lunes, 25 de agosto de 2014

Carta a Julio Cortázar


(Vaya problema: Querido Coco, Enormísimo Cronopio, Monsieur Cogtazar o Julio a secas)  

Yo te conozco Julio, te sé de memoria. Eres coco, aquel niño de mirada bovina y curiosa que había que despegarle de los libros y sacarle al patio para que le diese un poco el sol de Banfield. Fuiste ese enormísimo cronopio de rostro lampiño que parece observarnos en el otro lado de la pecera. Serás ese Cogtazar de cien años que hoy nos sigue hablando de escaleras, de relojes  y de familiares con oficios y manías curiosas. El maestro normalista larguirucho, tímido y engominado, muy a lo Gardel. Ese Julio barbado que parece jugar a estar muerto mientras mira una nube pasar (allá pasa una con un borde gris) y que a veces cierra los ojos para ver todo mejor.
Eres, a tu manera (y a la nuestra) muchos Julios, pero sobre todo eres ese Julio sin instrucciones, ese Julio disfrazado de Morelli, ese glíglico en las páginas de Rayuela.
Eres un solo de trompeta naciendo en la espiral de un vinilo.
Y si, También eres París, el Sena, También eres Buenos Aires y el río de la plata, Barcelona y su parque Güell. Eres todas esas ciudades que apetecen bohemias y ordenadas.  Pero también eres (y aquí se escandalizará el señor sensato que nunca falta entre los locos) la Ciudad de México, el Deefe de mi adolescencia. Ha pasado tiempo pero los recuerdos se incrustan y se mantienen en las cosas como los hongos. Se asoman a cierta hora, como los aromas que se mezclan en un patio con tendederos.
Porque leyéndote aprendí lo que es verdaderamente perderse en una ciudad, a redescubrirla y reinventarla; a desdoblar las esquinas en lugar de doblarlas.
Por eso no me parece tan osado decir que de alguna forma eres el  Virgilio de  mis 16 años. Eres el mejor guía que se puede tener en cualquier ciudad del Mundo.
Cierto, no hay nada más mexicano que Rulfo, no hay nada más Rulfiano que México. Pero cuando se tienen dieciséis años se está tan lejos de París, de Europa. Por eso uno confía en convertirse en escritor cumpliendo con tres requisitos que parecen necesario: fumar en pipa, cruzar la ciudad a pie y llevar siempre SIEMPRE, una prenda de pana. De la pana afortunadamente ya me libré, del tabaco siempre me estoy quitando y de las rutas a pie, de eso no creo ni quiero librarme nunca.     
Es verdad que México es Rulfo pero también es verdad que no es necesario afrancesar las calles y lugares (Rue Taxqueña, Rue Tacuba, Pont des Alvarado)  para afirmar que el Deefe es una ciudad Cortazariana.
Porque estás, Julio, en ese tiempo que parece que se alarga y se acorta. En esos cafés donde siempre hay de postre arroz con leche (poca canela, una pena) y donde un alguien convierte un periódico en un montón de papeles impresos para que otro alguien lo recoja, lo ordene lo convierta en un periódico y lo vuelva a dejar hecho un montón de papeles impresos. Habitas en esos carteles que prohíben el paso a perros y bicicletas, en las paredes de las comisarias con graffitis inconclusos, y en los lectores de revistas viejas, esos hombres de bigote cano y vista cansada que siguen leyendo a Fantomas. En los patios con macetas, donde se celebran funerales, se reúnen vecinos  y parientes, beben café y hablan del muerto, de deportes y política.  Habitas el trafico; el embotellamiento que amenaza con algún día ser definitivo y que comerciantes aprovechan para vender una manzana, un desatascador  o un sofá. Te encuentras en las Circe, en las Delias Maraña con sus embrujos en el mercado de Sonora. En el trolebús que chirría al girar la avenida Ermita. En el motorista accidentado, en los rituales de semana santa  en Iztapalapa, y en los microbuses cargados de viajeros con flores cada 2 de noviembre. En el motel sombrío en avenida Tlalpan cuyo neón parpadea orgulloso su nombre: Maga.
 Estás en las combis que se resisten a morir como tu volskwagen: el dragón fafner.  En la lluvia, en el metro, y en la lluvia dentro del metro, en sus andenes inundados de gotas suicidas, en los paraguas sacrificados junto a las vías, en los transbordos llenos de comercios, de voces y  de músicos. Estás en las noticias que llegan de lejos; en las desaparecidas, en el mutismo, en los comunicados poéticos de la guerrilla, en las oficinas gubernamentales  donde un burócrata Teseo vence con formularios al pobre minotauro.
En esta Rayuela azteca Oliveira también viviría en un cuartucho lleno de discos y libros (yo lo imagino en un cuarto de azotea de la colonia Santa María la Ribera, con vecinos ruidosos y gatos roñosos pero altivos) y jugaría a encontrar a su Lucía, a su maga extraviada en el metro Balderas.  Te encuentras en el olor a fotocopia del metro Copilco, en su aroma a Mayo del 68, en sus estudiantes con camisetas del Che, en su lenguaje rebelde y combativo, en sus periódicos clandestinos, en sus historietas de Mafalda y en sus cantautores que siguen amando  a una mujer clara. Sigues vivo en la radio, en las hormigas invadiendo los jardines y en el sueño roto de un boxeador de la colonia Guerrero. Habitas todo eso pero también estás en esa actitud, un poco cronopio, de los mexicanos viajeros: Llegan tarde, se extravían, pierden las maletas o el vuelo, y en un momento de las vacaciones les invade una nostalgia por la patria y la comida materna, sentimiento que les obliga a entonar el México lindo,  abrazarse y brindar con los primeros compatriotas que se encuentran en el camino (cual cronopios bailando tregua y cátala). Estás en el México de ambos lados del océano.
En el andén un cartel publicitario parece advertirme: México son muchos Méxicos. Aprovechándome  de esa consigna turística afirmo que eres muchos Julios (un Cortázar todos los Cortázar dirías)  y que era de esperar esas uniones, esos cruces de camino. Eres muchos Julios pero sobre todo eres esa rayuela pintada con tiza en los patios de colegio, eres ese asmático escritor que supo abrirnos la puerta para salir a jugar.
                                                 Desde este lado con un posdata lleno de gratitud

