Café Central, siempre reservada a la izquierda del escenario (tenía estudiada la acústica del lugar) donde escuchó de la voz maltratada del pianista la fría verdad que le llegó como una fatídica revelación. No le había dado importancia a que dos viernes atrás, debido a la ausencia del contrabajista, el habitual quinteto se presentase como cuarteto, como tampoco le dio importancia a que de un tiempo para acá, al escuchar un vinilo en el tocadiscos notara que se ampliaba cada vez más el silencio que hay entre pista y pista. Ahí, junto a su mujer, mirándole los tacones cada vez más opacos, fue que sintió comprenderlo, fue en ese instante en que sintió el temor entrando por los oídos junto con la voz del pianista dirigiéndose al público, confirmando una nueva ausencia, anunciando que el trío que quedaba de aquel quinteto intentaría sobrevivir en el escenario todo el tiempo posible.

-¡Señoras y señores!, Sentimos comunicarles que por falta de nuestro compañero trompetista nos vemos obligados a modificar el programa de esta noche. Les pedimos mil disculpas pero ya saben cómo son estas cosas, no se ven venir, y nuestro colega se encuentra en una mala racha, en una crisis. ¡A su trompeta se le ha acabado el fuelle! Le habría gustado estar con nosotros esta noche, pero ya olvidó cómo se tocan otros instrumentos. ¡Pero no se vayan! ¡Intentaremos hacer ruido para que parezca que hoy hay demasiados músicos aquí!

Esa imagen de la trompeta sin fuelle le siguió en la cabeza todo el concierto y recordó al trompetista con la misma serenidad que la del pianista, en mitad del escenario, anunciando dos viernes antes con idénticas palabras, la ausencia del contrabajo. Miró a su alrededor y sintió pavor al ver la quietud de la gente que salía comentando el último solo de piano. No podía entender cómo había estado tanto tiempo tan ciego, hundido en su realidad, donde la gente pierde el apetito y el sueño creyendo ingenuamente que la devaluación es el mayor problema de este mundo. No es así, ahora lo veía claramente al deshacer los nudos en los zapatos, al desabrocharse uno a uno los botones de la camisa y al oír el metalizado crujido de cabecera al meterse en la cama. Era de esperar que no volviese al Café Central, a que no tuviese ganas de presenciar otra ausencia, a no querer escuchar cuando los trastos de la guitarra se hayan perdido, a no querer enterarse cuando las teclas negras del piano se hayan quedado mudas; a no ver al batería empequeñecerse ante el escenario oscuro, con todos sus brillantes platos, pero solo, tremendamente solo, sin saber qué hacer.

Fue evidenciando cada día más el terrible hecho de que las cosas se iban borrando, contrayendo en su forma, como lo demostraba el quejido del agua tras los azulejos del baño, ese esfuerzo en subir, en la escalada, en mantener la presión en tuberías más angostas. Porque no se trataba de ese desgaste en el uso, no se trataba de la pastilla de jabón en la ducha, no se trataba del paso del tiempo, de esas manchas en la alfombrilla, de esas madejas de pelo en el lavabo, del moho tras el espejo. De otra naturaleza era el desgaste. El mismo espacio iba ganando territorio a las cosas, empequeñeciéndolas, carcomiéndolas transparentemente. Con nuevas dimensiones obligando más esfuerzo al subir las persianas, más cambiar de cinturón, más relojes inútiles; porque aunque no se tratara del tiempo, que mantendrá su verdadero paso, si eran también los relojes, porque en ese encogerse también iban perdiendo su exactitud, modificando el valor real de los minutos. Cuando comprendió esto tuvo miedo de perder en el falso tiempo las historias que le quedaban y telefoneó a su editor, quien recibió no con mucha sorpresa la noticia de que dejaba a un lado el proyecto de su novela (quinientas páginas) para volcarse en escribir un libro de ficciones breves. El editor desde su sillón bromeó diciéndole que no se le ocurriera terminar por entregarle haikus, que eso sí que no se vendería jamás.

Entonces, mientras sus amigos se enzarzan en acusaciones contra potencias afirmando que ante la pobreza mundial se agrandan, él se dedica a explorar los lunares negros que empequeñecen ante tanto espacio en blanco. No comparte el interés de su mujer por seguir las noticias financieras en el telediario, porque aunque mire a su lado, en realidad no está presente, ocupado en el televisor, en su anatomía de plástico, en el brillo de sus teclas, compadeciéndolo como a un enfermo, esperando no parpadear cuando se efectúe el cambio, cuando el marco de la pantalla le ceda lugar a la pared.

En ocasiones envidia esa facilidad con la que los demás ignoran lo terrible, con qué simpleza se dejan ir por el engaño, preocupados por sus cuentas bancarias, sus ahorros, temiendo desde antes el día en que sus carteras queden tan vacías como sus debates. Porque para él le es imposible no mantenerse atento cada vez que el frigorífico rompe el silencio o el dial de la radio se bloquea, le es imposible no detenerse frente a los locales, en la agonía de las cortinas metálicas, en ese chirriar buscando algo de alivio para ese doble movimiento, ese encogerse al enrollarse. Le es imposible no darse cuenta al entrar en la cocina y encontrarse con su suegro, con su corbata perdiendo el nudo; o al cruzar la calle, con los zapatos más y más apretados, con el ámbar del semáforo menos nítido, con la llama azul de los mecheros más débil, menos azul. Sabe que es normal que la gente siga por su lado, sin advertir los cambios, que son menos infelices de lo que creen, ignorando que si la calculadora se equivoca en las sumas no es por que sea de mala calidad o porque el dependiente le haya timado con las baterías, es porque dentro un componente se ha borrado o un pequeño circuito ha dejado de existir; que el reloj de pulsera empieza a retrasar cuando uno de sus engranajes encoge al darle cuerda.

Sabe que como una segunda piel el horror va adherido a las cosas, al sofá, al calentador, a la bolsa de la compra, a la acera, a los zapatos, al taconeo de su mujer, al aire. Qué inútiles serían las advertencias de puerta en puerta, que es mejor atacar al horror de la misma forma, sin que se entere, sin que sepa cuántos y cuánto se sabe de él, señalando su propósito, escribiendo, escondiendo pistas en las historias de ficción. De antemano sabe lo complicado de la tarea, porque el horror tiene tantas formas como cosas hay en el mundo, porque lo sabe astuto, y que no todos los cambios son tan claros como el tráfico al volver a casa, ese espacio que va perdiendo la avenida y pareciera que es la cantidad de coches lo que aumenta, o cómo las grietas de la casa, cuando de noche las paredes se acomodan a su nuevo tamaño. Sabe difícil convencer que esos ocho gramos en los sobres de azúcar a la hora de café mienten al igual que mienten las básculas y las balanzas, que esos centímetros en la regla van perdiendo su valor. Porque no a todo el mundo le basta con escuchar que una trompeta ha perdido el fuelle, no a todos le es suficiente inclinarse en un rincón de la acera para ver la desesperación de las hormigas (desesperación menos de hormiga y más de mosca) pisándose en avalancha, intentando entrar por un agujero cada vez más angosto, buscando refugio en las entrañas de la tierra.

Con una tranquilidad que le cuesta aparentar, espera a que el horror coloque una nueva ficha, a que mengüe el sabor de la fruta, a que el coche termine por no arrancar, porque cada objeto que se pierde es una cosa más que él cree salvar en las ficciones, cada silla, cada paraguas, cada letrero que se borra él lo revive en una nueva historia. Imagina a su vez al horror esperando los momentos para atacar, esos instantes en que gente mira a otro lado, en ese momento en que una mujer descubre en el fondo de su bolso tres pequeñas monedas o en el que un hombre abre el periódico para hundirse en las noticias.