                                              Rogelio Jarquín
                                                                               Madrid, 25 de agosto del 2014.

©2014 Rogelio Jarquín.

3 comentarios:

Harry Velez dijo...

No sé si anduvo Julio en San Juan de Puerto Rico. Me habría gustado mucho que así hubiera sido, sobre todo a mis dieciséis años. Entonces salíamos mis amigos y yo a beber en el casco antiguo. A veces tanto bebíamos que salíamos fuera de la muralla hasta la bahía y allí, sentados en las rocas, vomitábamos y fumábamos. Guy Monods sin Gardenal. En los bares antes de la borrachera siempre dejábamos una silla vacía. Si alguien venía a pedir usarla o a intentar ocuparla: nonines. Estaba ahí por si Horacio venía. Por si aparecía. Por si llegaban él o la Maga, mojados de Sena y Mar Caribe,a beber Torongins con nosotros o Zombies y a ayudarnos a escuchar una sinfonía de Sibelius o Dvorák. O a avizorar los muertos del cementerio de La Puntilla y practicar el glíglico o hablar de Morelli que era como hablar de Julio que era lo que de verdad importaba. Aprendí entonces que, como Horacio, era también impostor de mi mismo y que no hay tu tía y que el que se siente entero y completo y centrado seguro que es un imbécil. No me recupero todavía. De las borracheras sí, aunque sean grandototas. De Rayuela jamás. Y todavía espero a Horacio.

Pequeña del Monte dijo...

Gracias Roger, es precioso y además verdadero. También diría que está en el Zócalo a horas distintas, a las 5 de la mañana cuando sólo unos cuantos andan por ahí y luego las 12, cuando hasta un encuerado leyendo el antiguo testamento pasa desapercibido.

Fifo Martínez dijo...

Me gusta leer a Cortázar. Además me cae bien. Me gusta, cuando voy a Buenos Aires, ir a la plaza que esa ciudad le dedica y sentarme en una de sus terrazas, me parece que, en cierto modo, le hago un pequeño homenaje. Pero si no le conociera correría a hacerlo después de leer esta carta. Y a ti también.
Un beso. María José.