Duerme poco y habla menos, sabe que cualquier fallo, cualquier distracción suya supondría un objeto más que se pierde para siempre, que la esencia real de las cosas pueden sobrevivir en las palabras. Por eso cuida de usar las frases exactas, de precisar las descripciones al detalle, de ser breve para que sus lectores puedan memorizarlas antes de que la tinta de los libros también empiece a desaparecer.

Se mantiene atento, sabe que es necesario encontrar la forma de esconder de la vista del horror esas historias y decide escribir a trozos, en diferentes papeles, rescatar las cosas a tres tiempos, a tres instrumentos como lo harían los músicos del Café Central, trabajando día y noche desde su escritorio, desde su escenario de sesenta metros cuadrados, escribiendo los principios con el bolígrafo en mano, con los detalles al ritmo de su máquina de escribir y con los finales tecleados en el ordenador. Dándose prisa porque el miedo ya ha comenzado ha hacerle temblar los dedos, y le ha obligado a mirar continuamente a ese sol de veinte volteos que empieza a parpadear, a su viejo flexo con cada vez menos vida, con menos apagarse y menos encenderse.


© RogelioJarquín 2009.Historias Lineadas.

domingo 19 de abril de 2009

PALÍNDROMOS

No todo es un trago de vinagre, o un disco tan rayado que repite el mismo acorde. Es justo que lo sepas. Te escribo en una lluvia finita como astillas de cristal, mientras espero en La Cuesta de Moyano a que algo suceda. Y sucede. Un hombre de gabardina gris y con todos los gestos del tiempo en el rostro, camina calle arriba y calle abajo continuamente mientras fuma un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Tanto de ida como de regreso se detiene un instante en el quiosco número 19, da una larga calada y prosigue sin darle importancia a sus zapatos que parecen elegir los charcos más profundos. Pensé (tal vez como tú misma ahora, quizás sentada desde tu mesa donde dibujas) que se trataba de un lector ansioso, cruzando Madrid en busca de un ejemplar difícil; un libro imposible de encontrar. Pensé que se trataba de un ser apasionado por apolillados tomos, algo raro, un coleccionista de escritores muertos, buscando edición a edición las obras completas y definitivas de cada autor. Me lo imaginé en Delhi y en Moscú buscando el Aleph, o en Estambul saltando de alegría por encontrar en medio de un mercadillo un ejemplar de La Historia Universal de la Infamia. No era difícil de imaginar, cuántas veces me habré soñado en Mendoza descubriendo un manuscrito inédito o viajando por la misma ruta que Cortázar pero partiendo por el final, en palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna- y tirando nuevamente del ovillo que él dejó antes de partir; retrocediendo en un ParísBuenosAiresBruselas, peregrinando bajo una misma lluvia, con una lámpara de queroseno atada al manubrio de una destartalada bicicleta. Es natural pensar que es un bibliófilo este hombre que fuma delante de mí, y que en su ir y venir se imagina a su vez a sí mismo, seco, con la gabardina ya colgada en el armario y sentado cómodamente en el sofá del salón, importándole muy poco si llueve o deja de llover en Madrid, abriendo el libro justo por la mitad, como quien extiende las alas en plata de un valioso insecto.
Son casi las cinco de la tarde y los libreros empiezan a abrir sus quioscos. Todos miran con un poco de fastidio al cielo, parece que no escampará, al contrario, en momentos arrecia como si de pronto la lluvia recordase que tiene prisa por caer. No podrán poner sus mesas con sus torres de libros, montones de ofertas de papel apiladas como en una frutería. La librera del quiosco número 19 es una chica de abrigo verde y rizos negros. El hombre se apresura en apagar con el pie lo que queda del cigarrillo y con un gesto se ofrece a sujetarle el paraguas mientras ella pelea con la cerradura. Con un mismo gesto ella le da las gracias al tiempo que enciende una bombilla y le invita a protegerse de la lluvia bajo el toldo amarillo. Todo esto lo estoy mirando y escribiendo desde el otro lado de la calle, donde un árbol agita sus ramas y gotea con saña sobre mi cabeza (demasiada lluvia por hoy). Con un poco de tristeza descubro que ese hombre no es un bibliófilo como llegué a pensar, que no es un cazador de títulos y que no venía a comprar sino a vender. Saca de su gabardina una bolsa de plástico con dos libros (de arte creo) y se los ofrece a la librera de negros rizos. Parece que no hay acuerdo y el hombre vuelve a meter los libros en el fondo de la gabardina, enciende un nuevo cigarro y cabizbajo sube la calle por última vez. Lo vi irse como si llevase un gran peso sobre sus espaldas. Por un instante pasó por mi cabeza la idea de alcanzarlo y comprarle yo mismo esos libros que parece que le doliesen, pero el único billete de cinco euros en mis bolsillos me hizo desistir siquiera del intento.
A estas alturas cinco euros no te sirven para nada, me digo mientras descubro que el quiosco número 19 tiene nombre; Tunicia, leo. Me acerco para comprobar que la librera de rizos negros que ahora quita el polvo de los libros a golpe de plumero (cómo si no se espantan las moscas en las manzanas), no lleva su nombre colgado en una chapa o un letrero. Que nadie de los que se acercan curioseando entre los libros parece importarle que el quiosco o ella misma tengan nombre. Mojado y con el billete de cinco euros en mis bolsillos subo y cruzo calles hasta el Alfaro donde por ese dinero me bebo dos dobles de cerveza y me seco de la lluvia y del hastío.
Sobre la barra releo lo que acabo de escribir y me da vértigo. No sirve, pienso. Aquí no hay nada que contar. Lo que escribo no parece ir a ninguna parte.
Manuel me pone una segunda cerveza a la vez que se inclina para descubrir que es un libro de Cortázar lo que llevo en las manos, su reacción es un sonriente “para no variar”, sonrisa que devuelvo alzando los hombros. Comparto la esquina de la barra con tres chicas que comen patatas mientras voltean a todos lados como si esperasen a alguien.
La primera reacción que tengo cada vez que me da por releer lo que escribo es romper, tachar sin compasión y volver a empezar en una hoja en blanco, incluso puede que llegue a cambiar de libreta, como si de esa forma hallase la concentración, o mejor dicho, el entusiasmo por la historia que quiero contar. Pero hoy me he propuesto no tachar nada, acabarme esta libreta en una misma línea; y cuando digo una misma línea me da por imaginarte al mismo tiempo trazando a lápiz un boceto desde esa mesa en que dibujas. Por eso el índice de mi mano izquierda parece nervioso planeando sobre tres párrafos arriba (ahora sobrevuela palíndromos geográficos –Anula la luz azul a la luna-) y hace temblar la punta del bolígrafo. Cierro la libreta sin ganas y me da por levantar la mirada. Las tres chicas ahora rodean a un joven delgado de aspecto desaliñado.
-Otra noche de insomnio- me digo con plena seguridad de que así será, de que me acostaré y apenas cierre los ojos estaré de nuevo pensando en estas hojas escritas, que a las seis de la mañana el sonido del despertador me hallaran enredado en las sabanas buscándole un motivo al hombre de gabardina gris, un nombre a la librera de negros rizos, usando de pretexto los libros, confabulando un encuentro, un romance entre ambos, buscando un final agradecido, amable para todos, como me gustaría que fuesen los finales de este mundo. Que saldré de casa con los folios entre las manos porque me quedará una hora, lo que dura el trayecto de tren, para que deje aparcada por una semana la historia, porque como todos los lunes a las ocho y media, apenas entre a trabajar, dejaré de ser escritor para dedicarme a piezas de metal, tornillos e imanes. Mi “otra noche de insomnio” se mezcla con la charla que tienen mis vecinos de barra.
-El viernes es el examen, ya tengo todos mis trabajos entregados a la academia. Me van a aceptar, estoy seguro- afirma el chico y moja la lengua con la espuma de su cerveza.
-Que bueno, Javier, entonces nos harás unos retratos muy chulos- dice una de las chicas mientras enmarca su rostro con las manos- las tres seremos tus meninas.
- Las Señoritas de Avignon, querrás decir- sonríe Javier
-¿por?
-¡Por putas!- grita Javier entre carcajadas.
Tras la barra Manuel enseña a Eli el truco de teatro para simular las bofetadas. Me despido de ellos con un “estáis colgados”. Pago con mis cinco euros que sobrevivieron a la lluvia. Me despido. Cada que salgo del Alfaro doy una última mirada a mi lugar, como si tuviese la sensación de que algo olvido. Los que habían sido mis vecinos de barra ahora se han acomodado en una de las mesas del rincón. Las chicas miran un par de libros que Javier les enseña. En pleno vuelo alcanzo a atrapar algo de lo que están hablando
-¿todo esto te lo tienes que aprender?
-¡Claro! – responde Javier- pero no me importa, llevo toda la vida preparándome.
Afuera es de noche y sigue lloviendo. Es una oscuridad más de invierno que de primavera (Anula la luz azul a la luna- me digo). Abro el abrigo para proteger la libreta y el libro de Cortázar. Y bajo toda la calle Ave María, fumando un cigarrillo que, milagrosamente, sigue encendido a pesar de la lluvia. Doblo a la izquierda, por la calle Argumosa hasta encontrarme con el museo Reina Sofía. Pienso en todos esos Dalís y esos Picassos tan resguardados, tan quietos y secos en esta noche pasada por agua. Y claro, también aquí me detengo a imaginarte en tu mesa de dibujo. Y es en este momento, en este instante en que te imagino al tiempo que fumo y protejo de la lluvia libro y libreta, cuando todo parece tener sentido. Recuerdo a Javier en la barra del Alfaro y sé muy bien que acabas de pintar un círculo allá, en tu mesa de dibujo. Que Javier no podrá con el examen de la academia, que no pintará ni meninas ni Señoritas de Avignon. Que lo encontraré bajo la lluvia en gabardina gris, vendiendo sus sueños en dos tomos a una librera de negros rizos. Y que yo estaré nuevamente esperando que algo suceda, algo de verdad, que no se repita por alguno de sus costados; que siga, que siga para alguna parte, sin importar ya si todo esto tiene sentido.
…Anula la luz azul a la luna.

© RogelioJarquín 2009.

lunes 30 de marzo de 2009

GENEALOGÍA

Fuera de sí, entró en ella y salió aquel.

© RogelioJarquín 2008.

viernes 27 de marzo de 2009

Definición


Las piedras chocan y hacen fuego: el cuento.

© RogelioJarquín 2008.

martes 3 de marzo de 2009

5 (Balas perdidas)


Bien puede suceder en Madrid y su julio de toldos verdes, o en el noviembre asfaltado de Montevideo. Seguramente (ya en Madrid o Montevideo) la gente se arremolina en la boca del metro, con las horas justas viajando en la muñeca, mira por mirar mientras anda y se dice no recordar un verano tan salvaje, luego fuma y toma café todo el tiempo por esa vieja costumbre de despistar el calor con el calor y el frío con frío.
Una mujer, que bien podría llamarse Isabel o Elena despierta con los ojos hinchados de quien se busca el alma mientras duerme. La mujer (Isabel o Elena) camina por las calles de la mañana esta vez para encontrar la realidad. Halla en su lugar a un hombre sentado en el parque, llorando a rabiar, y piensa “la vida debería de ser así, con enormes y robustos hombres que lloran y ríen para que el alma no se pierda entre las vísceras”.

©2009 Rogelio Jarquín. Veinticinco balas perdidas y un revolver de fogueo.